El episodio que la autora relata como fundacional ocurrió a los diez años: se escapó de casa con su mejor amiga para ver 'Pesadilla en Elm Street' en un cine de La Plata, después de que sus padres le prohibieran ver 'El exorcista', recién llegada entonces al formato VHS. «Nos quedamos atrás y conseguimos entrar sin mayores problemas. Para mí fue como un recital, con un montón de gente pasando miedo al mismo tiempo y todo fue super intenso», recuerda. Su amiga se asustó tanto que hubo que llamar a los padres de ambas.
Enríquez sitúa el origen de su afición al terror en una infancia que describe como solitaria y marcada por las restricciones de la dictadura militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983. «Ten en cuenta que la mía era una infancia marcada por la dictadura, con lo que nuestros movimientos estaban bastante restringidos. Había que pedir permiso a la policía incluso para hacer un cumpleaños», explica. En ese contexto, añade, la lectura y la imaginación funcionaron como refugio frente al entorno del suburbio industrial de Lanús, que califica de poco estimulante.
La autora rastrea también los primeros síntomas de esa fascinación. Estudiaba en una escuela católica y temía al diablo como encarnación del mal; una mancha de cemento en el techo de su habitación le parecía tener cuernos, recuerda, aunque nunca pidió a sus padres que la quitaran. «La adrenalina del terror era un gran entretenimiento y me gustaba», afirma, antes de que empezaran a interesarle los mecanismos del género.
La biblioteca como único acceso al género
Enríquez subraya que, a diferencia de lo que ocurre hoy, acceder a literatura de terror en la Argentina de los años ochenta y noventa exigía una búsqueda casi artesanal. Sin internet ni redes sociales, los lectores debían rastrear referencias en prólogos y colecciones especializadas, como la editorial Minotauro, para construir lo que ella llama «mapas de influencias». Cita como ejemplo el prólogo de Jorge Luis Borges a 'Crónicas marcianas', que le permitió descubrir la vertiente de terror en la obra de Ray Bradbury, presente también en 'El país de octubre'.
Esa misma dificultad, señala, explica por qué pasó inadvertida la influencia del género en su primera novela, 'Bajar es lo peor' (Anagrama), publicada cuando tenía diecinueve años. La autora reconoce que incluyó en esa obra un préstamo directo de la película 'Hellraiser' y de la novela homónima de Clive Barker, entonces una referencia central del terror ochentero y hoy, afirma, bastante olvidada. «Cuando lo escribí pensé, '¡buff, esto es super obvio!', pero nadie se dio cuenta», relata.
Sobre sus referentes declarados, Enríquez define su literatura como una síntesis entre el realismo de Stephen King y el romanticismo atormentado de Emily Brontë, una fórmula que dice tener clara desde sus inicios como autora. También buscaba las recomendaciones del propio King, como la de Shirley Jackson, difíciles de conseguir entonces.
«Para mí Stephen King siempre ha sido uno de los grandes escritores realistas norteamericanos. Te puede hacer morir de miedo, pero tiene dentro esa tradición norteamericana a lo Mark Twain», afirma Mariana Enríquez, escritora.
'Conversación con la oscuridad' llega como una sistematización de años de trabajo disperso en clases, charlas y entrevistas sobre el género, según explica la propia autora, que decidió reunir ese material en un corpus coherente tras constatar la dificultad de encontrar, durante su formación, escritores hispanoamericanos que cultivaran el terror, algo que considera ya superado en la narrativa actual en español. El ensayo se suma a un momento de atención editorial hacia el género en castellano que también recoge, desde otro ángulo, la publicación de 'Corazón de sílex', de Belmonte y Landaluce, 'thriller' centrado en la sumisión química.

