El dato sitúa a la energía solar en una posición que hace apenas una década parecía reservada a la teoría: la de tecnología central en la expansión de la capacidad eléctrica mundial, y no ya un complemento marginal de las fuentes convencionales. BNEF proyecta que la cifra global superará los 9 TW en 2036, lo que implicaría triplicar en poco más de una década la capacidad ya instalada.
De la subvención pública al abaratamiento industrial
La geografía y la lógica económica del despliegue han cambiado de forma sustancial entre la primera y la segunda oleada de instalación. La expansión inicial, la que llevó de los primeros 100 GW al primer teravatio, se apoyó en los países desarrollados y en programas de incentivos públicos —primas a la instalación, tarifas reguladas y mercados eléctricos diseñados para hacer atractiva una tecnología entonces cara— frente a los combustibles fósiles.
El segundo y el tercer teravatio han respondido a una dinámica distinta. China se ha consolidado como el principal motor del crecimiento mundial, combinando un ritmo de instalación interno muy elevado con una capacidad de fabricación de módulos a gran escala que ha reducido de forma sostenida los costes de la tecnología en todo el planeta. Esa caída de precios ha permitido que la solar deje de depender de subvenciones para resultar competitiva por sí misma en un número creciente de mercados, según el análisis de BNEF.
El resultado de ese abaratamiento se aprecia en la extensión geográfica del fenómeno. Según las cifras que maneja la consultora, 74 países contaban con al menos 1 GW de capacidad solar instalada en 2025, frente a los 42 que alcanzaban ese umbral en 2020. Economías que hace pocos años apenas figuraban en las estadísticas del sector —Pakistán, Nigeria, Filipinas, y en menor escala Cuba o Líbano— registran ahora un crecimiento acelerado, especialmente en instalaciones de tejado. A diferencia de los grandes parques, la solar de tejado permite una adopción más descentralizada y menos dependiente de infraestructura previa, lo que explica en parte su atractivo en mercados con redes eléctricas menos desarrolladas.
La consultora matiza, sin embargo, que el reparto del despliegue sigue siendo marcadamente asimétrico. La cuota de las nuevas instalaciones que corresponde a los países de menor renta apenas se ha movido desde 2020, mientras China refuerza su papel de motor casi único del crecimiento agregado. BNEF anticipa que esa dinámica podría empezar a corregirse a partir de 2026, y sus proyecciones apuntan a que más de una cuarta parte de la capacidad solar mundial instalada en 2036 pertenecerá a países en desarrollo, frente a una cuota de los países ricos que se reduciría hasta en torno al 20%. De cumplirse, supondría una redistribución significativa respecto al patrón de los dos primeros teravatios, en los que las economías avanzadas y China concentraron la práctica totalidad de la inversión.
El cuello de botella de la red y el almacenamiento
El propio ritmo del despliegue está generando tensiones que empiezan a condicionar la siguiente fase de crecimiento. En China, la instalación de nueva capacidad fotovoltaica ha avanzado más deprisa que la infraestructura de transporte y almacenamiento necesaria para aprovechar toda la electricidad generada. La consecuencia es un fenómeno conocido en el sector como vertido o recorte de generación: en las horas de máxima producción solar, buena parte de esa energía no puede transmitirse ni consumirse y se pierde.
Este desajuste explica por qué BNEF anticipa una desaceleración de las nuevas instalaciones chinas en los próximos años, no por saturación de la demanda, sino porque el país estaría reorientando su política energética hacia la integración de la generación ya existente antes de seguir sumando capacidad bruta. En ese contexto, el almacenamiento energético —fundamentalmente mediante baterías de ion-litio, cuyo coste ha seguido una curva de abaratamiento paralela a la de los paneles— se perfila como la pieza que puede determinar si el crecimiento fotovoltaico se traduce en electricidad realmente aprovechable o en capacidad ociosa.
Las baterías permiten absorber el excedente de producción durante las horas centrales del día, cuando la radiación es máxima, y verterlo a la red en las horas de mayor demanda, incluidas las nocturnas, cuando los paneles no generan. Sin esa capacidad de almacenamiento, el crecimiento de la potencia instalada tiene un límite práctico marcado por la capacidad de la red para absorber los picos de producción sin recortarlos.
El caso solar recuerda, guardando las distancias tecnológicas, a otras transiciones energéticas que parecieron improbables por su lentitud inicial y terminaron acelerándose una vez alcanzada una masa crítica de fabricación y despliegue, como la electrificación rural en buena parte de Europa occidental durante las décadas de posguerra. En ambos casos, la combinación de abaratamiento tecnológico y ampliación de la infraestructura de distribución resultó determinante para pasar de una adopción marginal a una masiva.
Organismos como la Agencia Internacional de la Energía llevan años señalando que la fotovoltaica es la fuente de generación eléctrica que más rápido crece a escala mundial, si bien sus proyecciones han tendido a quedarse por debajo del ritmo real de instalación, un patrón que buena parte del sector atribuye a la dificultad de anticipar las curvas de aprendizaje industrial en la fabricación de paneles.
De cara a los próximos años, el foco se desplaza de la mera instalación de potencia hacia la capacidad de los sistemas eléctricos para absorber, transportar y almacenar esa energía sin pérdidas. La evolución del despliegue de baterías, la inversión en redes de transporte y la eventual corrección del desequilibrio geográfico entre países ricos, China y el resto de economías en desarrollo serán, según las proyecciones de BNEF, los factores que determinen si el ritmo de crecimiento hacia los 9 TW previstos para 2036 se mantiene o se acelera.


