Hay una escena que se repite en Ceuta: se anuncia una medida, se fija una fecha, y la fecha se disuelve. El desalojo de El Trampolín iba a ser el gesto que devolviera algo de normalidad a un barrio que convive con una acampada en su playa desde hace meses. No ha sido así. Se ha aplazado otra vez, y la frustración vecinal se resume en una frase que recoge el material: «Nos han destrozado la vida».
La particularidad es que el aplazamiento no responde a que los vecinos hayan cambiado de opinión sobre lo insostenible de la situación —al contrario, la respaldan—, sino a que la alternativa que se manejaba, trasladar la acampada al Puerto, se ha considerado inviable. Sería, según el sentir vecinal que recoge el material, «una auténtica locura». Cuando hasta la opción de descarte genera consenso sobre lo mal planteada que está, el problema se sitúa muy por encima de la arena de una playa.
El razonamiento que circula entre los residentes tiene la lógica de quien vive pegado al problema: el Puerto es un espacio de tránsito de mercancías y actividad económica sensible, y concentrar allí una acampada con la tensión que ya arrastra El Trampolín equivaldría a apilar leña junto a una hoguera. «A una chispa que saltase, hubiese entrado», se resume en el material. La metáfora no es gratuita: en Ceuta las chispas no son hipotéticas.
Y sin embargo, que la alternativa fuera peor no convierte en buena la opción original. Aplazar no es resolver: es cambiar de casilla el mismo problema en el mismo tablero. Los vecinos de El Trampolín no piden un traslado a otro punto sensible de la ciudad; piden que la playa deje de ser, meses después, un decorado permanente de la crisis migratoria.
«Nos han destrozado la vida»
Lo que estalla no es solo la paciencia por el aplazamiento, sino la acumulación de meses en los que la vida cotidiana —el paseo, el negocio de temporada, la sensación de que el barrio es habitable— ha quedado suspendida. El desgaste institucional en la ciudad no es nuevo: viene arrastrándose desde el informe policial que sitúa a Interior ante la juez por la crisis de Ceuta y desde los avisos que, según trascendió, el CNI remitió por WhatsApp tres días antes de la entrada masiva.
La estampa se completa con otro frente abierto en la ciudad: los médicos atraviesan, según el propio material, una «situación crítica» marcada por bajas por ansiedad y renuncias. No es una playa la que se ha quedado sin gestión; son varias superficies distintas —la sanitaria, la de seguridad, la vecinal— que comparten un mismo origen: decisiones que llegan tarde, se aplazan o se toman sin que nadie asuma después el desgaste que provocan.
La crisis migratoria de Ceuta arrastra un precedente que marcó un antes y un después: en mayo de 2021 más de 8.000 personas cruzaron la frontera del Tarajal en 48 horas, la mayor entrada irregular registrada en la ciudad autónoma, que obligó al despliegue del Ejército. Aquel episodio, con la relajación del control fronterizo marroquí como telón de fondo, dejó a Ceuta como escaparate permanente de una tensión que no se ha cerrado desde entonces.
Se podría argumentar que aplazar un desalojo mal diseñado es preferible a ejecutar uno peor. La lectura se agota, sin embargo, cuando el aplazamiento se convierte en método y no en excepción. Los propios vecinos, resignados a que la única certeza sea la incertidumbre, vieron antes que nadie que el Puerto era una chispa esperando un descuido. La pregunta que queda sobre la playa de El Trampolín no admite más aplazamientos: si la alternativa era tan mala que ni se ha ejecutado, ¿cuál es el plan que sí se piensa cumplir?

