Can Marc fue la casa mayor de los Salom de la Torre, una familia que no ostentaba título nobiliario de linaje ciudadano —como condados o marquesados—, sino que pertenecía al grupo de propietarios rurales ricos y terratenientes locales que, durante los siglos XVII y XVIII, monopolizaron el poder político y económico de los pueblos de Mallorca. Su fortuna estuvo ligada al esplendor del cultivo de la viña y la producción de vino en la comarca del Raiguer durante la época moderna.
La fachada del edificio, reformada en torno a 1770, conserva tres balcones con barandillas de hierro forjado de tipo Luis XV y una asimetría característica entre el portal redondo y el balcón central. En el interior se mantienen elementos originales como la bodega, dos prensas, los establos, el corral, el huerto y mobiliario de época que, según la documentación del expediente, permite una inmersión directa en el siglo XVIII.
La relevancia histórica de Can Marc no radica únicamente en su carácter residencial, sino en haber conservado intacta la topografía funcional de la producción preindustrial: la vivienda señorial convive con las dependencias de la explotación agrícola, desde la bodega y los lagares hasta los establos y la noria. Esa integración convierte al edificio en un documento tridimensional de la estructura socioeconómica de la ruralía mallorquina del siglo XVIII.
A diferencia de los palacios de Palma, vinculados a la nobleza titulada, casales como Can Marc fueron erigidos por la aristocracia rural de la Part Forana, los llamados señores de posesión o ciudadanos honrados asentados en los pueblos. Esta arquitectura combina el aparato formal de la residencia urbana con el espacio utilitario de las estructuras agropecuarias: el casal de pueblo no funcionaba como simple casa de descanso, sino como centro de gestión de un complejo preindustrial.
La expansión del cultivo del viñedo a finales del siglo XVII y principios del XVIII, impulsada por la demanda de exportación de aguardiente y vino hacia el norte de Europa y América, generó una época de esplendor económico en Binissalem. Esa riqueza se tradujo en una eclosión constructiva que define la identidad del municipio, declarado Conjunto Histórico por la densidad y calidad de ese legado arquitectónico.
La disponibilidad de piedra de Binissalem, una variedad de caliza nummulítica muy dura y de tonalidad grisácea y azulada, permitió el desarrollo de un gremio local de canteros y maestros de obras de gran reputación en toda la isla, que dotaron a las fachadas del pueblo de una estética homogénea y suntuosa. En ese contexto, la historiadora Aina Pascual defiende que Can Marc es el prototipo inmaculado de esta tipología constructiva.
A diferencia de otros casales que sufrieron fragmentaciones hereditarias o reformas agresivas durante el siglo XX, Can Marc ha mantenido su unidad física y funcional —vivienda, bodega, establos y huerto—, lo que lo convierte, según Pascual, en el testimonio material más fiel de la época dorada del Raiguer vitivinícola. Esa misma lógica de recuperar y abrir al público legados del pasado late en proyectos culturales recientes como la reedición de Ilegales de 'Todos están muertos'.
La declaración como Bien de Interés Cultural con categoría de monumento es la máxima figura de protección patrimonial contemplada en la legislación española, que blinda el inmueble frente a demoliciones y reformas que alteren sus valores y exige autorización administrativa para cualquier intervención. El futuro centro de interpretación del vino y el viñedo aspira a vincular el edificio con el patrimonio vitivinícola y cultural de Binissalem, consolidando el papel del casal como documento de la estructura socioeconómica rural mallorquina del siglo XVIII.

