La autora, socióloga y exministra de Justicia y Derechos Humanos de Chile, sostiene que las elecciones latinoamericanas de 2026 confirmaron esa tendencia: narrativas de fraude impulsadas por desinformación masiva facilitada por la inteligencia artificial, sin que los riesgos identificados en el superciclo electoral de 2024 y 2025 hayan desaparecido. Según el análisis, esos riesgos «siguen creciendo y mutando» a medida que las instituciones intentan enfrentarlos.
Entre los peligros que enumera figuran la discriminación algorítmica, los contenidos sintéticos, la vulneración de la privacidad de los datos, el financiamiento ilícito de campañas y la manipulación del debate público. La autora subraya que la inteligencia artificial amplifica desigualdades estructurales previas, entre ellas la violencia política contra las mujeres, un fenómeno que organismos electorales de la región ya venían señalando antes de la irrupción de estas herramientas.
El texto reconoce que las instituciones democráticas no han permanecido pasivas. Cita un estudio de IDEA Internacional —Inteligencia artificial y gestión electoral: un mapa de América Latina y el Caribe— según el cual los organismos electorales de la región transitan de una etapa de exploración hacia la adopción de tecnología: automatización de trámites administrativos, atención ciudadana, comunicación institucional, ciberseguridad y fiscalización del gasto de campaña.
«No hacer nada para adaptar y proteger las elecciones, o simplemente esperar a que ocurra una crisis para actuar, no es una alternativa posible ni responsable», sostiene Marcela Ríos, directora para América Latina y el Caribe de IDEA Internacional.
Pese a esos avances, el estudio advierte brechas de capacidades técnicas y, en la mayoría de los países de la región, la falta de marcos regulatorios específicos para el uso de inteligencia artificial en procesos electorales. La autora plantea que se requieren principios de transparencia, supervisión humana, protección de datos y rendición de cuentas antes de una incorporación más amplia de estas herramientas por parte de tribunales y organismos electorales.
La reflexión conecta con un debate más amplio sobre el consumo crítico de información en la vida cívica de la región, en línea con espacios que en Panamá han puesto el foco en la lectura, como el Día de Leer un Libro, que reivindicó el papel frente al ruido digital. Para la autora, la confianza electoral ya no depende únicamente de la capacidad técnica de organizar comicios transparentes, sino también de la calidad del entorno informativo y de la respuesta frente al negacionismo electoral.
Ríos plantea que ningún país puede afrontar en solitario estos desafíos y llama a construir un ecosistema que incluya instituciones públicas, empresas tecnológicas, academia, centros de investigación y sociedad civil, además de una alianza transnacional frente al poder concentrado de las grandes empresas tecnológicas.
«El futuro de la democracia está en juego y la historia de la IA no está predeterminada», concluye la autora, que enmarca la protección de la integridad electoral como condición para la supervivencia de los regímenes democráticos en la región.