Las aspas de los aerogeneradores se fabrican con fibra de vidrio y resinas poliméricas termoestables, una combinación que ofrece ligereza y resistencia frente al viento y la fatiga mecánica durante décadas de funcionamiento, pero que impide fundir y remoldear el material una vez agotado su uso. El resultado son estructuras de varias decenas de metros que, al desmontarse, suelen terminar troceadas y enterradas en vertederos, sin apenas alternativas industriales de reciclaje.
El auge de la energía eólica ha multiplicado el número de parques que empiezan a llegar al final de su vida útil, estimada habitualmente entre 20 y 25 años, lo que ha convertido la gestión de estos residuos en un problema creciente para el sector energético en Europa y Estados Unidos.
La propuesta del equipo de Michigan sustituye parte de la resina convencional por una combinación de fibra de vidrio, un polímero de origen vegetal llamado polilactida y un monómero sintético conocido como metacrilato de metilo. Con esta mezcla, los investigadores fabricaron paneles resistentes, pero diseñados desde el origen para poder descomponerse mediante procesos químicos controlados.
Ese diseño pensado para el fin de vida del material es la principal novedad frente a las resinas termoestables que dominan el mercado desde hace décadas y que resultan prácticamente imposibles de separar en sus componentes originales. El objetivo, según el planteamiento del equipo, es facilitar la reutilización de los materiales y reducir la cantidad de residuos que terminan en vertederos.
Lactato de potasio y golosinas de laboratorio
Al someter la resina experimental a los procesos de descomposición, los investigadores recuperaron lactato de potasio de calidad alimentaria, un compuesto empleado habitualmente en bebidas y alimentos. Con esa sustancia elaboraron ositos de gominola como demostración de que la recuperación química funcionaba de principio a fin. Dorgan explicó que llegó a probar los dulces obtenidos en el laboratorio.
El propio equipo advirtió de que el hallazgo no implica que las turbinas eólicas ya instaladas puedan convertirse en alimento: la investigación se centró en desarrollar nuevos materiales para aerogeneradores que, desde su fabricación, incorporen la posibilidad de reciclarse, no en transformar los compuestos actualmente en uso en las instalaciones existentes.
El experimento se suma a una línea de investigación que busca reducir el impacto ambiental de las tecnologías limpias en toda su cadena de vida, un ámbito que atraviesa otros trabajos recientes, como el estudio que eleva a entre 14 y 20 millones las especies de insectos del planeta, publicado en la revista Pnas y recogido en esta sección, o el que monitoriza la contaminación química de 93 ríos europeos.

