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280.000 médicos paran hoy en la mayor huelga sanitaria de la última década: cuatro días de paro nacional que ponen a prueba el sistema de salud mientras el Gobierno se niega a retirar el Estatuto Marco

La Confederación Estatal de Sindicatos Médicos lidera el tercer paro del año con un seguimiento inicial del 85%. Los hospitales operan con servicios mínimos del 30% en hospitalización y 40% en urgencias, porcentajes impugnados ante la Audiencia Nacional. Más de 40.000 consultas canceladas en las primeras horas. Madrid, Cataluña y Andalucía registran los mayores índices de seguimiento.

Por Redacción de El Hemiciclo· Madrid·
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A las seis de la mañana de este lunes 27 de abril, los pasillos de los grandes hospitales públicos españoles presentan una imagen que los gestores sanitarios temían y los sindicatos llevaban meses anunciando: consultas cerradas, quirófanos vacíos salvo los de urgencia vital, y carteles sindicales en cada planta recordando que 280.000 facultativos han decidido dejar de trabajar durante cuatro días para forzar al Gobierno a retirar una reforma que consideran un ataque frontal a sus condiciones laborales. La huelga médica más importante desde la de 2012 ha arrancado con un seguimiento que la Confederación Estatal de Sindicatos Médicos cifra en el 85% de los convocados, una participación que, de confirmarse a lo largo de la jornada, superaría con creces la del primer paro parcial de febrero y la del segundo de marzo, y que colocaría al Ministerio de Sanidad ante la evidencia de que su estrategia de desgaste — ignorar las convocatorias y confiar en que el cansancio erosione la movilización — ha fracasado estrepitosamente.

El conflicto tiene sus raíces en una reforma que el Ministerio de Sanidad presentó el pasado febrero como una modernización necesaria del marco regulador que rige las condiciones laborales de los profesionales del Sistema Nacional de Salud. El Estatuto Marco vigente, aprobado en 2003, establece las categorías profesionales, los sistemas de acceso, las condiciones de jornada y los derechos retributivos del personal estatutario, y llevaba años siendo señalado tanto por las administraciones como por los sindicatos como un instrumento obsoleto que no reflejaba la realidad de una sanidad pública que ha cambiado radicalmente en dos décadas. Hasta ahí, el diagnóstico era compartido. El problema surgió cuando el Ministerio presentó un borrador que, en opinión de la CESM y de los colegios profesionales de medicina, no solo no mejoraba las condiciones de los facultativos sino que las empeoraba en aspectos fundamentales. La reforma proponía una jornada ordinaria de 37,5 horas semanales — frente a las 35 horas que los sindicatos llevan años reclamando y que ya se aplican en varias comunidades autónomas —, mantenía la categoría profesional de los médicos en el grupo A2 en lugar de elevarla al A1 como corresponde a una titulación de grado más especialidad, y eliminaba determinados complementos retributivos vinculados a la guardia y la atención continuada que representan entre el quince y el veinticinco por ciento de la nómina mensual de un facultativo de hospital. La reacción de los profesionales fue inmediata: en apenas dos semanas, la CESM recogió más de 200.000 firmas de adhesión a la convocatoria de huelga, un respaldo sin precedentes que reflejaba un malestar acumulado durante años de pandemia, listas de espera crecientes, turnos extenuantes y salarios que, en términos reales, han perdido entre un ocho y un doce por ciento de poder adquisitivo desde 2010.

