El inmueble se fue construyendo por capas, no de golpe. Los diseñadores compraron primero media planta quinta de un edificio del centro histórico milanés; dos meses después, al comprobar que se les quedaba pequeña, negociaron con los propietarios del ático contiguo. Más tarde llegó el resto de la planta, hasta completar tres niveles unidos en un solo espacio.
«Acabamos con tres apartamentos: era como un patchwork», resumía Stefano Gabbana en el reportaje de archivo que Vogue publicó en mayo de 2000.
La reforma se apoyó en el arquitecto Claudio Nardi para el marco estructural y en Rodolfo Dordoni para la selección de antigüedades y obra gráfica. El propio Domenico Dolce, que había estudiado arquitectura en Palermo antes de dedicarse a la moda, firmó la distribución interior del espacio. En la azotea se instaló una piscina revestida con guijarros volcánicos negros traídos de Stromboli, con terrazas ajardinadas por Giorgio Fornari, el escenógrafo habitual de los desfiles de la firma, lo que introduce el paisajismo como parte del valor del activo.
La ubicación resulta tan relevante como la reforma. El triplex se encuentra a escasos metros de la sede corporativa, un palazzo del siglo XVIII donde el grupo mantiene sus oficinas, de manera que residencia, sede y archivo de marca quedan concentrados en un mismo punto de la ciudad. Esa vecindad convierte el domicilio en una extensión física del relato corporativo de la casa.
Villa en Roquebrune y casa en Stromboli
El triplex milanés no es la única propiedad de los fundadores. Su patrimonio inmobiliario incluye también una villa en Roquebrune, en la Riviera francesa, y una casa en Stromboli, la isla volcánica que el cineasta Roberto Rossellini llevó al cine en 1949. Cada propiedad responde a un lenguaje estético distinto —lineal y en blanco y negro en el caso de Dolce, colorista y deliberadamente caótico en el de Gabbana—, aunque ambas comparten el mismo principio: la vivienda como soporte material de la identidad de la marca.
La magnitud del negocio ayuda a situar la operación en contexto. En el año 2000, el imperio que controlaban ambos socios se valoraba en más de 300 millones de dólares, una cifra histórica que, sin ser actual, sirve de referencia: el inmobiliario prime nunca constituyó la apuesta principal de los fundadores, sino el depósito donde se resguarda el resto del patrimonio. La colección de arte, en cambio, sí funciona como posición declarada, con obras de Basquiat, Warhol y un retrato de Tamara de Lempicka de 1926 que Gabbana regaló a Dolce por Navidad.
A diferencia del inmueble, indivisible por naturaleza, la colección artística puede fraccionarse y venderse pieza a pieza sin alterar la estructura patrimonial del conjunto, lo que le otorga una liquidez de la que carece la vivienda. En el centro histórico de Milán, además, la oferta de inmuebles similares es prácticamente nula debido a las restricciones patrimoniales que protegen los palazzi, mientras que la demanda se ha visto reforzada por el régimen de tributación plana que Italia introdujo en 2017 para nuevos residentes fiscales.
Ese equilibrio entre escasez y demanda fija un suelo de precio ajeno al ciclo económico, pero también un techo de liquidez limitado: un triplex de tres niveles con piscina en la azotea no tiene un mercado de miles de compradores, sino de docenas, muchos de ellos corporativos o institucionales que compran por representación antes que por retorno. La prima de la historia que paga quien adquiere —saber que allí vivió y coleccionó un fundador— no se transmite con la escritura ni se recupera en la reventa.
La colección de arte marca la distancia con otros grandes patrimonios de la moda, donde la obra funciona a la vez como signo de estatus y reserva de valor; una lógica próxima a la que expresaba Ed Sheeran al reivindicar el arte como declaración pública, según recogió su actuación en solitario en Filadelfia. Quien quiera calibrar el apetito por este tipo de activos cuenta con dos referencias inmediatas: la temporada de subastas de arte contemporáneo de noviembre en Nueva York, donde se testará el precio de firmas similares a las que cuelgan de las paredes del triplex, y la ronda de desfiles masculinos de Milán prevista para enero de 2027, que volverá a situar la ciudad en el radar del capital internacional.
