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Editorial

La semana de los cuatro frentes

Sobre cómo un presidente que ya no puede gobernar hacia dentro se ha especializado en gobernar hacia fuera, y sobre las cuatro crisis simultáneas que han convertido la Moncloa en una trinchera con vistas al mar.

Por Redacción de El Hemiciclo· Madrid·
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La semana de los cuatro frentes
ILUSTRACIÓN DE EL HEMICICLO

Pedro Sánchez tiene un problema que ningún manual de ciencia política resuelve con claridad: gobernar un país mientras el suelo del propio despacho se agrieta. Esta semana, la grieta ha alcanzado cuatro direcciones simultáneas —el procesamiento de Begoña Gómez, la investigación de las cloacas del PSOE, la ruptura de Junts con Sumar y la cumbre del GPM en Barcelona— y el presidente ha respondido como lleva respondiendo dos años: mirando hacia fuera con la esperanza de que el horizonte internacional compense el derrumbe doméstico. Es una estrategia que funciona en los titulares, pero que tiene fecha de caducidad.

El primer frente es el más personal y, por eso, el más difícil de gestionar. El juez Peinado ha cerrado la instrucción y ha procesado a Begoña Gómez por cuatro delitos: tráfico de influencias, corrupción en los negocios, malversación y apropiación indebida. El auto de 87 páginas no es una sentencia —falta el juicio, falta la defensa, falta la presunción de inocencia que este periódico siempre respetará—, pero es un procesamiento formal contra la esposa del presidente del Gobierno, y eso tiene un peso institucional que no se puede disolver con comunicados ni con acusaciones al juez. Lo que Sánchez hizo en abril de 2024, cuando se retiró cinco días a reflexionar tras la primera imputación de su mujer, ya no es una opción: la situación se ha agravado y el mecanismo de la 'pausa dramática' tiene un solo uso.

El segundo frente es el más explosivo y el que, si los indicios se confirman, puede tener consecuencias irreversibles para el PSOE como institución. La investigación del Grupo Iris —el dispositivo de desprestigio contra jueces montado presuntamente durante el periodo de reflexión— ha dado un salto cualitativo esta semana con la revelación de los 1.200 mensajes cifrados y los pagos en criptomonedas. Santos Cerdán, que fue el número dos del partido, aparece en el centro de una trama que conecta la maquinaria socialista con la red financiera del caso Koldo a través de un puente de Ethereum que ningún fontanero del partido previó que pudiera ser rastreado. La ironía es amarga: un grupo que se autodenominó 'Iris' —la diosa del arco iris, la mensajera— ha sido desvelado precisamente por sus mensajes.

El tercer frente es parlamentario y tiene consecuencias inmediatas sobre la capacidad legislativa del Gobierno. La ruptura de Junts con Sumar, provocada por las declaraciones de Yolanda Díaz calificando al partido de Puigdemont de 'racista y clasista', ha dejado al Gobierno sin los siete votos que necesita para aprobar el decreto social de la próxima semana y, lo que es peor, ha abierto la puerta a una mención explícita de la moción de censura por parte de Junts. Puigdemont no va a apoyar una moción del PP —eso supondría su propia irrelevancia—, pero la mera mención del instrumento es un torpedo en la línea de flotación de un Gobierno que sobrevive por aritmética y que, sin Junts, no tiene aritmética. Díaz, por su parte, no se ha retractado, lo que sugiere que la ruptura no fue un accidente sino una decisión calculada: Sumar quiere diferenciarse de Junts ante su propio electorado, aunque el precio sea la parálisis legislativa.

El cuarto frente es el único que Sánchez ha gestionado con solvencia, y no es casualidad que sea el que queda más lejos de la política interior. La cumbre del GPM en Barcelona, con Lula, Claudia Sheinbaum, Ramaphosa, Petro y António Costa, le ha permitido al presidente fotografiarse como líder progresista internacional en un escenario de 3.000 participantes y 15 países. La imagen de Sánchez flanqueado por Lula y Sheinbaum en el Palau de la Música es, probablemente, la mejor foto de su semana. Pero una foto no es una política, y la pregunta que los observadores más atentos se hacen es hasta qué punto la diplomacia progresista de Sánchez es un proyecto estratégico y hasta qué punto es un refugio emocional: el lugar donde un presidente acosado en casa puede sentirse valorado.

Lo que une los cuatro frentes es un patrón que se repite desde 2023: la disociación entre el Sánchez internacional y el Sánchez doméstico. El presidente que negocia con Lula la alianza progresista global es el mismo que no consigue que Junts le apruebe un decreto-ley. El presidente que recibe aplausos en Barcelona es el mismo cuya esposa está procesada por cuatro delitos. El presidente que se fotografía con Sheinbaum es el mismo cuyo exnúmero dos aparece en mensajes cifrados planificando el desprestigio de jueces. La disociación no es hipocresía —es supervivencia política—, pero tiene un coste acumulativo que se mide en credibilidad. Y la credibilidad, en democracia, es el único capital que no se puede imprimir.

La Moncloa, esta semana, se ha parecido más a una trinchera que a un palacio de gobierno. Los asesores del presidente trabajan en modo de crisis permanente desde febrero, con jornadas de 14 horas y un nivel de tensión que varias fuentes internas describen como 'insostenible'. El principal temor no es ninguno de los cuatro frentes por separado, sino su convergencia: si el pleno del lunes sobre el artículo 103 se pierde, si Junts vota en contra del decreto social, si Cerdán es citado a declarar antes de las elecciones andaluzas y si el juicio de Begoña Gómez se señala para septiembre, el Gobierno se encontrará en otoño con cuatro heridas abiertas y sin la anestesia de la agenda internacional.

El PSOE, como partido, afronta la semana que viene con una dualidad que debería preocupar a sus dirigentes. Por un lado, las encuestas siguen dando a Sánchez entre el 27% y el 29% de intención de voto, un suelo sólido que le mantiene competitivo. Por otro lado, el desgaste institucional —los procesamientos, las cloacas, las rupturas parlamentarias— erosiona algo más difícil de medir que la intención de voto: la confianza en que el partido es capaz de gobernar con normalidad. Un partido que gobierna rodeado de crisis puede ganar elecciones si el adversario es peor, pero no puede gobernar bien. Y la diferencia entre ganar y gobernar bien es, precisamente, lo que separa a un político de un estadista.

Este periódico no pide la dimisión de Sánchez —no es nuestra función— ni prejuzga el resultado de los procedimientos judiciales abiertos contra personas de su entorno. Pero sí señala, con la responsabilidad que exige la función editorial, que un presidente que acumula cuatro frentes simultáneos de esta magnitud tiene la obligación de elegir: o gobierna hacia dentro, afrontando las crisis con transparencia y rendición de cuentas, o sigue gobernando hacia fuera, acumulando fotos internacionales mientras el edificio cruje. Las dos cosas a la vez, esta semana lo ha demostrado, ya no son compatibles.

La semana de los cuatro frentes pasará. Vendrán otras semanas con otros frentes, porque esa es la naturaleza de la política española contemporánea: un ciclo de crisis que se retroalimentan y que nunca se cierran del todo. Pero lo que no pasará —lo que quedará cuando las portadas cambien y los titulares se olviden— es la pregunta de fondo que esta semana deja abierta: ¿puede un Gobierno sobrevivir indefinidamente gobernando hacia fuera porque gobernar hacia dentro se ha vuelto inhóspito? La respuesta, sospechamos, ya la conoce el propio Sánchez. Lo que falta es que la pronuncie.

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