Concedamos lo segundo, que es la explicación oficial y además es cierta: faltan viviendas. El Banco de España cifra el déficit en un millón de unidades; BBVA Research lo deja en 880.000 de cara a 2027. Dos casas serias apuntando al mismo sitio. La oferta no ha seguido el ritmo de formación de nuevos hogares. Hasta aquí, impecable. Nadie discute la aritmética: donde hay más hogares que casas, alguien duerme en el salón.
Concedamos lo tercero, que también nos lo dan hecho: se han creado 145.000 hogares de media al año, y 260.000 desde 2021. La demanda, por tanto, no es un capricho ni una moda pasajera. Son personas que nacen, que crecen, que se emancipan o lo intentan, y que necesitan un techo con el número de habitaciones que el propio INE considera decente. La demanda existe, es masiva y es legítima. Admitido.
Concedamos lo cuarto, y aquí la concesión empieza a pesar: la oferta de vivienda protegida, la que se construye precisamente para quien no llega, se sitúa en un promedio reciente de 13.000 unidades al año. Trece mil. Aceptemos que es poco; lo dice el informe, no nosotros. Y aceptemos también el término de comparación que el mismo informe ofrece sin que nadie se lo pidiera: entre 1995 y 2002 se levantaban casi 60.000 al año, y entre 2003 y 2010 más de 80.000 de media. De ochenta mil a trece mil. Concedido punto por punto.
Concedamos lo quinto, para no dejar ningún argumento oficial sin abrazar: la renta media de los hogares ha superado los 22.000 euros anuales. Las cosas, dirán, van mejorando. Estupendo. Salvo que la misma encuesta registra que el 36,5% de las familias no puede afrontar con recursos propios un gasto imprevisto de 800 euros, peor que antes, y que el 7,6% no se permite cuatro de los trece servicios básicos que mide el INE: calentar la casa, comer pescado cada dos días, irse una semana de vacaciones, llegar al pago del alquiler. La renta sube en la media y el margen desaparece en la realidad. También esto lo concedemos, porque está publicado.
Decía Larra, que de casas y de España sabía lo suyo, que escribir en Madrid era llorar. Permítanos actualizarlo sin traicionarlo: habitar en España empieza a ser hacinarse. Lo escribía en una ciudad que ya entonces crecía más rápido que su parque de viviendas, y la receta no ha cambiado en casi dos siglos: cuando el techo escasea, el precio lo paga quien menos habitaciones tiene. La prueba no es la melancolía del cronista; es la serie estadística del organismo oficial, que dibuja exactamente la misma curva que Larra intuía sin calculadora.
Y es aquí donde el razonamiento, aceptado entero, revienta solo. Porque si todos coinciden en que faltaban casas —el Banco de España, BBVA Research, el INE, el sentido común—, y todos sabían que cada año se formaban 145.000 hogares nuevos, y todos tenían a mano el precedente glorioso de las 80.000 protegidas anuales de la década pasada, entonces la conclusión que sale de sus propias premisas es sencilla y nadie quiere firmarla: la escasez no ocurrió, se dejó ocurrir. Pasar de 80.000 a 13.000 no es un accidente meteorológico. Es una decisión repetida un año tras otro, administración tras administración, firmada por quien tenía la competencia y el presupuesto para firmarla, y no firmada por quien no.
Sígase el hilo hasta el final, que es donde el absurdo se muestra entero. Si la vivienda protegida se desplomó precisamente cuando más hogares se formaban, el sistema ha hecho algo admirable por su coherencia inversa: ha garantizado que el techo sea un bien del club. El que ya tiene casa la ve revalorizarse por la escasez; el que no la tiene duerme en la habitación de más que el INE le reprocha no tener. La Ley de Propiedad Horizontal, nos recuerda el material, regula qué elementos decorativos puede colgar usted en su comunidad; el BOE ampara al inquilino frente a las reparaciones que el propietario desatiende. Hemos legislado con esmero las macetas del rellano y los grifos que gotean, mientras el rellano entero faltaba por construir. Es el urbanismo de Verano azul sin el verano, sin el azul y sin la casa: solo quedan los vecinos apretados discutiendo de quién es el pasillo.
Así que la pregunta no es por qué hay hacinamiento, que eso ya nos lo han explicado y lo hemos concedido todo. La pregunta es más simple y no la responde ninguna encuesta: de las 80.000 viviendas protegidas que se construían cada año y hoy son 13.000, ¿quién decidió, ejercicio tras ejercicio, firmar las que faltan?
