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Editorial

El Hondius, la cuarentena y la diplomacia sanitaria que España no sabía que tenía

Veintidós gobiernos coordinados, cinco casos confirmados de hantavirus y un Hospital Gómez Ulla que vuelve a ser hospital de crisis. El operativo del MV Hondius funciona porque hubo COVID antes. La pregunta es si el protocolo existe por escrito o se está improvisando con la generosidad institucional que sostuvo Pajares.

Por Redacción de El Hemiciclo· Madrid·
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El Hondius, la cuarentena y la diplomacia sanitaria que España no sabía que tenía

Veintidós gobiernos coordinados, cinco casos confirmados de hantavirus a bordo del crucero MV Hondius, tres fallecidos, un Hospital Gómez Ulla que vuelve a operar como hospital de crisis tras seis años desde la pandemia de COVID-19, una OMS desplazada in situ. El operativo de desembarco y aislamiento del MV Hondius en Granadilla de Abona ha funcionado en términos técnicos. La pregunta editorial es por qué ha funcionado, y la respuesta no resulta neutra: ha funcionado porque hubo COVID antes y porque España conserva la infraestructura sanitaria militar que aquel ciclo desarrolló.

Veintidós gobiernos coordinados, cinco casos confirmados de hantavirus y el Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla reconvertido en centro de aislamiento: el operativo sanitario activado en torno al buque de expedición MV Hondius concentra, en las últimas semanas, el mayor ejercicio de diplomacia sanitaria multilateral gestionado por España en un escenario de enfermedad infecciosa desde la pandemia de COVID-19. El dispositivo, que implica a los países de procedencia de los pasajeros afectados y a organismos internacionales de salud pública, pone sobre la mesa una pregunta que las instituciones no han respondido públicamente: si el protocolo que lo sostiene existe por escrito o si, como ocurrió en los primeros compases del caso Pajares en 2014, la respuesta institucional se está articulando sobre la generosidad de los actores y no sobre un procedimiento codificado.

Por qué importa el caso Hondius

El hantavirus no es un patógeno nuevo ni desconocido para la epidemiología europea, pero su aparición en un contexto de viaje colectivo internacional —con pasajeros de decenas de nacionalidades distintas, evacuados o en cuarentena en territorio español— convierte el caso en un test de estrés para la arquitectura de respuesta sanitaria que España construyó, o dijo construir, tras el COVID-19. La relevancia del operativo no reside solo en la gestión clínica de cinco casos confirmados, sino en que obliga a activar simultáneamente canales consulares, protocolos de aislamiento, comunicación de riesgo en múltiples idiomas y coordinación con autoridades sanitarias de países con sistemas, recursos y marcos legales radicalmente distintos. Que esa coordinación funcione —o parezca funcionar— no prueba que exista un sistema; puede probar, simplemente, que las personas a cargo están improvisando bien.

El Gómez Ulla como termómetro institucional

El Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla, dependiente del Ministerio de Defensa, acumula una historia específica como recurso de excepción en episodios de enfermedad infecciosa de alto riesgo. Su uso en el presente operativo lo devuelve a una función que ya desempeñó durante la crisis del ébola de 2014, cuando ingresó al misionero Manuel García Viejo y, posteriormente, atendió a la auxiliar de enfermería Teresa Romero, primer caso de transmisión de ébola fuera de África. Aquella experiencia dejó en evidencia tanto la capacidad de respuesta del centro como las fisuras de coordinación interministerial y de comunicación pública que estuvieron a punto de convertir un caso manejable en una crisis de Estado. Que el mismo hospital vuelva a ser el eje del aislamiento en 2024 indica que la infraestructura de excepción no ha cambiado sustancialmente; la pregunta es si el protocolo que la rodea sí lo ha hecho.

