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Una arquitecta defiende que la persiana alicantina frena hasta 7 veces el calor

Julia Ayuso sostiene que esta protección exterior tradicional, patentada en 1916 en Sax, deja entrar mucho menos calor que las cortinas o estores colocados dentro de la vivienda.

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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La arquitecta Julia Ayuso, exdirectora de la primera Escuela de Sostenibilidad en España, lleva más de un año defendiendo públicamente las ventajas de la persiana alicantina, un sistema tradicional de cañas colgadas en el exterior del balcón que, según sus cálculos difundidos en declaraciones a otro medio, dejaría entrar hasta siete veces menos calor que una protección equivalente instalada dentro de la vivienda.

El argumento se apoya en un principio físico sencillo: lo que importa no es solo el material de la protección solar, sino el punto exacto en el que se detiene la radiación antes de alcanzar el cristal. «Si la protección está dentro, el calor ya ha entrado y se queda. Si está fuera, ni siquiera llega», explicó la arquitecta. Una persiana enrollable convencional, bajada por completo, ofrece protección notable pero bloquea la luz natural y corta la ventilación de la estancia; la alicantina, formada por cañas separadas, permite el paso del aire y de cierta claridad mientras impide que la radiación directa incida sobre el vidrio.

La eficacia no sería uniforme según la orientación, de acuerdo con Ayuso. Al mediodía, cuando el sol se encuentra en su punto más alto, aleros, balcones y voladizos ya protegen las fachadas orientadas al sur. El problema surge a última hora de la tarde, hacia las siete, cuando el sol incide de forma casi horizontal sobre las fachadas al oeste, atraviesa la habitación de punta a punta y coincide con el tramo horario más caluroso del día. En esas condiciones, ningún elemento fijo resulta suficiente, porque el ángulo de incidencia exige una protección que cubra todo el hueco.

Según los cálculos de la arquitecta, la persiana alicantina sería la intervención con mejor relación entre coste y eficacia en el parque de viviendas construido entre los años sesenta y noventa, una etapa muy anterior al actual Código Técnico de la Edificación, aprobado en 2006, y en la que el aislamiento térmico apenas se contemplaba. La instalación no requeriría obra ni licencia en la mayoría de los casos, al tratarse de un elemento reversible y no estructural, aunque en cascos históricos protegidos o edificios con ordenanzas de fachada podría ser recomendable consultar con la comunidad de propietarios o el ayuntamiento.

La solución, sin embargo, tendría límites claros. Ayuso advirtió de que esta protección pierde buena parte de su utilidad cuando el calor no entra por las ventanas sino por la cubierta, algo habitual en áticos sin aislamiento, o cuando la vivienda carece de ventilación nocturna. La sombra exterior evita que entre calor nuevo durante el día, pero solo la renovación del aire durante la madrugada permite expulsar el que ya ha quedado retenido dentro de las estancias.

Un estudio de la Universidad del País Vasco sobre el comportamiento térmico de aulas en el clima de Madrid midió que la protección solar exterior recorta casi a la mitad la energía necesaria para refrigerar los espacios analizados. Sobre esa base, Ayuso recomienda un orden de prioridades: dar sombra desde el exterior, ventilar durante las horas nocturnas más frescas, reducir el calor generado por iluminación y electrodomésticos, y recurrir al aire acondicionado únicamente cuando las medidas anteriores no basten.

Respecto al material más adecuado, la arquitecta restó importancia a este factor desde el punto de vista puramente térmico. Lo decisivo, según su planteamiento, es que la protección se sitúe en el exterior, permita la circulación del aire y presente una tonalidad clara. Una lama de PVC blanca colocada fuera protegería más que una persiana de madera noble instalada dentro. La diferencia entre materiales aparecería al final de su vida útil: la madera, la caña y el esparto se degradan sin dejar rastro, mientras que el PVC se convierte en un residuo plástico de gestión compleja, un aspecto que la normativa europea de economía circular sitúa cada vez más en el centro del debate sobre construcción sostenible.

La persiana alicantina no es una invención reciente, sino una patente registrada en 1916 en la localidad de Sax, en la provincia de Alicante, que originalmente se fabricaba aprovechando el sarmiento de vid, el residuo que dejaba la poda anual de los viñedos de la comarca. Su desaparición progresiva de muchas viviendas españolas, según Ayuso, no se debería tanto a la irrupción del aire acondicionado como a la generalización de la persiana enrollable con cajón integrado de fábrica: un sistema que se instala durante la construcción del edificio, frente a la alicantina, que exige colgarse o montarse posteriormente como un elemento añadido.

El interés por estas soluciones pasivas se enmarca en la adaptación del parque residencial al aumento de las temperaturas estivales, un terreno donde las medidas de bajo coste conviven con las reformas integrales de aislamiento, mucho más caras y de plazos más largos. Frente a estas últimas, canalizadas en parte a través de las ayudas a la rehabilitación energética de los fondos europeos, la implantación de protecciones solares exteriores de carácter tradicional depende por ahora de la iniciativa particular de cada propietario o comunidad de vecinos.

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