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Editorial

La mañana de los cinco vértices: caso Koldo visto para sentencia, elecciones andaluzas a diez días, hantavirus acercándose a Canarias, acuerdo EEUU-Irán en el horizonte y el mayor alijo de cocaína de la historia de España en un país que procesa cinco crisis simultáneas sin hoja de ruta

Editorial de Teresa Gómez — España amanece este jueves con un pentágono de emergencias que pone a prueba la capacidad institucional del Estado: la justicia dicta el tempo del caso Koldo, la democracia se juega en Andalucía, la salud pública navega hacia Tenerife, la geopolítica reordena Oriente Medio y la seguridad se mide en toneladas de cocaína. Cinco vértices, un solo país.

Por Redacción de El Hemiciclo· Madrid·
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La mañana de los cinco vértices: caso Koldo visto para sentencia, elecciones andaluzas a diez días, hantavirus acercándose a Canarias, acuerdo EEUU-Irán en el horizonte y el mayor alijo de cocaína de la historia de España en un país que procesa cinco crisis simultáneas sin hoja de ruta
ILUSTRACIÓN DE EL HEMICICLO

Hay mañanas en las que un país descubre que sus crisis no le esperan por turnos sino que se presentan todas juntas, sin cita previa, exigiendo atención simultánea y recursos que nadie ha presupuestado. Este jueves siete de mayo de dos mil veintiséis es una de esas mañanas.

El primer vértice es judicial y se llama Koldo. Lo que comenzó como una investigación sobre contratos de mascarillas durante la pandemia se ha transformado a lo largo de catorce sesiones de juicio oral en un retrato descarnado de cómo el poder político y el dinero se entrelazan en las grietas del Estado. La declaración final de Ábalos, atacando al fiscal, al instructor, a su antiguo socio Aldama y a la prensa con la desesperación de quien sabe que el veredicto está cerca, ha dejado una imagen que los historiadores estudiarán: la del exministro de Transportes de España señalando a todos los que le rodean excepto a sí mismo. Pero fue la revelación de Koldo — el abogado del PP que le visitó en la cárcel ofreciéndole mentir a cambio de libertad — la que ha añadido una capa de complejidad moral que trasciende lo procesal. Si la acusación es cierta, la corrupción no es solo patrimonio del gobierno sino que el método se reproduce en todos los partidos. Si es falsa, la última palabra del acusado se convierte en la primera munición de una guerra de desinformación.

El segundo vértice es electoral y se llama Andalucía. A diez días del diecisiete de mayo, las encuestas dibujan un escenario que habría resultado inimaginable hace una década: el PSOE, el partido que gobernó Andalucía durante treinta y siete años consecutivos y que convirtió la comunidad en su bastión más sólido, se encamina hacia un resultado que podría no alcanzar el veinte por ciento de los votos. No es solo una derrota electoral: es la posible certificación del fin de una era política que definió la identidad de la izquierda española durante casi cuatro décadas. Moreno gobierna con la tranquilidad del que lleva ventaja y hace campaña con la cautela del que teme tropezar en la recta final. Montero, en el otro extremo, busca el conflicto que sacuda las encuestas sin encontrarlo. Y Gavira, desde Vox, ha descubierto que la inmigración es el tema que le permite crecer sin techo en las comarcas rurales. El resultado del diecisiete de mayo no será solo andaluz: será el termómetro de una España que vota cada vez más fragmentada y cada vez menos predecible.

El tercer vértice es sanitario y navega sobre el Atlántico con bandera holandesa. El MV Hondius, un crucero de expedición que debería estar recorriendo las costas de Noruega, se aproxima a Canarias con cinco casos confirmados de hantavirus cepa Andes — una variante que, a diferencia de las habituales, permite la transmisión de persona a persona — y tres fallecidos a bordo. Las autoridades sanitarias españolas se enfrentan a un dilema que no tiene precedente reciente: permitir el desembarco y arriesgarse a una propagación en territorio español, o rechazarlo y violar los protocolos internacionales de emergencia que obligan a prestar auxilio. El Gobierno ha optado por la vía intermedia: desembarco controlado en Granadilla de Abona con evacuación militar de los catorce ciudadanos españoles hacia el Hospital Gómez Ulla de Madrid. Pero la desconfianza de Clavijo hacia la coordinación con el Gobierno central añade una dimensión política a una emergencia que debería gestionarse exclusivamente con criterios epidemiológicos.

