El primer fantasma tiene nombre propio: Cristian Corvillo. El hombre que condujo a Pedro Sánchez durante las primarias de 2017, al que la UCO vincula con 100.000 euros anotados por Aldama y con la gestión de mascarillas del Ministerio de Transportes, ha desaparecido del mapa judicial y mediático con una limpieza que inquieta a los propios investigadores. No está imputado. No ha sido citado. No existe para el proceso, pese a existir en los informes de la Guardia Civil. En cualquier trama judicial seria, un eslabón documentado entre el presidente y la logística operativa de la red merecería, como mínimo, una declaración testifical. Su ausencia no exonera ni condena: simplemente deja un hueco en la narrativa que alguien tendrá que explicar.
El segundo fantasma es microscópico y viaja en aerosol. El hantavirus cepa Andes ha saltado hoy la frontera del caso leve al caso grave: la pasajera francesa del Hondius que requiere respiración asistida en París es el primer paciente en estado severo fuera del crucero. Nueve confirmados en cuatro países. Tres muertos. Y un Instituto Pasteur secuenciando a contrarreloj para determinar si el virus ha mutado. La OMS insiste en que no hay transmisión comunitaria, y probablemente tenga razón. Pero el fantasma del patógeno invisible se alimenta de lo que aún no sabemos, no de lo que ya descartamos.
El tercer fantasma cabe en un tique de farmacia. La reforma del copago publicada hoy en el BOE redistribuye 265 millones de euros entre seis tramos de renta, protege a los más pobres con un techo de 8,23 euros al mes y carga la factura sobre las rentas altas. Es, sobre el papel, una medida progresiva y técnicamente solvente. Pero llega por real decreto-ley, sin debate parlamentario previo, en plena campaña electoral andaluza y con un PP que ya ha anunciado recurso ante el Constitucional. La norma es un fantasma legislativo: existe en el BOE, pero su supervivencia depende de una convalidación en el Congreso que nadie puede garantizar.
El cuarto fantasma ocupa exactamente un escaño en el Parlamento de Andalucía. La mayoría absoluta del PP se juega en 54 o 55 diputados. SocioMétrica dice 54-55. El 15,5 por ciento de indecisos podría inclinar la balanza en cualquier dirección. La absoluta es un fantasma electoral: todo el mundo habla de ella, nadie la ha visto, y su materialización depende de decisiones que tomarán el sábado cientos de miles de ciudadanos que hoy no saben qué van a votar. Moreno gobierna como si la tuviera; Sánchez campaña como si pudiera evitarla. Los dos actúan sobre una certeza que no existe.
El quinto fantasma se mide en dólares por barril. El Brent lleva semanas oscilando entre los 93 y los 108 dólares, un rango de volatilidad que refleja la imposibilidad de los mercados para poner precio a una tregua con Irán que Trump describe como algo en cuidados intensivos. Hoy cotiza a 106,6 tras la corrección, pero nadie sabe si mañana volverá a los 110 o caerá a los 95. El petróleo es el fantasma de la economía real: cada dólar de subida se traduce en céntimos de inflación, en décimas de crecimiento perdidas, en hipotecas que se encarecen a través de un euríbor que hoy marca 2,811.
El sexto fantasma cruza el Atlántico. La inflación estadounidense del 3,8 por ciento, máximo en tres años, es una cifra que los mercados europeos no pueden ignorar aunque no la hayan generado. Si la Fed renuncia a bajar tipos, el BCE verá comprometida su propia hoja de ruta de recortes, y el euro seguirá debilitándose frente al dólar, importando inflación vía energía y materias primas. Goldman Sachs ya ha rebajado España al 1,9 por ciento de crecimiento. El fantasma transatlántico es el más peligroso porque actúa a distancia: nadie en Moncloa ni en Génova puede controlar lo que decida Jerome Powell en junio.
El séptimo fantasma es colectivo. La izquierda alternativa andaluza, dividida entre Adelante Andalucía y Por Andalucía, suma el 14,4 por ciento del voto estimado, cifra idéntica a la de Vox. Pero la división le costará un tercio de sus escaños potenciales. Es el fantasma de lo que pudo ser: una fuerza política relevante que eligió romperse antes de competir. Los progresistas andaluces votarán el sábado sabiendo que su voto valdrá menos que el de un elector de derechas, no por el sistema electoral sino por la incapacidad de sus dirigentes para entender que en política, como en la guerra, la unidad es la primera condición de la supervivencia.
Siete fantasmas. Siete ausencias que pesan. Un país que se asoma al sábado electoral con más preguntas que respuestas y con la certeza de que las sombras, a veces, dicen más que la luz.

