El trasfondo de la posible decisión estaría directamente ligado a la negociación comercial que México sostiene con la administración estadounidense, que —de acuerdo con lo trascendido— no habría logrado avances sustanciales en las últimas semanas. Washington ha presionado a sus socios del T-MEC, México y Canadá, para que adopten controles más estrictos sobre las importaciones chinas, bajo el argumento de que estas ingresarían a Norteamérica a través de terceros países para eludir aranceles estadounidenses, una práctica conocida como triangulación comercial. La revisión mexicana apuntaría precisamente a productos que hoy circulan con cargas mínimas.
El debate interno en México enfrentaría a sectores productivos que reclaman protección arancelaria —principalmente las industrias del acero, el calzado y los textiles— con importadores y comerciantes que temen un encarecimiento de insumos y bienes de consumo. La formalización de cualquier medida correspondería a la Secretaría de Economía de ese país, seguida de eventuales consultas con el gobierno chino en el marco de los mecanismos bilaterales de comercio existentes. Por ahora, el alcance real, los productos específicos afectados y la fecha de entrada en vigor permanecen sin definir.
La postura del gobierno chino frente a este tipo de medidas ha sido históricamente de rechazo. El Ministerio de Comercio de China ha calificado en el pasado los aranceles selectivos aplicados por gobiernos de la región como medidas proteccionistas que, a su juicio, contravienen los principios de la Organización Mundial del Comercio (OMC), y ha advertido con la posibilidad de represalias, aunque en la mayoría de los casos las tensiones se han encauzado por la vía diplomática. Beijing no se ha pronunciado sobre el caso mexicano.
Qué está en juego para Colombia
Colombia no forma parte del T-MEC, pero mantiene un tratado de libre comercio vigente con EE. UU. desde 2012, por lo que la disputa entre las dos mayores economías del continente y China no le resulta ajena. El Banco de la República ha señalado en informes recientes que la desaceleración del comercio entre EE. UU. y China y las tensiones arancelarias derivadas de esa disputa generan efectos de segundo orden sobre las cadenas de suministro de las que depende buena parte de la industria exportadora nacional.
La llegada masiva de manufacturas chinas —textiles, autopartes, electrodomésticos y bienes de consumo— a precios difíciles de igualar para la industria local es un fenómeno que ya ha ocupado al Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, que en los últimos años ha estudiado medidas de salvaguardia para sectores como el textil y el calzado, ante denuncias de la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (Andi) sobre competencia considerada desleal.
Un eventual endurecimiento de las normas comerciales mexicanas frente a China podría representar para Colombia tanto una oportunidad como un riesgo. Analistas del comercio exterior vinculados a gremios como Analdex han advertido que, si México cierra parcialmente su mercado a ciertos productos chinos, parte de esa oferta podría redirigirse hacia otros mercados latinoamericanos, incluido el colombiano, presionando aún más a la industria nacional. La Cancillería no se ha pronunciado sobre el caso, al tratarse de una negociación en la que Colombia no tiene participación directa.
El precedente regional más cercano se remonta a los aranceles impuestos por la administración estadounidense a productos chinos entre 2018 y 2019, durante la llamada guerra comercial, que obligó a varios países latinoamericanos a reacomodar sus rutas de exportación e importación. En aquel momento se registró un reacomodo de flujos agroindustriales hacia mercados asiáticos que buscaban sustituir productos estadounidenses gravados por Beijing, un fenómeno que los analistas del comercio exterior describieron entonces como una ventana de oportunidad limitada.
El T-MEC, que sustituyó al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 2020, contempla mecanismos de revisión conjunta cada seis años, el primero de los cuales está previsto para 2026, lo que convierte cualquier fricción arancelaria actual en un antecedente relevante para esa revisión trilateral. El estancamiento entre México y EE. UU., de confirmarse en los términos descritos, tendría así implicaciones que trascienden la relación bilateral.
De concretarse la medida, el siguiente paso previsible sería un pronunciamiento formal de la Secretaría de Economía mexicana, seguido de eventuales consultas con China en el marco de los mecanismos bilaterales vigentes. En paralelo, se esperaría que las negociaciones con Washington retomen su curso antes de que concluya el año, dado que la administración estadounidense ha fijado plazos internos para evaluar el cumplimiento de sus socios en materia de control a las importaciones chinas. El desenlace será determinante para entender cómo se recompone el mapa comercial norteamericano y qué margen de maniobra le queda a países como Colombia frente a una eventual reconfiguración de las cadenas globales de suministro.
