Empecemos por lo más importante, que es lo más doloroso. Germán tenía 34 años y tres hijos. Jerónimo tenía 29 y llevaba catorce meses en el Servicio Marítimo. Ambos murieron haciendo lo que muy poca gente estaría dispuesta a hacer: perseguir de noche, a 48 nudos, en la oscuridad total del Atlántico, una lancha cargada de cocaína pilotada por hombres que no tienen nada que perder porque sus patronos les garantizan impunidad en origen y les amenazan con muerte si fracasan. Los guardias civiles del SERMAR son, junto con los agentes del Grupo de Acción Rápida y los buzos de la Armada, los funcionarios públicos españoles que asumen un nivel de riesgo físico comparable al de un soldado en zona de operaciones, con la diferencia de que su guerra no se libra en un país lejano sino en las mismas aguas donde los españoles bañan a sus hijos en agosto. Y sin embargo, como hemos contado en estas páginas cada vez que una tragedia sacude al SERMAR, las unidades marítimas de la Guardia Civil operan con medios insuficientes, embarcaciones envejecidas, dotaciones justas y protocolos que nadie ha actualizado desde 2019. Después de Barbate prometieron lanchas. Después de Barbate prometieron radares. Después de Barbate prometieron un fondo de compensación para las familias. Han pasado dos años y tres meses. Las lanchas no han llegado todas. Los radares están a medias. El fondo sigue sin reglamento. Y ahora hay dos muertos más, y cuatro heridos, y cuatro familias destrozadas, y un mar que esta noche seguirá siendo negro y peligroso y estará lleno de narcotraficantes que saben que la probabilidad de que les intercepten es menor que la probabilidad de que ganen la apuesta.
El luto de Huelva ha tenido un efecto colateral que dice mucho sobre el estado de la política española: ha suspendido la campaña electoral andaluza del 17-M. PP y PSOE han pactado dos días de silencio en señal de duelo, un gesto que es correcto, decente y humanamente necesario, pero que también es —no nos engañemos— políticamente calculado. La suspensión perjudica más a quien más necesitaba el fin de semana para remontar, y esa candidata es María Jesús Montero, que venía de un debate en Canal Sur el martes en el que, según las encuestas internas del PSOE, había recortado tres puntos la distancia con Juanma Moreno. Moreno, que lidera todas las encuestas con holgura y está al filo de la mayoría absoluta, puede permitirse el paréntesis sin que le cueste un escaño. Montero, que necesita cada acto, cada mitin y cada aparición televisiva para movilizar a un electorado socialista desmoralizado por la crisis interna del partido, pierde dos jornadas cruciales de campaña. Esto no significa que la suspensión sea insincera ni que nadie la haya calculado fríamente; significa que en política nada es solo lo que parece, y que incluso el dolor tiene aritmética. Lo importante es que hoy, al menos hoy, los candidatos están callados, los megáfonos están apagados y en Huelva se llora a dos hombres que murieron cumpliendo con su deber. Mañana volverá la campaña, volverán los reproches y volverá el ruido. Pero hoy no.
Mientras Huelva guarda luto, el Hondius sigue avanzando. Hay algo inquietantemente simbólico en ese barco que se acerca a España desde el sur con sus vivos y sus muertos a bordo, como una metáfora flotante de las crisis que se acercan sin que podamos detenerlas. Mañana domingo, si el calendario se cumple, el crucero fondeará frente a Granadilla de Abona y 144 personas verán por primera vez en nueve días la tierra firme que han deseado alcanzar desde que el primer pasajero murió el 26 de abril. El lunes, la evacuación. El martes, los resultados de las pruebas PCR. Y después, la incertidumbre: ¿cuántos de esos 144 estarán infectados? ¿Habrá transmisión comunitaria en España? ¿Será el Hondius un incidente aislado o el primer capítulo de una emergencia sanitaria que nos devuelva a los peores recuerdos de 2020? La cepa Andes es la única variante del hantavirus con capacidad demostrada de transmisión entre humanos. Tiene una tasa de letalidad del 30 al 40 por ciento. No existe vacuna. No existe tratamiento específico. La única herramienta disponible es la misma que aprendimos —a un coste incalculable— durante la pandemia: el aislamiento, el rastreo de contactos, la contención. Hoy, García y Grande-Marlaska vuelan a Tenerife con el director de la OMS. Esa imagen —dos ministros del Gobierno español acompañados por el máximo responsable sanitario del planeta— debería ser suficiente para que entendamos la gravedad de lo que se avecina sin necesidad de recurrir al alarmismo.
Y mientras el Hondius avanza y Huelva llora, en algún despacho del Tribunal Supremo siete magistrados empiezan a deliberar sobre el caso Koldo. Es difícil exagerar la importancia de esta sentencia. Si Ábalos es condenado a algo cercano a los 24 años que pide la Fiscalía, será la condena más grave contra un exministro del Gobierno en la historia democrática de España, superando los 13 años de Rafael Arias Salgado en el caso Roldán y los 7 de Eduardo Zaplana por blanqueo. Si es absuelto, será la mayor derrota de la Fiscalía Anticorrupción desde su creación en 1995 y una victoria política para el PSOE que, sin embargo, no borrará las imágenes de tres semanas de juicio oral en las que un hombre que fue ministro de Transportes durante cuatro años apareció retratado como cómplice de una trama de comisiones ilegales que operaba desde su propio ministerio. La sentencia caerá después de las elecciones andaluzas del 17-M pero antes del congreso federal del PSOE previsto para julio, un calendario que convierte el fallo en una pieza del dominó político con la capacidad de derrumbar o apuntalar la estructura interna del partido gobernante según la dirección en la que caiga.