Los dos paros anteriores de este año — el de febrero, de veinticuatro horas y limitado a la atención primaria, y el de marzo, de cuarenta y ocho horas en hospitales y centros de salud — sirvieron como ensayo general de la movilización y como termómetro del estado de ánimo de una profesión que históricamente ha sido reacia a las huelgas. El seguimiento fue creciente: del 62% en febrero al 74% en marzo, una progresión que los sociólogos del trabajo interpretan como señal de un enfado estructural que trasciende las reivindicaciones coyunturales. Pero la respuesta del Ministerio fue la misma en ambas ocasiones: emitir un comunicado en el que reconocía el derecho de huelga, expresaba su «disposición al diálogo» y reiteraba que la reforma del Estatuto Marco era «necesaria e irrenunciable». La ministra Mónica García — cuya posición es particularmente delicada por su condición de médica y cofundadora de un movimiento que nació precisamente de la defensa de la sanidad pública — compareció tras el paro de marzo para ofrecer lo que denominó «un paquete de mejoras complementarias» que incluía un incremento del dos por ciento en los complementos de guardia y la apertura de una mesa técnica sobre la jornada laboral, pero sin modificar los aspectos nucleares de la reforma que los sindicatos consideraban innegociables. La CESM rechazó la oferta y anunció la convocatoria del paro de cuatro días que hoy ha comenzado, elevando la presión hasta un nivel que obliga al Gobierno a elegir entre la negociación real y el desgaste político de mantener una huelga sanitaria en plena crisis geopolítica y judicial.

Los servicios mínimos fijados por la orden ministerial publicada el viernes 24 de abril en el Boletín Oficial del Estado se han convertido en el segundo campo de batalla del conflicto. La orden establece que los hospitales deben mantener el 30% de la actividad de hospitalización, el 40% de las urgencias, el 100% de las unidades de cuidados intensivos y neonatología, y el 50% de los servicios de diagnóstico por imagen y laboratorio. La CESM ha impugnado estos porcentajes ante la Sala de lo Social de la Audiencia Nacional argumentando que son «abusivos y desproporcionados» y que superan en cinco puntos los fijados durante la huelga médica de 2012, la última comparable en alcance y duración. El recurso, presentado a las 22:47 del domingo, solicita la suspensión cautelar de la orden ministerial y la fijación de unos servicios mínimos del 25% en hospitalización y 35% en urgencias, porcentajes que, según los sindicatos, garantizan la atención a los pacientes sin vaciar de contenido el derecho de huelga. La Audiencia Nacional ha admitido a trámite el recurso y se espera una resolución a lo largo de la mañana de hoy, aunque fuentes judiciales advierten de que la suspensión cautelar de una orden de servicios mínimos en materia sanitaria es «extremadamente infrecuente» porque los tribunales tienden a priorizar la protección de la salud pública sobre el ejercicio del derecho de huelga. Si la Audiencia deniega la suspensión, los servicios mínimos actuales se mantendrán durante los cuatro días de paro y la batalla jurídica se librará en el procedimiento principal, cuya resolución podría tardar semanas.

El impacto asistencial de la huelga se concentra en las comunidades autónomas con mayor volumen de actividad sanitaria. Madrid, con más de 35.000 facultativos en el sistema público, es el territorio más afectado: la Consejería de Sanidad ha informado de la cancelación de 22.000 consultas externas solo en la primera franja horaria del lunes, y estima que a lo largo de los cuatro días de huelga se suspenderán más de 135.000 consultas y 6.500 intervenciones quirúrgicas programadas. Las cifras son coherentes con las del paro de marzo, cuando Madrid registró un seguimiento del 78% y las cancelaciones superaron las cien mil consultas en dos días. Cataluña, con 28.000 facultativos, es la segunda comunidad más afectada: el Institut Català de la Salut ha activado un plan de contingencia que incluye el refuerzo de los servicios de urgencias con personal de enfermería y la derivación de pacientes estables a centros concertados. Andalucía, que además se encuentra en precampaña electoral con los comicios del 17 de mayo en el horizonte, es el tercer gran foco de la huelga: la Junta ha cifrado en 18.000 las consultas canceladas esta mañana y el presidente Moreno ha pedido al Gobierno central que «negocie de una vez» para evitar que la huelga se prolongue más allá de los cuatro días previstos. La Comunidad Valenciana, País Vasco, Galicia y Castilla y León completan el mapa de las comunidades con mayor seguimiento inicial, todas por encima del 80% según los datos sindicales.

