La coalición que agrupa a una quincena de partidos con Izquierda Unida, Más Madrid, los Comuns y Movimiento Sumar como principales referentes ha resuelto así un pulso que mantuvo bloqueado el acuerdo durante días. Todas las fuerzas de Sumar en el Gobierno figuran en la papeleta madrileña salvo la catalana Comuns, que acapara la de Barcelona encabezada por Colau, aspirante a la presidencia. Es una partición casi notarial: cada marca se queda con su feudo y evita solaparse donde más duele.
La idea de una candidatura única, que habría evitado precisamente estos regateos sobre quién va primero en cada provincia, se diluyó entre Frente Amplio y Podemos sin que ninguna de las partes impusiera su fórmula. Lo que queda no es la unidad prometida, sino la administración ordenada de la fragmentación.
Hay algo revelador en ver a quince partidos negociar, folio a folio, quién va delante en un autobús que, según las encuestas citadas en el material, viaja hacia una representación muy inferior a la de 2023. Entonces el espacio de Yolanda Díaz sumó 31 escaños; ahora discute el orden de un vagón que podría llegar considerablemente más vacío. El pulso por Madrid no ha sido tanto una pelea por el poder como por la dignidad del reparto: quién firma las actas cuando ya no hay tanto que repartir.
Que el espacio liderado desde el Gobierno sea el mejor parado del reparto madrileño responde a la lógica interna de estas coaliciones: el cupo proporcional a la fuerza orgánica de cada sigla. La fotografía final retrata a una alianza que resuelve sus tensiones con la fórmula de siempre, la del reparto entre marcas, más que con una estrategia electoral pensada desde el votante.
El contraste con el escenario de fondo es llamativo. Las encuestas recogidas en el material sitúan al bloque de PP y Vox manteniendo la mayoría absoluta tras el adelanto electoral, un dato que convierte la pelea por el quinto puesto madrileño en algo parecido a discutir el orden de las sillas mientras el resto de la sala ya ha decidido con quién se sienta. La izquierda negocia posiciones de salida con el esmero de quien gobierna con holgura; la diferencia es que el premio en disputa podría ser bastante más modesto que hace tres años.
La maniobra tiene precedentes en la propia historia reciente del espacio. En 2016, Unidos Podemos concurrió como confederación de siglas —Podemos, IU y las confluencias territoriales— con un reparto de puestos pactado circunscripción a circunscripción, un modelo que cosechó más escaños sumados por separado que la suma aritmética que prometía la coalición. El dilema no es nuevo: la unidad de marca ante el votante casi siempre choca con la aritmética interna de las organizaciones.
La coalición ha optado, en definitiva, por resolver puertas adentro lo que no logró resolver puertas afuera. En lugar de una candidatura única frente al electorado, se ha conformado con una candidatura ordenada frente al espejo: Más Madrid con sus tres plazas de cabecera, IU en la tercera, Movimiento Sumar en la cuarta y Colau reinando sobre Barcelona.