El resultado confirma la fragmentación del sistema parlamentario israelí, que exige coaliciones de múltiples partidos para alcanzar los 61 escaños necesarios en la Knéset. La noche electoral tuvo, sin embargo, un protagonista inesperado: la participación árabe-israelí, que según las proyecciones podría traducirse en un récord de 19 escaños repartidos entre la Lista Árabe Unida y la Lista Conjunta, en un contexto de movilización de una comunidad que representa aproximadamente una quinta parte de la población del país.
El primer escenario que se baraja es un gobierno de unidad nacional encabezado por Netanyahu, que requeriría persuadir a Eisenkot o a parte de su bloque —en particular al partido Yashar— de sumarse a una coalición con el Likud, dejando atrás a los socios de extrema derecha y ultraortodoxos que sostienen al actual gobierno. Esa vía choca, no obstante, con la retórica de campaña de ambos líderes, que convirtieron la permanencia del mandatario en el eje de la contienda.
"Anuncie hoy su retirada de la vida política", pidió Gadi Eisenkot a Benjamín Netanyahu la noche electoral, al denunciar ante sus seguidores la "cultura de mentiras", la "división y la incitación" que atribuye al primer ministro en funciones.
Esa declaración se produjo antes de conocerse los resultados definitivos de una de las principales encuestas a pie de urna, que en un primer momento proyectaba ventaja para el bloque de Eisenkot y después reveló que Netanyahu lo había superado. Horas más tarde, en la sede del Likud, el mandatario en funciones optó por una línea distinta a la de tender puentes hacia el centro.
"Un gobierno de derecha fuerte", reclamó Netanyahu ante sus seguidores en la sede del Likud, tras agradecer a sus "socios leales" de la actual coalición.
Esas palabras fueron interpretadas como una señal de que el primer ministro busca preservar su alianza con los partidos ultraortodoxos y de extrema derecha antes que abrir la puerta a una gran coalición de centro.
El factor Irán y la presión regional
Un elemento que podría inclinar la balanza hacia un gobierno de unidad es la reanudación de las hostilidades con Irán, que ejercería presión sobre los liderazgos políticos para dejar de lado sus diferencias. En los días previos a la votación, medios israelíes y estadounidenses informaron de que Netanyahu impulsaba nuevos ataques contra Teherán y había presionado al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para que respaldara una intervención directa de Washington. Sus críticos interpretarían cualquier escalada en ese frente como un intento de blindar su posición política mediante la apertura de otro conflicto regional.
El segundo escenario —una coalición liderada por Eisenkot con el respaldo de los partidos árabes— representaría una ruptura con la práctica parlamentaria israelí. Solo en 2021 un partido árabe independiente llegó a integrar formalmente una coalición de gobierno, en la alianza encabezada por Naftalí Bennett y Yair Lapid, y aquella experiencia tuvo corta duración. La Lista Árabe Unida, con una previsión de siete escaños, se ha ofrecido a sumarse a un gobierno opositor, mientras que la Lista Conjunta, con doce escaños proyectados, ha planteado respaldarlo sin integrarse en el gabinete.
Eisenkot y la práctica totalidad de los partidos judíos de su bloque han descartado esa alternativa, con la excepción de Yair Golan, líder del partido Los Demócratas, quien sí la defiende abiertamente. El rechazo transversal de las fuerzas judías a gobernar con apoyo árabe, pese a ser matemáticamente la única vía de la oposición hacia la mayoría, expone las fracturas internas de una sociedad donde la comunidad árabe-israelí suele describirse a sí misma como ciudadanía palestina de Israel.
El tercer escenario contempla que Netanyahu atraiga a figuras de la derecha del bloque opositor, principalmente a Bennett, colíder de la alianza Beyachad, o a Avigdor Lieberman, al frente de Israel Beiteinu. Ambos comparten con el primer ministro posturas de línea dura en seguridad, pero hicieron de su salida del poder un eje central de campaña y defendieron extender el servicio militar obligatorio a la población ultraortodoxa, lo que los enfrenta directamente con los partidos religiosos que hoy sostienen al gobierno. Los cálculos de escaños manejados hasta el momento sugieren, además, que esa combinación tampoco alcanzaría la mayoría necesaria en la Knéset.
Si ninguna de esas combinaciones prospera, el desenlace por defecto serían nuevas elecciones, un escenario que buena parte de los analistas interpreta como una victoria táctica para Netanyahu, quien se mantendría como primer ministro interino hasta la nueva cita con las urnas. Algunos cálculos apuntan a que la participación árabe récord podría no repetirse si su mayor representación parlamentaria no se traduce en cambios tangibles, lo que a su vez podría movilizar con más fuerza al electorado de derecha en una segunda convocatoria.
El resultado llega en un momento de atención internacional sobre la región, apenas días después de que Jordania reportara más de 20 muertos de EI en bombardeos al sur de Siria, en un contexto de inestabilidad que se extiende por varios frentes de Oriente Medio. Netanyahu sopesa ahora si una repetición electoral, antes que un pacto de unidad o una alianza con la derecha disidente, ofrece el camino más seguro para retener el cargo.
