Los desplazamientos precedieron en semanas a la entrada en territorio español de Delcy Rodríguez, entonces vicepresidenta, el 20 de enero de 2020, pese a pesar sobre ella sanciones vigentes de la Unión Europea. Jorge Rodríguez, a diferencia de su hermana, no figura en el listado de sancionados por Bruselas, aunque sí acumula restricciones de Estados Unidos y Canadá, lo que le permitía moverse por la UE sin la alarma diplomática que generaría un sancionado europeo.
El primer viaje, en octubre de 2019, giró en torno a un encuentro con los mediadores noruegos que intermediaban en la crisis venezolana. Noruega, a través del diplomático Dag Nylander, había lanzado a comienzos de 2019 una iniciativa de diplomacia discreta para acercar al Gobierno de Nicolás Maduro y a los partidos de la oposición, con rondas previas en Oslo y Barbados. La cita madrileña, que no había trascendido hasta ahora, cerró el proceso: la mediación se interrumpió a finales de 2019 ante la falta de acuerdos sustanciales y el endurecimiento de las sanciones internacionales.
Las partes se habían comprometido a no ventilar públicamente los debates internos de la mesa para evitar que la presión mediática destruyera los consensos, una fórmula habitual en las negociaciones facilitadas por Oslo, que ya había mediado en Colombia, Filipinas o Sri Lanka. La discreción de aquel formato explica por qué los viajes de Rodríguez se organizaron bajo un disfraz y lejos de los focos.
Oslo, Barbados y, por fin, Madrid
El segundo viaje, en noviembre de 2019, tuvo un componente más personal. Jorge Rodríguez se desplazó junto a su mujer y sus hijos —una de sus hijas llegó desde Londres para reunirse con él— y la familia pasó varios días en la capital antes de continuar hacia Roma. Aun así, el dirigente aprovechó para mantener encuentros con empresarios españoles con intereses en Venezuela.
La capital fue escenario de la negociación de deudas de Caracas con empresas españolas como Duro Felguera, la ingeniería asturiana que arrastra impagos de contratos firmados con el chavismo en la etapa de bonanza petrolera. Rodríguez combinó esa agenda profesional con los contactos personales durante sus tres estancias.
El tercer desplazamiento llegó semanas después, ya sin disfraz, con motivo de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP25), celebrada en Ifema en diciembre de 2019 después de que España asumiera la organización tras el estallido social que impidió a Chile acogerla. Durante esa visita institucional, Rodríguez se encontró con José Luis Ábalos, entonces ministro de Transportes, en un restaurante, mientras tomaba una cerveza con unas patatas.
El entonces titular de Transportes habló con él sobre las deudas que empresas españolas tenían pendientes de cobrar en Venezuela. Días después, Ábalos trasladó a Pedro Sánchez los detalles del encuentro y le anunció que Delcy Rodríguez viajaría a España. Según la reconstrucción publicada, Sánchez autorizó la visita de la vicepresidenta con un escueto «bien», pese a las sanciones europeas que pesaban sobre ella.
El 'bien' de Sánchez y el Delcygate
Aquel episodio desató semanas más tarde el llamado Delcygate, cuando se conoció que Delcy Rodríguez había permanecido en el avión y mantenido un encuentro con Ábalos en la pista de Barajas durante una escala, pese a las sanciones que le impedían pisar la UE. El caso obligó a comparecencias en el Congreso, donde el Gobierno sostuvo que Ábalos acudió para evitar que la dirigente entrara en territorio Schengen, versión contestada por la oposición durante meses.
Durante sus tres estancias, Jorge Rodríguez se alojó en un apartamento gestionado a través de Airbnb en la zona de Retiro, después de rechazar un primer alojamiento que no fue de su agrado. Frecuentó restaurantes del barrio de Salamanca, entre ellos El Paraguas, dispuso de chóferes privados y encargó compras de grandes firmas y bebidas de alto coste.
El Ministerio del Interior, dirigido entonces como ahora por Fernando Grande-Marlaska, le proporcionó escolta policial durante su estancia en Madrid, un dispositivo que el departamento suele activar cuando un alto cargo extranjero visita España. Rodríguez había llegado en un avión privado pagado por el chavismo y aterrizó en la Terminal Ejecutiva del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas; en el primer viaje, su llegada coincidió con la de Pedro Sánchez, que regresaba de un acto institucional.
El dispositivo en Barajas durante aquellos meses estuvo supervisado por el comisario Jesús María Gómez Martín, señalado como hombre de confianza del PSOE en el aeropuerto y que también coordinó el operativo de la noche del Delcygate, según se recoge en el libro El hombre que susurraba al presidente. Gómez Martín fue nombrado después jefe superior de la Policía Nacional de Canarias, cargo que mantiene en la actualidad.
El episodio se inscribe en la serie de controversias sobre la relación entre el Gobierno español y el chavismo desde 2019, con Delcy Rodríguez aún bajo sanciones europeas y Jorge Rodríguez al frente de una Asamblea Nacional cuya legitimidad ha sido cuestionada por buena parte de la oposición y de gobiernos occidentales. El telón de fondo venezolano sigue marcado por la tensión interna, con familias de presos políticos que esperan la intercesión de María Corina Machado tras su regreso al país.
La reconstrucción de aquellas tres visitas desvela que la relación entre Madrid y Caracas en vísperas del Delcygate se tejió al margen de los focos, con un negociador disfrazado, una mediación internacional que naufragó en la capital española y un encuentro informal entre un ministro y un dirigente sancionado por Washington que terminó sobre la mesa del presidente del Gobierno.
