A la lista de recintos dañados se suman la Julio J. Fábrega de Santiago, la Santiago Anguizola Delgado de David, la Abelardo Herrera de Aguadulce, la Hipólito Pérez Tello de Monagrillo, la Héctor Conte Bermúdez de La Villa y la Cristóbal Rodríguez de Chitré. El sismo también golpeó iglesias y museos en varias provincias, un patrimonio material que concentró buena parte de la atención inicial en las zonas afectadas.
El ejemplo más documentado de respuesta inmediata se dio en la Biblioteca Pública Fernando Guardia de Penonomé. Pese a los daños de infraestructura, su personal improvisó un plan de intervención de emergencia en coordinación con autoridades de protección civil y otras instituciones, con apoyo de voluntarios de la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA).
Con ese respaldo, los mediadores de la biblioteca penonomeña llevaron libros a albergues temporales y espacios abiertos de la comunidad, donde realizaron lectura en voz alta, talleres de narración oral y dinámicas dirigidas a liberar la ansiedad de niños, jóvenes y familias afectadas por el sismo.
El relato de esa respuesta aparece en un texto de opinión firmado por un escritor panameño, que reclama para las bibliotecas públicas la misma prioridad de atención que otros bienes patrimoniales dañados. El autor las define como instituciones vivas y volcadas al presente, frente al carácter más contemplativo de templos y museos.
"La Biblioteca Pública, frente a otros equipamientos patrimoniales históricamente relevantes, pero que son más estáticos o contemplativos en su esencia, tiene un rol transformador desde la mediación cultural", sostiene el autor del artículo.
El texto apoya ese argumento en la especialista en mediación de lectura Michèle Petit, a quien atribuye la idea de que, cuando una catástrofe destruye los referentes cotidianos y los paisajes familiares, el libro funciona como un "refugio simbólico", una "guarida protectora" o un "hogar prestado" que permite tomar distancia del dolor y recomponer los cimientos subjetivos de las personas.
El planteamiento insiste en que la atención a bibliotecas, iglesias y museos no es excluyente, sino complementaria: mientras unos equipamientos ofrecen abrigo espiritual o conservación del pasado, la biblioteca pública se presenta como una institución laica, comunitaria y orientada a procesar en el presente la experiencia del desastre, con hospitalidad incondicional y sin proselitismo.
El autor sostiene que corresponde al Ministerio de Cultura invertir en la reconstrucción de la infraestructura bibliotecaria del país, al considerar estos recintos un componente de los derechos culturales y, por extensión, de la salud pública. La agenda cultural de la capital, mientras tanto, sigue su curso con actividades como las recogidas en la programación de café, percusión y teatro infantil que se extiende hasta el 30 de octubre.