La dimensión política de la huelga es inseparable de su dimensión sanitaria. El conflicto estalla en un momento en el que el Gobierno de Pedro Sánchez afronta simultáneamente cuatro frentes de crisis — la huelga médica, el juicio Kitchen, el caso Koldo y la degradación por el Pentágono —, y la oposición no ha tardado en instrumentalizar la protesta para erosionar la imagen del Ejecutivo. El PP ha emitido un comunicado en el que acusa al Gobierno de «despreciar a los profesionales sanitarios que nos salvaron la vida durante la pandemia» y exige la retirada inmediata del Estatuto Marco. Vox ha ido más lejos y ha pedido la dimisión de la ministra de Sanidad, argumentando que «una ministra que es médica y que provoca la mayor huelga médica de la década ha perdido toda autoridad moral para seguir en el cargo». Sumar, socio de coalición del PSOE, ha guardado un silencio elocuente: su portavoz parlamentaria se ha limitado a decir que «el Gobierno debe encontrar una solución negociada» sin pronunciarse sobre la reforma del Estatuto Marco, una posición que refleja la incomodidad de un partido que apoya al Gobierno pero que no puede permitirse enfrentarse a los médicos sin dañar su propia credibilidad progresista. La ironía de la situación no escapa a nadie: la ministra de Sanidad que hoy se enfrenta a la mayor huelga médica de la década es la misma Mónica García que hace diez días anunció su intención de presentarse como candidata a la presidencia de la Comunidad de Madrid con un discurso centrado precisamente en la defensa de la sanidad pública.

En los hospitales, la realidad de la huelga se vive con una mezcla de determinación profesional y angustia moral que los propios médicos describen como «el peor día posible para hacer lo que hay que hacer». Los facultativos que secundan el paro no lo hacen con alegría: son conscientes de que cada consulta cancelada es un paciente que esperará más, cada cirugía aplazada es un enfermo que seguirá con dolor, cada prueba diagnóstica pospuesta es una incertidumbre que se prolonga. Pero la CESM ha argumentado desde el principio que la huelga no es contra los pacientes sino a favor de un sistema sanitario que se desmorona: «Si no paramos hoy, el sistema colapsará mañana, y entonces no habrá médicos para atender a nadie», ha declarado esta mañana el presidente de la confederación sindical, Tomás Toranzo, en una rueda de prensa convocada a las siete de la mañana en la sede del sindicato en la calle Cedaceros de Madrid. Toranzo ha detallado las reivindicaciones que la CESM considera irrenunciables: la reducción de la jornada ordinaria a 35 horas semanales, la reclasificación de los facultativos al grupo A1, la actualización de los complementos de guardia conforme al IPC acumulado desde 2010, y la creación de un plan de incentivos para la retención de especialistas en el sistema público que frene la sangría de talento hacia la sanidad privada y hacia otros países europeos. Según datos del Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos, en los últimos cinco años han abandonado el sistema público español más de 12.000 especialistas, una cifra que representa el cuatro por ciento del total de facultativos y que se concentra en las especialidades más demandadas: anestesiología, pediatría, medicina de urgencias y oncología.

La situación es particularmente crítica en la atención primaria, donde la huelga ha dejado prácticamente sin servicio a centenares de centros de salud en zonas rurales que ya funcionaban con plantillas mínimas. En comunidades como Castilla-La Mancha, Extremadura y Aragón, donde la dispersión geográfica obliga a mantener consultorios locales atendidos por un solo médico, la huelga significa que pueblos enteros quedan sin cobertura sanitaria presencial durante cuatro días. Las comunidades autónomas han activado protocolos de derivación a urgencias hospitalarias y han reforzado los servicios de atención telefónica, pero los alcaldes de los municipios afectados han expresado su preocupación por las personas mayores que no pueden desplazarse y que dependen del médico de cabecera para el seguimiento de patologías crónicas. El Defensor del Pueblo ha emitido un comunicado en el que, sin pronunciarse sobre el fondo del conflicto, pide a ambas partes que «garanticen en todo momento la atención sanitaria a las personas más vulnerables» y recuerda que el derecho a la protección de la salud recogido en el artículo 43 de la Constitución «impone límites al ejercicio de otros derechos fundamentales cuando está en juego la vida o la integridad física de las personas». La tensión entre el derecho de huelga y el derecho a la salud es el nudo gordiano de todo conflicto sanitario, y en esta ocasión la judicialización de los servicios mínimos ha añadido una capa adicional de complejidad que podría prolongar el conflicto más allá de los cuatro días previstos.

