Vittorio Giovanni Bolsonaro, bisabuelo de Jair, formaba parte de la oleada de campesinos italianos que a finales del siglo XIX escapaban de la miseria agrícola del Véneto para probar fortuna en las plantaciones del interior paulista. Durante varias generaciones la familia vivió en la pobreza rural, lejos de cualquier círculo de influencia política o económica, un origen que contrasta con la imagen de poder que el clan proyecta hoy.
Jair Messias Bolsonaro nació en Glicério, un municipio de apenas 5.000 habitantes del interior de Sao Paulo, con la asistencia de una matrona. Su nombre fue un homenaje de su padre a Jair Pinto Rosa, futbolista del Palmeiras; el segundo, Messias, se lo dio su madre, profundamente católica, en una elección que el propio Bolsonaro explotaría después al compararse con una figura mesiánica. La familia vivió solo ocho meses en ese municipio, al que él volvió 63 años más tarde como candidato presidencial, antes de iniciar un peregrinaje por distintas localidades paulistas.
Eldorado y el oficio del padre dentista
El destino final de aquel peregrinaje fue Eldorado, en el Vale do Ribeira, la región más pobre del estado de Sao Paulo y antiguo refugio de esclavos. Allí Percy Geraldo, padre de Jair, ejercía como dentista práctico sin título universitario, arrancando muelas con un enorme alicate a cambio de gallinas o cerdos para alimentar a sus seis hijos. El joven Jair pescaba y descargaba camiones de abono para contribuir a la economía familiar, una infancia de estrechez donde, según relata el material, forjó su temprano resentimiento social.
Esa pobreza convivía con la riqueza de la familia de Rubens Paiva, diputado opositor a la dictadura militar brasileña, asesinado por el régimen y cuya historia inspiró la película 'Aún estoy aquí', ganadora del Óscar a mejor largometraje internacional. Bolsonaro atacaría sistemáticamente la memoria de Paiva a lo largo de su carrera, un episodio que ilustra las fracturas de la dictadura (1964-1985) y su legado en la sociedad brasileña.
En 1973, Jair Bolsonaro ingresó en el Ejército para escapar de la miseria del Vale do Ribeira y se trasladó a Río de Janeiro, la ciudad donde terminaría de construir la base de su proyecto político. Su trayectoria militar estuvo marcada por la insubordinación: en 1987 fue acusado de planear la colocación de bombas en cuarteles para exigir aumentos salariales. El Superior Tribunal Militar lo absolvió con el respaldo de figuras como el expresidente João Figueiredo, último dictador antes de la redemocratización del país.
Aquellos episodios de rebeldía castrense le dieron notoriedad entre los escalafones militares más bajos y entre sectores que se identificaban con su discurso de resentimiento. Bolsonaro pasó después tres décadas en el Congreso como diputado, cambiando de partido con frecuencia y sin aprobar ningún proyecto de ley relevante, hasta que emergió como candidato fuerte de la derecha radical, cuando la prensa brasileña comenzó a destapar una presunta máquina de desvíos de fondos públicos ligada a su entorno familiar.
El estilo del clan Bolsonaro reproduce el de los Trump en Estados Unidos, familia a la que admiran: el mismo tono paranoico, el conservadurismo radical y la dinámica familiar disfuncional. Los orígenes de ambas dinastías, sin embargo, son opuestos: mientras los Trump partieron del privilegio económico, los Bolsonaro emergieron de la pobreza rural y construyeron su ascenso sobre una estructura de poder forjada en las instituciones públicas antes que en los negocios.
Hijos numerados como reclutas
Jair Bolsonaro organiza a su propia familia con la lógica jerárquica que aprendió en el Ejército, numerando a sus hijos como si fueran reclutas: Flávio es el «01», Carlos el «02», Eduardo el «03» y Jair Renan el «04». Desde prisión, donde cumple la condena de 27 años por el intento de golpe de Estado contra Lula da Silva en 2023, sigue siendo la figura que articula las decisiones estratégicas del clan, cuyo apellido continúa funcionando como marca electoral capaz de movilizar a la derecha radical brasileña.
La presencia de la familia en la estructura del Estado ha sido descrita como una ocupación sistemática de cargos, con hijos, exmujeres —como Rogéria, madre de los tres mayores—, hermanos, cuñados y la actual esposa de Jair, Michelle, repartidos por distintas instituciones. Durante casi tres décadas en el Legislativo, la familia nombró a 286 asesores, de los que al menos 102 mantenían lazos de parentesco directo, según un reportaje del diario 'O Globo' publicado en 2018 que destapó esta red endogámica como cimiento de un sistema de apropiación de salarios públicos.
El esquema de la 'rachadinha'
Ese mecanismo, conocido en Brasil como 'rachadinha', consistía en nombrar empleados fantasmas que devolvían al clan la mayor parte de su sueldo oficial. Uno de los casos más conocidos fue el de la llamada 'Wal do Açaí'. Este tipo de esquemas, investigados por la Policía brasileña, coexistió durante años con el discurso moralista, evangélico y de armar a la población que la familia utilizó como bandera electoral.
"Los bolsonaristas apoyan a Flávio pase lo que pase y critican el fraude y la corrupción de manera selectiva, ya que no perciben como algo negativo lo que hace en el ámbito político o entre bastidores. El objetivo es, sencillamente, sacar al Partido de los Trabajadores (PT) del poder", explica Paulo Ramírez, politólogo y catedrático de la Escuela Superior de Propaganda y Márketing (ESPM).
Flávio Bolsonaro, el primogénito al que su padre apodó «01», llegó a las urnas tras el último debate de la campaña frente a Lula, en el que ambos cruzaron reproches sobre la gestión económica del país. De confirmarse su victoria este domingo, el clan Bolsonaro sumaría una segunda presidencia en menos de una década, en un recorrido que arrancó con un emigrante italiano huyendo de la pobreza del Véneto en 1888 y que situaría a su bisnieto al frente del Palacio del Planalto mientras el patriarca sigue cumpliendo condena por la intentona de 2023.

