La Sistema de Alerta Temprana del Valle de Aburrá (Siata) contabilizó 93 incendios de cobertura vegetal en el área metropolitana durante los últimos tres meses: nueve en junio, 42 en julio y otros 42 en agosto de 2026. El repunte coincide con la temporada de menos lluvias, temperaturas altas y vientos que, según el propio Siata, han superado este agosto sus valores habituales, condiciones que favorecen la propagación rápida del fuego sobre laderas ya castigadas por eventos anteriores.
El subdirector de Ecosistemas de Corantioquia, José Alejandro Naranjo Arango, señaló que la entidad ha identificado un patrón de actuación deliberada detrás de buena parte de los conatos. "Hemos identificado personas maliciosas que generan esta condición, y luego de activado ese conato de incendio llega uno más grande, y por ende la dificultad de controlarlo y la magnitud de la afectación", precisó el funcionario, en referencia a la secuencia de pequeños focos que, según la autoridad ambiental, suelen preceder a los incendios de mayor escala.
La sospecha de que existe una mano humana detrás de buena parte de los incendios no es nueva, pero ganó fuerza en las últimas semanas luego de que circulara en redes sociales un video en el que se observa a una persona realizando una quema de cobre en una zona que ya había sido afectada por un incendio previo. La escena se difundió sin que hasta el momento se conozca una identificación del responsable ni una denuncia formal ante la Fiscalía General de la Nación, lo que reabrió el debate sobre la vigilancia de zonas de difícil acceso.
Corantioquia ha evitado, por ahora, calificar la situación del Quitasol como un punto de no retorno, término que en ecología describe el estado en el que un ecosistema pierde la capacidad de regenerarse por sus propios medios. La entidad sí reconoció, sin embargo, que existe "una preocupación alta" por la frecuencia con la que se han presentado los incendios en los últimos años, un matiz que distingue la alarma técnica de una declaratoria de colapso ambiental irreversible.
Un historial de grandes conflagraciones
El historial de grandes incendios en la montaña incluye al menos tres episodios de referencia. El más extenso ocurrió el 3 de enero de 2019, cuando las llamas alcanzaron unas 93 hectáreas. En diciembre de 2025 se registró un nuevo evento de magnitud similar, con cerca de 92 hectáreas afectadas. Más recientemente, el 31 de julio de 2026, un incendio consumió unas 20 hectáreas en un lapso de entre ocho y nueve horas, de acuerdo con el reporte de Corantioquia. Aunque el más reciente fue de menor extensión que los de 2019 y 2025, la recurrencia de doce siniestros en lo corrido del año representa un desgaste acumulativo distinto al de un evento aislado de gran tamaño.
Según explicó la autoridad ambiental, un área quemada puede requerir más de diez años para completar su proceso de regeneración natural, un plazo que depende de la intensidad del fuego, las condiciones del suelo, la vegetación que logra sobrevivir y las acciones de restauración que se implementen. Ese horizonte de una década contrasta con la periodicidad casi mensual de los incendios registrados en 2026, lo que en la práctica reduce las ventanas de recuperación disponibles para el ecosistema.
La complejidad del caso se profundiza porque el Quitasol no funciona como un ecosistema homogéneo, sino que presenta sectores con historiales de fuego distintos. Así lo documentó Laura Páez Perilla, ingeniera forestal de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, en su trabajo de grado sobre la historia del fuego en la montaña, un estudio que aporta evidencia científica sobre la relación de este ecosistema con los incendios recurrentes.
La investigación, titulada "Historia del fuego de Cerro Quitasol a través de los anillos de crecimiento de Byrsonima crassifolia", reconstruyó una cronología de aproximadamente 64 años a partir de cicatrices de fuego identificadas en nueve árboles de esa especie, conocida localmente como noro. En esos ejemplares, la investigadora encontró alrededor de 27 cicatrices asociadas a incendios, con árboles que acumulaban hasta siete señales de fuego a lo largo de su vida. El hallazgo confirma que el Quitasol ha sido un ecosistema históricamente expuesto al fuego desde mucho antes de la atención ciudadana que concentra en 2026, aunque no permite establecer por sí solo si la frecuencia actual supera su capacidad de resiliencia.
El caso del Quitasol no es aislado en el contexto de las áreas protegidas de Antioquia. La sequía que en meses recientes dejó sin agua a la histórica Laguna de Guarne, dentro del Parque Arví, ilustra un patrón regional de estrés hídrico y vegetal asociado a la variabilidad climática, que las autoridades ambientales atribuyen en parte al fenómeno de El Niño y a las alteraciones en el régimen de lluvias del norte del Valle de Aburrá.
Corantioquia no ha precisado hasta el momento qué medidas adicionales de vigilancia o sanción aplicará frente a los presuntos responsables de las quemas intencionales, ni si el caso del video difundido en redes sociales derivará en una investigación formal. Tampoco consta, según la información disponible, un plan de restauración específico y financiado para las hectáreas ya afectadas en 2025 y 2026, más allá de la advertencia general sobre los plazos de regeneración natural.
El futuro del Quitasol quedará marcado en las próximas semanas por el cierre de la temporada seca en el Valle de Aburrá, periodo en el que tradicionalmente se concentra el mayor número de incendios en Antioquia. La evolución del número de conatos, la eventual identificación de responsables y los resultados de futuros estudios técnicos sobre el estado del suelo serán los indicadores que permitirán establecer si la montaña se acerca o no al escenario de no retorno que, por ahora, Corantioquia se ha abstenido de declarar.
