Hay una forma de hacer política sin pisar un recinto legislativo: publicar una cifra con tono de examen final. Ángel, que lleva años pronunciándose sobre la actualidad nacional desde sus plataformas digitales, decidió esta semana tomarle lección al país sobre lo que, a su juicio, no debe olvidarse. El «para una tarea» que cierra el mensaje no es un detalle menor: no pide debate, invita a memorizar.
El dato que expone es concreto. «¿Me pueden recordar quién fue el que le subió el salario de $300.000 a $1.700.000 a nuestros soldados colombianos?… Para una tarea, gracias», escribió, según quedó registrado en su cuenta oficial. La publicación superó el millar de reacciones. Ella misma enmarcó el mensaje como una defensa del trabajo realizado por Petro, pidiendo que no se minimicen sus acciones de gobierno.
El truco retórico está en el uso, no en el número. La publicación convierte una decisión de política pública en una hazaña atribuible a un solo mandatario, justo cuando ese mandatario ya entregó el poder. La política de remuneración de la fuerza pública no depende de la voluntad de un funcionario: se define en negociaciones presupuestales, requiere el aval del Ministerio de Hacienda y, en última instancia, depende de lo que el Congreso apruebe dentro del Presupuesto General de la Nación, que cada vigencia fiscal fija las partidas de defensa. Atribuir un alza salarial exclusivamente a la simpatía hacia un presidente es una simplificación conveniente.
La eterna disputa por la paternidad de las cifras
El gesto tiene parentesco con una vieja costumbre de la vida pública colombiana: la disputa perpetua por la paternidad de las cifras económicas y sociales. Desde que el país practica la alternancia democrática, cada administración ha buscado quedarse con el crédito de lo bueno y repartir la culpa de lo malo entre antecesor y sucesor. La pugna por atribuirse la reducción de la pobreza, la baja del desempleo o la mejora en seguridad ha sido moneda corriente entre gobiernos de distinto signo durante décadas. Ángel no inventó el juego; lo trasladó a la lógica de la red social.
Lo llamativo es que la pulla no apunta al gobierno de Petro, que ya es pasado, sino al de De La Espriella, que apenas empieza. Es una estrategia de anticipación: fijar el relato antes de que la nueva administración convoque su primer debate de control político sobre la fuerza pública. Si en algún momento el nuevo gobierno toca el tema salarial de los soldados, la comparación ya estará servida, con fecha de julio de 2026.
Conviene, aun así, no perder de vista lo resbaladizo del terreno. Para saber si ese aumento representó una mejora real o apenas corrigió un rezago, habría que contrastarlo con la evolución del costo de vida que certifica el DANE y con el peso de esa partida dentro del gasto total de defensa. Nada de eso cabe en una publicación de redes, y por eso el mensaje, aunque viral, no hace las veces de análisis.
Quienes cuestionaron el mensaje, según se reflejó en el intercambio de opiniones en la propia red, no parecen negar el aumento, sino sospechar del momento elegido para recordarlo. En un país donde la desconfianza institucional es persistente, cualquier reivindicación política suena a anticipo de campaña. La actriz no habla desde la neutralidad de quien evalúa cifras: su respaldo declarado a Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico durante la campaña presidencial de 2026, la ubica en un sector del espectro. Ese respaldo no la descalifica para opinar —cualquier ciudadano tiene ese derecho— pero obliga a leer el mensaje con su contexto.
El gobierno de De La Espriella, recién estrenado, no ha respondido públicamente al mensaje, y nada indica que vaya a hacerlo. La actriz, por su parte, ha mantenido su línea de pronunciamientos desde la elección del nuevo mandatario. El episodio deja una pista sobre lo que viene: buena parte del debate político de los próximos meses se librará en el terreno de la comparación permanente entre lo que hizo un gobierno y lo que promete o deja de hacer el siguiente.
Si algo queda claro es que la reivindicación selectiva se ha vuelto instrumento del debate público, y que no hace falta curul ni ponencia para ejercerla: basta una cuenta verificada y una cifra bien elegida. La tarea que Ángel encomendó a sus seguidores no es tanto recordar un salario como recordar de qué lado estuvieron cuando se decidió subirlo. En eso, como en tantas cosas de la política colombiana, la memoria suele resultar más partidista que los números.