Los economistas sanitarios advierten de que el coste directo e indirecto de la huelga podría superar los 800 millones de euros si se computan las consultas canceladas, las cirugías aplazadas, las bajas laborales no tramitadas y la pérdida de productividad derivada de la incertidumbre asistencial. La cifra, estimada por la Fundación de Estudios de Economía Aplicada a partir de los datos del paro de marzo extrapolados a cuatro días, no incluye el coste intangible de la erosión de la confianza ciudadana en el sistema sanitario público, un activo que los expertos consideran más valioso que cualquier partida presupuestaria. Las encuestas muestran que la sanidad pública es la institución mejor valorada por los españoles — un 73% la considera «buena o muy buena» según el último barómetro sanitario del Ministerio —, pero esa valoración ha caído cinco puntos en el último año y la huelga amenaza con acelerar un deterioro que los gestores sanitarios atribuyen no a la calidad de los profesionales sino a la insuficiencia de los recursos. El gasto sanitario público español representa el 6,4% del PIB, por debajo de la media de la OCDE del 7,1% y muy lejos del 9,5% de Alemania o el 8,9% de Francia. La brecha, que se amplió durante los recortes de la crisis de 2010-2015 y que solo se ha recuperado parcialmente, es el telón de fondo estructural de un conflicto que no se resolverá con una negociación sobre categorías profesionales si no se acompaña de un compromiso presupuestario que sitúe la sanidad pública española en los estándares europeos.

El Ministerio de Sanidad ha convocado para esta tarde una reunión extraordinaria del Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud, el órgano que reúne a los consejeros de sanidad de las 17 comunidades autónomas y que constituye el principal foro de coordinación sanitaria del país. La convocatoria, que fuentes del Ministerio presentan como un gesto de «responsabilidad institucional ante una situación excepcional», tiene un doble objetivo: coordinar la respuesta asistencial a la huelga garantizando que ninguna comunidad quede desatendida, y explorar la posibilidad de una negociación que permita desconvocar el paro antes de que se cumplan los cuatro días previstos. Pero las expectativas son moderadas: la CESM ha condicionado cualquier negociación a la retirada del borrador del Estatuto Marco como punto de partida, una exigencia que el Ministerio considera «inaceptable» porque equivaldría a reconocer que la reforma es un error. La posición del Gobierno es que el Estatuto Marco necesita ser actualizado y que las mejoras propuestas — el incremento de los complementos de guardia y la mesa técnica sobre jornada — son un punto de partida razonable para una negociación, no un punto final. Los sindicatos responden que las mejoras ofrecidas son «migajas» que no abordan el problema de fondo: la precarización de una profesión que exige seis años de carrera más cuatro o cinco de especialidad y que ofrece a cambio salarios que, en el tramo inicial, no superan los 30.000 euros brutos anuales.

A media mañana, la huelga ha generado ya las primeras imágenes que definirán la jornada en los informativos: largas filas de pacientes frente a las ventanillas de información de los hospitales pidiendo nuevas citas, ambulancias que llegan a urgencias saturadas porque los centros de salud permanecen cerrados, y piquetes informativos — pacíficos pero numerosos — en las puertas de los principales complejos hospitalarios de Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia y Bilbao. Los sindicatos han distribuido a los medios de comunicación un dosier con testimonios de médicos que explican sus razones para secundar la huelga: una pediatra de Málaga que trabaja sesenta horas semanales por 2.400 euros netos al mes, un cirujano de Valladolid que ha visto cómo tres de sus compañeros de equipo se marchaban a Portugal donde cobran el doble, una médica de familia de un pueblo de Teruel que atiende a 1.800 pacientes con una consulta de ocho minutos por paciente. Las historias son individuales pero el patrón es sistémico: un país que se enorgullece de su sanidad pública pero que no paga a sus médicos lo que cobra un ingeniero junior en cualquier empresa tecnológica. La huelga de hoy es la consecuencia de esa contradicción, y su resolución dependerá de que el Gobierno acepte que el problema no se arregla con complementos de guardia ni con mesas técnicas, sino con una inversión estructural que devuelva a la profesión médica la dignidad económica que merece.

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