La primera reprobación es la más literal: la del Senado contra Aagesen. Novena ministra censurada en una legislatura que ya había batido todos los récords de crispación parlamentaria. El dato, por sí solo, cuenta una historia de desgaste institucional que trasciende la persona de la ministra y la crisis del apagón. Cuando un parlamento reprueba a más de la mitad de un gobierno sin que dimita ni un solo ministro, la reprobación deja de ser un instrumento de control para convertirse en un ritual vacío, una ceremonia que se repite con la cadencia de un reloj averiado que marca siempre la misma hora. No importa si Aagesen gestionó bien o mal el apagón. Lo que importa es que el instrumento de la reprobación se ha desgastado hasta la irrelevancia, y con él se ha desgastado la capacidad del parlamento para exigir responsabilidades reales. La moción no vinculante es el símbolo perfecto de una democracia que habla sin consecuencias.
La segunda reprobación es demoscópica: las encuestas finales del 17-M. Un PP en el 43,1 por ciento que se traduce en exactamente 55 escaños — la mayoría absoluta al milímetro, sin margen de error, sin red de seguridad — es una fotografía de un electorado que dice «te dejo gobernar solo, pero por los pelos». Y un PSOE en el 22,6, mínimo histórico en la comunidad que inventó el socialismo andaluz, es una reprobación de todo lo que el PSOE ha dejado de ser en el sur. No es solo Montero quien está siendo juzgada. Es una forma de hacer política que durante cuarenta años se sostuvo sobre la lealtad de un electorado que ahora mira hacia otro lado, no porque haya encontrado algo mejor sino porque ha dejado de creer que lo que le ofrecen sea diferente.
La tercera reprobación lleva velamen y se llama Bribón. Juan Carlos I navegando en Sanxenxo mientras el Senado reprueba ministras, mientras las encuestas cierran una campaña tensa, mientras un virus cuenta los días en una probeta, es la imagen de una desconexión que ya no necesita explicación. El emérito tiene derecho a su jubilación, como dice su amigo Pedro Campos. Pero el derecho a la jubilación no incluye el derecho a la indiferencia. Hay un momento en el que la frecuencia de las regatas deja de ser una afición y se convierte en un mensaje: «esto ya no va conmigo». Y ese mensaje, en un país que todavía no ha decidido qué hacer con la figura del rey emérito, con sus cuentas en Suiza, con sus vuelos a Abu Dabi, con su seguridad pagada con impuestos, es una reprobación silenciosa de todo el pacto constitucional que sostiene la monarquía parlamentaria.
La cuarta reprobación es deportiva, o más bien económica, o más bien civilizatoria. La NFL elige el Bernabéu para su segundo partido mientras la democracia española chirría en todos sus engranajes. No hay nada reprochable en que Madrid albergue un partido de fútbol americano. Al contrario: los 45 a 60 millones de euros de impacto económico son bienvenidos en una ciudad que compite con Londres y Múnich por ser la capital del entretenimiento europeo. Pero la yuxtaposición tiene algo de obsceno: mientras el Senado debate si una ministra debe dimitir por un apagón que dejó a 32 millones de personas sin luz, la ciudad que sufrió ese apagón celebra que la NFL la haya elegido como escenario de un espectáculo que cuesta 650 euros por entrada. La modernidad líquida de Bauman en estado puro: la crisis y el espectáculo coexisten sin tocarse, como dos realidades paralelas que comparten el mismo código postal pero habitan universos distintos.
La quinta reprobación es microscópica. El preprint de Majadahonda que confirma la ausencia de mutaciones en la cepa Andes del hantavirus es, paradójicamente, una buena noticia que funciona como recordatorio de una mala: hay un virus circulando, hay un paciente francés en estado crítico, hay un buque navegando hacia Róterdam con su carga de incertidumbre biológica, y hay un reloj de cuarentena que no se detendrá hasta el 21 de junio. La reprobación aquí no es política sino existencial: la naturaleza recuerda a la especie que su control sobre el mundo es provisional, que basta un roedor en la Patagonia para poner en jaque a los sistemas sanitarios de cuatro países y a la industria del turismo polar. El virus no reprueba a nadie en particular. Reprueba la hubris colectiva de una civilización que cree poder calcular todos los riesgos.
La sexta reprobación es la más amarga, porque se produce entre los que deberían estar del mismo lado. Feijóo y Montero se han cruzado acusaciones esta noche a cuenta de los dos guardias civiles fallecidos en un accidente de tráfico durante un servicio de escolta en Cádiz. Feijóo acusó al Gobierno de «recortar los medios de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado». Montero respondió que «usar a los muertos como arma electoral a cuatro días del 17-M es la mayor indignidad de esta campaña». Ambos tienen razón. Y ambos están equivocados. Tienen razón porque los recursos policiales son insuficientes y porque instrumentalizar la muerte es indigno. Están equivocados porque la disputa misma — la necesidad de ganar un punto, de clavar un dardo, de ocupar un titular a las dos de la mañana — es la reprobación definitiva de una clase política que ha perdido la capacidad de callar cuando callar es lo único decente.
Seis reprobaciones. Seis formas de decir que algo no funciona. El Senado reprueba a una ministra que no dimitirá. Las encuestas reprueban a un PSOE que no se reconoce. Un rey emérito reprueba la relevancia de un país al que ya no pertenece. La NFL reprueba, sin saberlo, la solemnidad de una crisis con su espectáculo de millones. Un virus reprueba la arrogancia de una especie. Y dos líderes políticos se reprueban mutuamente sobre los cadáveres de dos funcionarios que murieron haciendo su trabajo. Si hubiera que buscar un hilo que conecte estas seis historias, no sería la ideología ni la geopolítica ni la epidemiología. Sería algo más simple y más devastador: la sensación de que el contrato social que sostiene la convivencia se ha adelgazado hasta la transparencia, y que cada uno de los actores de esta madrugada — la ministra, el candidato, el rey, la liga, el virus, los líderes — actúa como si estuviera solo en un escenario donde ya no hay público, solo cámaras.
Esta redacción no tiene la ingenuidad de creer que alguna vez existió una España sin fracturas. Las fracturas son constitutivas de cualquier democracia viva. Lo que distingue a este momento de otros momentos difíciles no es la cantidad de crisis sino la calidad de las respuestas. Una reprobación parlamentaria que no produce dimisiones. Unas encuestas que retratan a un electorado resignado. Un emérito que navega en la indiferencia. Un espectáculo deportivo que coexiste con la emergencia. Un virus que no muta pero que tampoco desaparece. Y un debate político nocturno sobre la muerte que no produce piedad sino titulares. El denominador común es la impotencia: la sensación de que las instituciones, los partidos, los líderes y los ciudadanos hemos perdido la capacidad de que nuestras acciones tengan consecuencias proporcionales a nuestras palabras.
Amanecerá el jueves y la reprobación de Aagesen será un titular de ayer. Las encuestas entrarán en el silencio de la jornada de reflexión. Juan Carlos I izará velas en la ría de Pontevedra. Alguien comprará una entrada de 650 euros para ver a los Bengals en noviembre. En Majadahonda, los virólogos seguirán secuenciando. Y en algún cuartel de la Guardia Civil, dos taquillas vacías recordarán que hubo dos agentes que salieron a trabajar y no volvieron. Seis reprobaciones. Ninguna consecuencia. Y mañana, inevitablemente, habrá una séptima.

