El reparto turco-australiano, cerrado en noviembre de 2025, anticipa una cumbre con dos centros de gravedad diplomática: Ankara ostenta la presidencia formal mientras Canberra asume el control técnico de las negociaciones. La Conferencia de las Partes reúne desde 1995 a los casi 200 Estados firmantes de la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático, y sus decisiones se adoptan siempre por consenso, un mecanismo que explica la lentitud crónica de sus acuerdos y que vuelve a condicionar las expectativas de Antalya.
El telón de fondo energético agrava la presión sobre los negociadores. Los ataques a buques en el estrecho de Ormuz, el paso marítimo por el que transita buena parte del crudo de Oriente Medio, llevaron en septiembre el precio del Brent a superar los 100 dólares por barril, y el bloqueo de esa ruta mantiene los precios disparados. A esa tensión se suma la previsión de la agencia estadounidense NOAA, que en septiembre elevó al 75% la probabilidad de que el Súper El Niño —el calentamiento periódico de las aguas del Pacífico que altera el clima de medio planeta— supere antes de que acabe el año todos los registros desde 1950.
Con ese panorama, nadie espera un gran acuerdo. Todo apunta a que la COP31 se centrará en que los países cumplan lo ya prometido antes que en abrir nuevos frentes, y ni eso está garantizado: según la ONU, las políticas climáticas actuales llevarían al planeta a unos 2,8 °C de calentamiento a lo largo de este siglo, muy por encima del límite de 1,5 °C fijado en el Acuerdo de París de 2015.
El objetivo «35 por 35» de Kurum
La presidencia turca ha situado en el centro de la agenda un objetivo concreto: que la electricidad cubra en 2035 el 35% del consumo final de energía, frente al 23% actual. El ministro turco de Medio Ambiente y presidente designado de la COP31, Murat Kurum, presentó esta meta, bautizada como «35 por 35», en junio en Bonn, Alemania, durante la ronda previa de negociaciones técnicas. La incógnita de fondo es si esa electrificación se nutrirá de fuentes limpias o seguirá apoyándose en combustibles fósiles, una duda que, con el petróleo encarecido, deja de ser solo ambiental para convertirse en una cuestión de coste directo para los consumidores.
El Niño añade una variable incómoda a ese objetivo: buena parte de la generación eléctrica de América Latina depende de embalses hidroeléctricos, y las sequías que el fenómeno agrava amenazan con reducir su capacidad justo cuando se pide a la región avanzar hacia la electrificación. La pregunta que surge en las zonas castigadas por la falta de agua es qué ocurre con los embalses que abastecen a buena parte del continente cuando escasea el caudal.
Resulta llamativo que una cumbre sobre cambio climático apenas mencione su causa principal: la quema de combustibles fósiles. La COP28 de Dubái, celebrada en 2023, fue la primera en reclamar una transición para abandonarlos, pero ese lenguaje no ha vuelto a figurar en el texto final de ninguna cumbre posterior. Las perspectivas de que Antalya lo recupere son escasas: Australia es un gran exportador de carbón y gas, y la economía turca mantiene una fuerte dependencia del carbón.
En la COP30 de Belém, Brasil, más de 80 países —España entre ellos— pidieron una hoja de ruta para el abandono progresivo de los combustibles fósiles, una propuesta que los exportadores bloquearon. Tampoco América Latina ofrece una posición unificada: Brasil, Argentina y México mantienen planes para ampliar su producción de petróleo y gas pese a ser una de las regiones más expuestas a los fenómenos extremos, desde las sequías que vacían embalses hasta las inundaciones que arrasan infraestructuras, y que reclama más ayuda para hacerles frente.
Los partidarios de dejar atrás los fósiles no abandonaron la iniciativa tras el bloqueo de Belém. En abril, 56 países se reunieron en Santa Marta, Colombia, en la primera conferencia dedicada a la transición más allá de los hidrocarburos, una coalición en la que participó España junto a otros 13 Estados miembros de la Unión Europea. Pero el escenario ha cambiado: el nuevo presidente colombiano, Abelardo de la Espriella, que tomó posesión en agosto, ha anunciado la reapertura total de la exploración de hidrocarburos y ha prometido impulsar el fracking y el carbón, en sentido contrario a la política de su antecesor, Gustavo Petro, impulsor original de la coalición.
El giro de Colombia tras De la Espriella
Todo apunta a que Colombia retirará su respaldo a la iniciativa nacida en Santa Marta, aunque el grupo intentará mantener viva la propuesta en Antalya. Su próxima conferencia está prevista en Tuvalu, uno de los Estados insulares del Pacífico más amenazados por la subida del nivel del mar, un simbolismo que subraya la urgencia que reclaman los países más vulnerables frente a la resistencia de los grandes productores.
El dinero continúa siendo el terreno de disputa más persistente de cada cumbre. Los fondos climáticos internacionales financian proyectos muy concretos: sistemas de alerta temprana ante tormentas, programas de reconversión laboral para trabajadores de zonas petroleras o la reconstrucción de poblaciones tras inundaciones. Según la Asociación Independiente de América Latina y el Caribe (AILAC), uno de los principales bloques negociadores de la región, el porcentaje de financiación climática que recibe Latinoamérica es reducido y permanece estancado, una queja que se repite cumbre tras cumbre.
El compromiso de referencia se fijó en 2024, en la COP29 de Bakú, donde los países desarrollados se obligaron a movilizar 300.000 millones de dólares anuales hasta 2035. Azerbaiyán y Brasil plantearon entonces una hoja de ruta más ambiciosa, orientada a alcanzar 1,3 billones de dólares, y en la COP30 de Belém se acordó además triplicar la financiación destinada a la adaptación frente al cambio climático.
El presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, llega a Antalya con un mandato renovado tras ganar el domingo 25 de octubre las elecciones frente a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, con el 51,7% de los votos frente al 48,2%, lo que le permitirá gobernar hasta 2030. Brasil entrega la presidencia de la COP a Turquía con la deforestación de la Amazonía en su nivel más bajo desde 1988: 3.335 kilómetros cuadrados talados en el último año registrado, un descenso del 42% respecto al periodo anterior.
Ese balance convive con dos hojas de ruta pendientes, una sobre combustibles fósiles y otra sobre deforestación. El resultado dependerá en buena medida de si Antalya logra el consenso que ha esquivado a la diplomacia climática desde Dubái, en un año en el que la crisis energética y las elecciones en Estados Unidos —que vota este martes con las relaciones trasatlánticas pendientes del resultado— añaden incertidumbre a cualquier acuerdo multilateral.
La cumbre cierra el 20 de noviembre, fecha en la que la presidencia turca deberá presentar el texto final de consenso entre los casi 200 países firmantes de la Convención Marco de la ONU.
