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Juan Carlos I regresa a Sanxenxo por segunda vez en un mes para competir en regatas mientras la campaña andaluza entra en su recta final

El rey emérito aterrizó en Vigo a las 13:20 en un vuelo privado desde Cascais y fue recibido por Pedro Campos, presidente del Real Club Náutico de Sanxenxo. Participará en las regatas de Clase 6 Metros a bordo del Bribón este fin de semana.

Por Redacción de El Hemiciclo· Sanxenxo / Vigo· · Actualizado:
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Juan Carlos I aterrizó este martes a las 13:20 en el aeropuerto de Vigo-Peinador a bordo de un avión privado procedente de Cascais, Portugal, en lo que constituye su segunda visita a Galicia en apenas treinta días y la undécima desde que fijó su residencia en Abu Dabi en agosto de 2020. El rey emérito fue recibido al pie de la escalerilla por Pedro Campos, presidente del Real Club Náutico de Sanxenxo y amigo personal de más de tres décadas, que le acompañó en un vehículo todoterreno de alta gama hasta la localidad pontevedresa donde participará en las regatas de Clase 6 Metros a bordo del Bribón, el velero que se ha convertido en la coartada deportiva de unos viajes cuya dimensión política nadie en la esfera pública española consigue ignorar.

La frecuencia de las visitas de Juan Carlos I a Galicia ha adquirido un ritmo que desborda lo meramente deportivo. Su anterior estancia, entre el 11 y el 14 de abril, coincidió con la primera semana de la crisis del apagón y generó una polémica menor que se disipó ante la magnitud de la emergencia eléctrica. Esta segunda visita, programada para el fin de semana del 16 al 18 de mayo, coincide de lleno con las elecciones andaluzas del domingo 17, la jornada de reflexión del sábado y el momento de mayor tensión política de la legislatura. La coincidencia no es buscada — las regatas de Clase 6 Metros tienen un calendario fijado por la federación desde enero —, pero su efecto mediático es inevitable: las imágenes de un rey emérito jubilado compitiendo en regatas de lujo mientras España afronta una acumulación de crisis sin precedentes generan un contraste visual que ningún spin doctor puede neutralizar.

Cuatro agentes del Cuerpo Nacional de Policía acompañan al emérito de forma permanente, a los que se suman tres efectivos de la Guardia Civil de Tráfico para los desplazamientos por carretera y un equipo de la Policía Local de Sanxenxo que controla los accesos al Real Club Náutico. El coste del dispositivo, que corre íntegramente a cargo del Estado, no se ha hecho público, pero las estimaciones de sindicatos policiales lo sitúan entre 40.000 y 60.000 euros por viaje, un dato que el Grupo Parlamentario de Sumar ha solicitado formalmente al Gobierno en una pregunta escrita registrada esta tarde.

Pedro Campos, el anfitrión habitual del emérito en Sanxenxo, desempeña un papel que trasciende lo protocolario. Empresario naval con intereses en la construcción de embarcaciones deportivas y presidente del Real Club Náutico desde 2008, Campos ha convertido las visitas de Juan Carlos I en un activo promocional para la localidad que, según los datos del Ayuntamiento, incrementa la ocupación hotelera en un 22 por ciento durante los fines de semana de regata con presencia del emérito. La relación entre ambos es antigua y resistente: Campos fue uno de los pocos amigos personales que visitó a Juan Carlos I en Abu Dabi durante los meses más difíciles de su autoexilio y ha defendido públicamente que «el rey emérito tiene derecho a disfrutar de su jubilación como cualquier ciudadano», una frase que resume la posición de quienes separan la dimensión personal de la política.

Las regatas de Clase 6 Metros, la categoría en la que compite el Bribón, constituyen una disciplina con una historia aristocrática que añade capas de significado a la presencia del emérito. Se trata de veleros clásicos diseñados según una fórmula de rating establecida en 1907 que limita la eslora, la superficie vélica y el desplazamiento, lo que produce embarcaciones de una elegancia anacrónicamente bella pero de un coste de mantenimiento considerable. El Bribón, un Six Metre de 1947 restaurado íntegramente en los astilleros de Combarro con un presupuesto que fuentes náuticas estiman en torno a 180.000 euros, es el sexto barco que lleva ese nombre en la historia deportiva de Juan Carlos I, un linaje náutico que se remonta a los años setenta y que constituye una de las pocas constantes de su vida pública.

La dimensión política del viaje adquiere aristas adicionales en un contexto marcado por la reprobación senatorial de Aagesen, las encuestas finales del 17-M y la crisis del hantavirus. El Gobierno ha mantenido un silencio absoluto sobre la visita, limitándose a confirmar a través de fuentes de la Casa del Rey que «el viaje es de carácter estrictamente privado» y que «no está previsto ningún encuentro institucional». La fórmula, idéntica a la utilizada en las once visitas anteriores, ha dejado de ser creíble como cortafuegos mediático: cada viaje privado del emérito genera un ciclo informativo de 72 horas que los partidos de oposición aprovechan para reabrir el debate sobre la regulación del estatuto del rey emérito, la transparencia de la Casa del Rey y la financiación pública de la seguridad de un miembro de la Familia Real que reside en el extranjero.

Sumar registró esta tarde una proposición no de ley en la que solicita la publicación desglosada de todos los gastos de seguridad asociados a las visitas del rey emérito desde agosto de 2020 y la aprobación de un protocolo que establezca límites al dispositivo policial financiado con fondos públicos. La proposición, que difícilmente será debatida antes del parón estival, tiene una función más simbólica que legislativa: mantener vivo el debate sobre la monarquía en un momento en que las encuestas del CIS muestran que la institución ha perdido 8 puntos de apoyo entre los menores de 35 años en los últimos tres años, una tendencia que los republicanos consideran estructural y los monárquicos atribuyen a la «contaminación mediática» del caso Juan Carlos I.

En Sanxenxo, sin embargo, la recepción al emérito fue la habitual: cálida pero discreta. Un grupo de aproximadamente cuarenta personas se congregó a las puertas del Real Club Náutico para saludar a Juan Carlos I, que respondió con sonrisas y gestos desde el interior del vehículo sin detenerse. La normalización de las visitas ha producido un efecto paradójico: cuanto más frecuentes son, menos noticia generan en el ámbito local, pero más alimentan el debate nacional sobre una figura que, cinco años después de su salida de España, sigue siendo incapaz de pasar desapercibida.

Las regatas comenzarán el viernes por la tarde con una prueba clasificatoria y continuarán el sábado y el domingo con tres mangas puntuables. El Bribón competirá contra siete embarcaciones de otros clubes del Atlántico norte, incluidos dos barcos británicos del Royal Yacht Squadron de Cowes. Juan Carlos I, que a sus 88 años ha reducido su participación activa a las funciones de patrón táctico dejando la caña del timón a tripulantes más jóvenes, está previsto que regrese a Cascais el lunes por la mañana. Para entonces, Andalucía habrá votado, la reprobación de Aagesen habrá pasado al archivo parlamentario y el ciclo informativo habrá girado hacia nuevos frentes. Pero la imagen del emérito navegando en Sanxenxo mientras España se mueve entre crisis quedará, una vez más, como el retrato de una desconexión que ni la distancia geográfica ni las fórmulas protocolarias consiguen disimular.

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