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La unidad de aislamiento del Gómez Ulla, «segunda del mundo» por capacidad

Francisco Javier Membrillo, coronel médico jefe de la unidad NRBQ-Infecciosas: «Trabajamos con las enfermedades con mayor riesgo de contagio que se atienden en España».

Por Redacción de El Hemiciclo·
3 min de lectura
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La Unidad de Aislamiento de Alto Nivel (UAAN) del Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla, en Madrid, atendió a principios de mayo la crisis del hantavirus que dejó 14 personas en cuarentena y dos infectados, dados de alta en junio. Desde su apertura en 2015 acumula ocho casos de fiebre hemorrágica de Crimea-Congo, más que ningún otro centro español, y sus responsables la describen como la segunda del mundo por su capacidad para tratar patógenos de máximo riesgo.

El acceso a la planta 22 del hospital militar madrileño separa dos realidades con apenas un par de puertas. A un lado, la actividad habitual de un gran centro hospitalario; al otro, ocho habitaciones-cápsula diseñadas para que ningún patógeno salga junto al paciente que entra. Siete funcionan como UCI herméticas con presión negativa, que impide que el aire contaminado se filtre al pasillo; la octava alberga un laboratorio BSL-III integrado para analizar las muestras sin romper el circuito de aislamiento.

Todo movimiento dentro de la unidad obedece a un protocolo cerrado: ponerse el equipo de protección individual (EPI) sigue una secuencia fija, y quitárselo, otra. El aire, el agua, las muestras clínicas, la ropa utilizada y los residuos orgánicos circulan por vías específicas que nunca se cruzan con las del resto del hospital. Una sala de control, el cerebro del nivel, vigila con cámaras de 360 grados, micrófonos y domótica las ocho cápsulas y el pasillo principal, reduciendo al mínimo el contacto humano directo.

La seguridad se construye sobre esas comprobaciones repetidas, convertidas en dogma, defiende el responsable de la unidad.

«Puede parecer excesivo, pero nuestra prudencia es racional y lógica porque trabajamos con las enfermedades mortales y con mayor riesgo de contagio que se atienden en España», explica Francisco Javier Membrillo, coronel médico jefe de la Unidad NRBQ-Infecciosas del Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla.

Ester Fernández-Cano, coordinadora de enfermería interina de la UAAN, insiste en que la improvisación no tiene cabida: «Nada se puede improvisar cuando llega la emergencia porque para entonces ya es demasiado tarde para aprender». La preparación, señalan desde la unidad, combina simulacros periódicos —con montaje de cápsulas y estaciones de descontaminación— con la práctica clínica diaria en la hospitalización convencional de enfermedades infecciosas, que ocupa la otra mitad de la planta y donde se atienden a diario infecciones en pacientes con VIH y otras patologías que no requieren aislamiento extremo.

Esa rutina clínica forma parte del entrenamiento de alto nivel. Membrillo lo explica con una comparación quirúrgica: «Para hacer esto bien tienes que haberte puesto y quitado el traje mil veces, pero también tienes que haber cogido vías a pacientes normales millones de veces». Hacerlo con tres pares de guantes, calor y visibilidad reducida bajo presión añade una dificultad que ningún simulacro reproduce del todo. La capacidad de la unidad para patógenos de transmisión respiratoria o hemorrágica remite en España a la experiencia del caso de ébola de 2014, cuando el contagio de la auxiliar Teresa Romero evidenció las carencias de los protocolos hospitalarios y precipitó la creación de unidades especializadas como esta, abierta un año después.

Pese a liderar en España la atención a la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo con ocho casos tratados, Membrillo rechaza cualquier triunfalismo: «Ocho pacientes no son nada. Si cualquiera quisiera que un cirujano cardíaco le operase el corazón, querría que hubiese operado muchos más de ocho corazones». Y añade: «No tengo ningún miedo a decir que seguimos siendo unos novatos. Aunque los resultados de los pacientes que hemos atendido hayan sido muy buenos».

La comandante médico Tatiana Mata, coordinadora del equipo PROA del hospital, aporta otra lectura de ese carácter excepcional: «Te da una experiencia a la que el resto de facultativos no está habituado. Siempre digo que es un lujo trabajar aquí». Membrillo subraya que esa mentalidad de entrenamiento constante para escenarios infrecuentes es consustancial a un hospital militar: «Como hospital militar tenemos muy interiorizado que hay que entrenar y formarse para cosas que no forman parte del día a día y que a lo mejor no pasan nunca».

La unidad, distinguida en los Premios ABC Salud por su labor durante la crisis del hantavirus de este año, atendió a dos de los 14 pacientes que permanecieron en cuarentena a principios de mayo. Ambos recibieron el alta en junio, y el último caso de fiebre hemorrágica de Crimea-Congo abandonó las instalaciones poco después, dejando de nuevo vacías las cápsulas que, según sus responsables, deben seguir preparadas para lo que quizá no llegue a ocurrir.

Fuentes

  1. ABCabc.es

Material del que parte esta pieza. El texto es propio; los enlaces llevan al original.

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