Veintiún socios y un vacío documental

La coordinación con veintidós gobiernos es, en sí misma, una novedad operativa que no tiene precedente directo documentado en la respuesta sanitaria española a brotes infecciosos en contexto turístico o de expedición. Los mecanismos habituales de alerta internacional —el Reglamento Sanitario Internacional de la Organización Mundial de la Salud, vigente en su versión de 2005, y la red de alerta temprana EWRS de la Unión Europea— proporcionan el marco legal de notificación, pero no regulan la logística concreta de la repatriación, el aislamiento o la responsabilidad económica de los afectados. Esa laguna es precisamente el terreno en el que los Estados improvisan o institucionalizan, según hayan aprendido o no de experiencias anteriores. El material disponible no permite concluir cuál de las dos opciones describe lo que está ocurriendo con el Hondius.

La herencia del COVID y sus límites

La pandemia de COVID-19 dejó en España, como en el resto de los países desarrollados, una serie de capacidades ampliadas: mayor dotación de camas de aislamiento, protocolos actualizados de equipamiento de protección individual, estructuras de coordinación interterritorial reforzadas y, en teoría, una cultura institucional más entrenada para la gestión de incertidumbre infecciosa. El operativo del Hondius se beneficia de ese aprendizaje en términos de recursos materiales y de reflejo institucional. Pero el COVID fue un evento de masa que justificó inversiones extraordinarias y estructuras de emergencia que, por definición, no se sostienen en tiempos ordinarios. La gestión de un brote de hantavirus con afectación limitada y dispersión internacional exige un tipo de respuesta distinta: más quirúrgica, más diplomática, más dependiente de protocolos escritos y menos de la excepcionalidad que movilizó recursos entre 2020 y 2022.

El precedente Pajares y la memoria corta del Estado

El caso del sacerdote Miguel Pajares, evacuado desde Liberia en agosto de 2014 tras contraer ébola y fallecido en el Gómez Ulla, es el antecedente más directo y más incómodo del operativo actual. Pajares fue trasladado a España en el marco de una decisión política tomada sin protocolo previo específico para la evacuación de ciudadanos españoles con enfermedades de muy alto riesgo en el extranjero. La improvisación fue gestionada con eficacia suficiente para evitar contagios secundarios, pero expuso la ausencia de un marco regulado. Desde entonces, los sucesivos gobiernos han anunciado en distintas ocasiones la voluntad de sistematizar esa respuesta. Si el operativo del Hondius demuestra que esa sistematización se produjo, será un avance verificable. Si demuestra lo contrario, el Estado habrá tardado una década en no aprender la lección.

La pregunta que el operativo no ha respondido

La clave de lectura del caso Hondius no es sanitaria sino institucional. Cinco casos de hantavirus en un buque de expedición son, desde el punto de vista epidemiológico, un evento manejable con los recursos actuales. Lo que convierte el episodio en materia de análisis político es la pregunta sobre la naturaleza del mecanismo que lo está gestionando: ¿existe un protocolo publicado, con responsabilidades asignadas, cadena de mando clara y criterios objetivos de activación, o existe un conjunto de personas competentes que están respondiendo bien por razones que no garantizan que la respuesta sea igual la próxima vez, con otras personas y otro patógeno? Las instituciones implicadas —Ministerio de Defensa, Ministerio de Sanidad, Ministerio de Asuntos Exteriores y las consejerías autonómicas de salud con competencia en los puntos de entrada— no han ofrecido hasta la fecha una respuesta pública a esa pregunta.

Lo que viene

El desenlace del operativo Hondius dejará, en cualquier caso, un registro. Si los cinco casos confirmados evolucionan sin transmisión secundaria, si los veintidós gobiernos cierran el episodio sin fricción diplomática y si el Gómez Ulla regresa a su actividad ordinaria sin incidencias, la tentación institucional será declarar el éxito y archivar el expediente. La experiencia comparada con sistemas sanitarios que han desarrollado una verdadera capacidad de respuesta a emergencias infecciosas —el Reino Unido con su High Consequence Infectious Disease network, Alemania con su red de hospitales de aislamiento de alta seguridad— indica que la diferencia entre tener un sistema y haber sobrevivido a un episodio reside exactamente en lo que ocurre en esa fase de archivo: si alguien escribe el protocolo que no existía o si se da por supuesto que la próxima vez habrá también alguien dispuesto a improvisar con generosidad.

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