El Día de Europa, que celebramos hoy con más inercia institucional que convicción ciudadana, merecería una reflexión más profunda de la que la agenda de crisis permite. Robert Schuman pronunció su declaración el 9 de mayo de 1950 en el Quai d'Orsay de París con una idea sencilla y revolucionaria: que la guerra entre Francia y Alemania —las dos naciones que habían devastado Europa tres veces en setenta años— se haría «no solamente impensable, sino materialmente imposible» si se ponían en común los recursos del carbón y el acero. Setenta y seis años después, la guerra entre Francia y Alemania es efectivamente impensable, lo que demuestra que Schuman tenía razón. Pero los desafíos que afronta Europa en 2026 no son los que Schuman imaginó, y la arquitectura institucional que construimos sobre su visión no siempre está a la altura de esos desafíos. Trump pone un ultimátum desde un campo de golf. Un virus zoonótico se propaga por un crucero. El narcotráfico invade el Atlántico. La corrupción corroe las instituciones desde dentro. Y la respuesta europea es, demasiadas veces, un comunicado, una teleconferencia de urgencia y una declaración de intenciones que se archiva antes de que la tinta se seque. Europa necesita menos aniversarios y más acción. Menos banderas izadas en plazas vacías y más decisiones difíciles tomadas con la velocidad que los tiempos exigen.
Hay una imagen que resume este sábado mejor que cualquier análisis. En la Comandancia de la Guardia Civil de Huelva, a las 10:00 de esta mañana, un padre que fue brigada durante 28 años entrará en la capilla ardiente para despedir a su hijo Germán, que siguió sus pasos y se hizo guardia civil porque creía que servir a su país valía el riesgo. En el Hospital Juan Ramón Jiménez, dos compañeros de Germán y Jerónimo lucharán por su vida conectados a máquinas que pitan con la cadencia de un metrónomo. En el Atlántico, el Hondius avanzará hacia Canarias con sus muertos en las cámaras frigoríficas y sus vivos en los camarotes, esperando. En el Tribunal Supremo, un fallo que puede cambiar la legislatura madurará en silencio detrás de puertas cerradas. En Bruselas, la bandera europea ondeará sobre instituciones que negocian contra reloj para evitar una guerra arancelaria. Y en millones de hogares españoles, la gente se despertará, leerá los titulares, moverá la cabeza con esa mezcla de incredulidad y fatiga que se ha convertido en el estado emocional por defecto del ciudadano contemporáneo, y seguirá con su sábado porque la vida, incluso cuando está llena de crisis superpuestas, exige seguir adelante.
Este editorial no tiene conclusiones optimistas que ofrecer porque la honestidad periodística impide fabricar esperanza donde los datos no la sostienen. Lo que sí tiene son algunas certezas. La primera: que Germán y Jerónimo merecen más que condolencias en Twitter y minutos de silencio; merecen las lanchas, los radares y los protocolos que les prometieron después de Barbate y que nadie les dio. La segunda: que el Hondius será gestionado con la eficacia que la sanidad española ha demostrado en emergencias anteriores, pero que esa eficacia tiene límites y que la prudencia exige prepararse para escenarios peores sin caer en el pánico. La tercera: que la sentencia del caso Koldo, sea cual sea, no resolverá la crisis política que afronta España, porque esa crisis no es judicial sino estructural: un gobierno sin mayoría, una oposición que espera su turno sin proponer nada transformador, y una ciudadanía cada vez más escéptica respecto a la capacidad de las instituciones para resolver los problemas que realmente importan. Y la cuarta, que es también la más difícil de escribir: que días como hoy, días rotos, días de luto y espera, son los que definen a un país no por lo que dice sino por lo que hace. España hará hoy lo que pueda. Esperemos que sea suficiente.
Posdata: a las 12:00 de hoy, en la Plaza de la Villa de Madrid, la bandera de Europa será izada mientras un pequeño grupo de ciudadanos observa la ceremonia y un funcionario lee en voz alta un fragmento de la Declaración Schuman de 1950. Será un acto breve, sobrio, casi invisible entre el ruido de las noticias del día. Pero habrá un momento, cuando la bandera azul con las doce estrellas doradas llegue al tope del mástil y el viento de mayo la despliegue contra un cielo que se anuncia limpio, en el que quizá valga la pena recordar que este proyecto imperfecto, lento, burocrático y exasperante que llamamos Europa fue concebido exactamente para momentos como este: para que cuando las crisis se acumulen, cuando el miedo apriete, cuando la tentación del sálvese quien pueda se convierta en la opción más fácil, haya al menos una estructura, un marco, una idea compartida que nos recuerde que solos somos más frágiles y que juntos, con todas nuestras contradicciones, tenemos al menos una oportunidad de salir adelante. Feliz Día de Europa. Y que el luto de Huelva nos recuerde que detrás de cada bandera, detrás de cada institución, detrás de cada sigla, hay personas que arriesgan su vida para que las demás podamos vivir la nuestra.