El cuarto vértice es geopolítico y tiene el potencial de transformar el orden mundial tal como lo conocemos desde la revolución iraní de mil novecientos setenta y nueve. Un acuerdo entre Estados Unidos e Irán que reabriera gradualmente el estrecho de Ormuz no solo abarataría el petróleo — el Brent ya ha caído por debajo de los cien dólares por primera vez en semanas — sino que reconfiguraría las alianzas de Oriente Medio, debilitaría la posición negociadora de Rusia como proveedor energético alternativo y abriría un mercado de ochenta y seis millones de consumidores iraníes a la economía global. Para Europa, las implicaciones son inmediatas: alivio en la factura energética, posible bajada de tipos del BCE en junio, y un reposicionamiento estratégico que obligaría a Bruselas a repensar su política exterior en una región donde sus intereses se han gestionado tradicionalmente a remolque de Washington. Pero el acuerdo, si se firma, también traerá inestabilidad: los aliados del Golfo lo percibirán como una traición, Israel lo combatirá con todos sus medios y los halcones del Congreso estadounidense intentarán sabotearlo desde el primer día.

El quinto vértice es criminal y se mide en toneladas. Las treinta coma dos toneladas de cocaína del Arconian no son solo un récord estadístico: son la prueba tangible de que las rutas del narcotráfico transatlántico han alcanzado una escala industrial que desafía la capacidad de interdicción de los Estados. Un solo buque transportaba el equivalente al tres coma ocho por ciento de la producción mundial anual de cocaína, y estaba destinado a tres países europeos a través de una cadena logística que involucra puertos africanos, carteles mexicanos, tripulaciones filipinas y angoleñas, y redes de distribución holandesas, gallegas y francesas. La globalización del crimen organizado ha llegado a un punto en que una operación de narcotráfico requiere la misma complejidad logística que una cadena de suministro de Amazon. Y frente a esa sofisticación, los Estados responden con operaciones espectaculares que confiscan millones pero que no alteran la ecuación fundamental: mientras exista demanda europea de cocaína, existirá oferta sudamericana dispuesta a cruzar cualquier océano para satisfacerla.

La convergencia de estos cinco vértices en una sola mañana no es una coincidencia sino un síntoma. España se ha convertido en un país donde las crisis se superponen porque las estructuras institucionales que deberían prevenirlas están desbordadas, fragmentadas o politizadas. El Supremo juzga la corrupción mientras el Congreso debate la flotilla. Sanidad prepara protocolos de cuarentena mientras Exteriores negocia con Bruselas los aranceles de Trump. La Guardia Civil persigue al narcotráfico en alta mar mientras Canarias se prepara para un desembarco sanitario que podría convertir a Tenerife en el epicentro de una alerta epidemiológica. Cada crisis exige atención exclusiva, pero ninguna la obtiene porque compite con las otras cuatro por los mismos recursos de gestión política, mediática e institucional. El resultado es un país que procesa múltiples emergencias simultáneamente pero ninguna con la profundidad que merecería.

Lo que distingue esta mañana de otras igualmente complejas es la naturaleza radicalmente distinta de los cinco vértices: uno es judicial, otro electoral, el tercero sanitario, el cuarto geopolítico y el quinto criminal. No comparten causa ni remedio. No pueden gestionarse con la misma lógica ni por los mismos responsables. Lo único que comparten es el espacio temporal y el país que los padece. Y es precisamente esa diversidad la que hace más peligrosa la convergencia: un gobierno que dedique sus mejores esfuerzos a gestionar la crisis sanitaria descuidará la respuesta comercial a Trump; un gobierno que se concentre en la campaña andaluza perderá el foco sobre el caso Koldo; un gobierno que celebre la incautación del Arconian olvidará que las treinta toneladas son el síntoma de un problema estructural que no se resuelve con operaciones policiales.

España necesita, en mañanas como esta, algo más que gestores de emergencias: necesita una visión de conjunto que integre lo judicial, lo electoral, lo sanitario, lo geopolítico y lo criminal en una narrativa coherente que permita a los ciudadanos entender qué país habitan y hacia dónde se dirige. Esa visión no existe hoy. El Gobierno la ha sustituido por la gestión reactiva del ciclo informativo: cada crisis se aborda cuando explota en los telediarios y se abandona cuando la siguiente la desplaza. La oposición la ha sustituido por la instrumentalización electoral: cada crisis es una oportunidad para desgastar al rival, no para proponer soluciones. Y los ciudadanos, atrapados entre la saturación informativa y la impotencia democrática, han desarrollado un mecanismo de defensa que los sociólogos denominan «fatiga de crisis»: la incapacidad de preocuparse por todo a la vez que se traduce en no preocuparse profundamente por nada. El pentágono de esta mañana seguirá girando sobre sí mismo mientras España busca, sin encontrarlo todavía, el centro de gravedad que lo equilibre.

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