El planteamiento parte de un terreno poco habitual en el debate sobre inteligencia artificial: en vez de centrarse en los algoritmos o en la regulación, ambos trasladan conceptos de la inmunología y la neurociencia al análisis de los procesos sociales y políticos. La idea de fondo es que los sistemas democráticos, como los organismos biológicos, dependen de mecanismos de defensa y de discriminación entre señales útiles y señales nocivas, una capacidad que podría debilitarse con el uso masivo de plataformas digitales.
"La IA no es el peligro, lo es la sociedad que renuncia a ejercer su juicio", sostienen Eduardo López-Collazo y José Castillo.
López-Collazo, cuya trayectoria se ha desarrollado en el campo de la inmunología, ha ampliado en los últimos años su producción hacia el ensayo sobre fenómenos sociales contemporáneos, incluida la cultura de la exposición permanente en redes. El propio autor ha enmarcado esa línea en lo que describe como una sociedad del autobombo en la que, dice, "todos somos un poco narcisistas", un fenómeno que considera estructural en las sociedades actuales.
El análisis conjunto sitúa a las redes sociales como factor central en la erosión de los consensos democráticos, no tanto por la difusión de contenidos falsos como por la transformación de los hábitos de atención y de validación social. Esta lectura conecta con la investigación en neurociencia sobre los efectos de los algoritmos de recomendación en los circuitos de recompensa cerebral, un ámbito todavía sin consenso cerrado sobre su magnitud real.
El núcleo del argumento no es tecnófobo: la inteligencia artificial no constituye en sí misma una amenaza para el funcionamiento democrático, sino que el riesgo surge cuando los ciudadanos delegan en sistemas automatizados juicios que corresponden al debate público y a la deliberación colectiva. Esa cesión de criterio, sostienen, debilitaría los mecanismos de autocorrección que las democracias desarrollaron frente a crisis previas, desde la propaganda de masas del siglo XX hasta la desinformación digital de las últimas dos décadas.
La reflexión sirve de contrapunto a los usos acotados de estas tecnologías, como el diseño de proteínas sintéticas para fármacos a medida mediante inteligencia artificial, donde los objetivos son verificables, a diferencia del terreno más difuso de la opinión pública y el comportamiento colectivo.
El marco histórico que manejan ambos remite a los debates sobre manipulación mediática y opinión pública que ya atravesaron a las democracias occidentales en el siglo pasado, actualizados ahora por la velocidad y la escala de la inteligencia artificial generativa. La comparación matiza la idea de una ruptura radical: el fenómeno tiene precedentes, aunque la magnitud y la rapidez de propagación actuales carecen de equivalente directo.
Ninguno de los dos plantea, según su análisis, una solución regulatoria concreta, sino un llamado a preservar espacios de deliberación y de ejercicio activo del juicio crítico frente a la automatización creciente de la vida pública y privada.

