El acuerdo europeo sobre IA, que culmina dieciocho meses de negociaciones entre el Parlamento, el Consejo y la Comisión, introduce por primera vez en el derecho comunitario una prohibición explícita de la generación de contenidos sexuales mediante herramientas de inteligencia artificial sin el consentimiento de las personas representadas. La norma, que entrará en vigor el 1 de enero de 2027 tras un periodo de transición de seis meses, establece multas de hasta el 6% de la facturación global para las empresas que distribuyan o alojen este tipo de contenidos y obligaciones de identificación para los desarrolladores de modelos generativos que permitan crear imágenes, vídeos o audios realistas de personas identificables. Sánchez, que participó en la fase final de la negociación por videoconferencia desde Moncloa, ha calificado el acuerdo como un hito: «Europa demuestra que la regulación y la innovación no son incompatibles. A partir de hoy, el espacio digital europeo será un lugar más seguro para todos, especialmente para las mujeres y los menores.»
Pero la celebración en Bruselas ha durado exactamente lo que tardó el Pentágono en confirmar el incidente de Ormuz. A las 18:40 hora local — las 16:10 en Bruselas —, una patrullera de la Guardia Revolucionaria iraní abrió fuego con ametralladoras de calibre 14,5 contra el destructor USS Cole, que escoltaba un convoy de cinco petroleros dentro del programa «Project Freedom» que Trump lanzó hace tres semanas para garantizar la navegación libre por el estrecho. El Cole respondió con fuego de advertencia — ráfagas de las ametralladoras Phalanx CIWS por encima de la línea de flotación de la patrullera, según un comunicado del CENTCOM — y la patrullera se retiró hacia aguas iraníes sin que se registraran bajas en ninguno de los dos bandos. El incidente duró menos de cuatro minutos, pero sus ondas sísmicas han llegado a todos los mercados financieros del planeta.
Trump ha gestionado el incidente con la mezcla de bravuconería y minimización que caracteriza su estilo diplomático. En un mensaje publicado en Truth Social a las 19:15 hora de Washington — las 01:15 de la madrugada en Teherán —, el presidente ha escrito: «Un barco iraní descontrolado disparó contra nuestro magnífico USS Cole. Nuestros chicos respondieron con elegancia y fuerza. El alto al fuego SIGUE VIGENTE. Irán quiere el acuerdo más que yo. Los elementos descontrolados de la Guardia Revolucionaria no representan la voluntad del pueblo iraní.» La distinción entre la Guardia Revolucionaria y «el pueblo iraní» es una señal diplomática que los analistas han interpretado como una puerta abierta: Trump culpa a una facción y exonera al interlocutor oficial, lo que le permite mantener la ficción de que el alto al fuego no se ha roto y que las negociaciones de Mascate del miércoles siguen en pie.
Teherán, sin embargo, ha respondido con un comunicado que eleva la temperatura varios grados. El portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, Nasser Kanani, ha acusado a Estados Unidos de «provocar incidentes fabricados para justificar una presencia militar ilegal en aguas que pertenecen a las naciones ribereñas del Golfo Pérsico» y ha advertido de que cualquier «agresión adicional» contra embarcaciones iraníes será respondida «con toda la capacidad defensiva de la República Islámica». El comunicado no menciona las negociaciones de Mascate ni confirma ni desmiente la asistencia del equipo negociador iraní, una omisión que los diplomáticos occidentales interpretan como una señal de que Teherán está evaluando internamente si el incidente justifica la suspensión de las conversaciones.
El efecto en los mercados energéticos ha sido inmediato y brutal. El Brent, que había cerrado la sesión europea en 94,50 dólares — ya un precio elevado por las tensiones acumuladas —, se disparó en el mercado nocturno asiático hasta los 96,20 dólares en menos de cuarenta minutos tras la confirmación del incidente, un alza del 1,8% que refleja la prima de riesgo que los operadores asignan a cualquier perturbación en el estrecho por el que transitan 17 millones de barriles diarios. Los futuros del gas natural europeo también han subido un 2,3% en la bolsa de Ámsterdam, anticipando que cualquier escalada prolongada en Ormuz encarecería los costes de transporte de GNL desde Qatar, el principal proveedor de Europa tras la ruptura con Rusia.
Arabia Saudí ha añadido una variable que complica aún más el panorama geoestratégico. Riad mantiene desde la semana pasada el bloqueo de su espacio aéreo a los aviones militares estadounidenses que operan sobre Ormuz, una decisión sin precedentes en la historia de la alianza entre Washington y la monarquía saudí que obliga a la Fuerza Aérea estadounidense a redirigir sus operaciones de vigilancia y escolta aérea a través de Omán y los Emiratos Árabes Unidos, añadiendo entre 400 y 600 kilómetros a cada misión y reduciendo el tiempo de permanencia de los cazas sobre la zona de operaciones. La decisión saudí no tiene una explicación oficial — Riad se limita a citar «razones de seguridad operativa» —, pero los analistas la vinculan al enfriamiento de las relaciones entre el príncipe heredero Mohammed bin Salman y Trump, que se negó a incluir a Arabia Saudí en las conversaciones de Mascate.
En paralelo a la escalada en Ormuz, la situación humanitaria en Oriente Próximo continúa deteriorándose. Mahmoud Abukeshek, el activista palestino que lleva diecisiete días en huelga de hambre en el hospital La Paz de Madrid tras ser herido durante el asalto israelí a la Flotilla Sumud, ha empeorado su función renal hasta el 14% — dos puntos menos que en la edición vespertina —. Cruz Roja Internacional ha emitido un comunicado nocturno advirtiendo de que «la ventana para una intervención médica que evite daños renales irreversibles se cierra en las próximas 36 horas» y ha pedido a Israel, a la Autoridad Nacional Palestina y a España que faciliten una evacuación médica a un centro especializado. La Flotilla Sumud, cuyos dos barcos permanecen retenidos en el puerto de Ashdod, se ha convertido en un símbolo que la diplomacia europea no consigue resolver: la condena es casi unánime pero la acción efectiva está bloqueada por la unanimidad que exige el Consejo de la UE y que Hungría veta sistemáticamente.
El acuerdo sobre IA aprobado hoy tiene implicaciones que van más allá de la regulación de contenidos sexuales. El texto incluye obligaciones de transparencia para los modelos de «propósito general» — como GPT, Claude o Gemini — que exigen a los desarrolladores publicar resúmenes técnicos de los datos de entrenamiento, someterse a auditorías independientes anuales y etiquetar de forma visible todo contenido generado por IA. La industria tecnológica europea ha recibido el acuerdo con cautela: si bien las empresas medianas celebran la armonización normativa que elimina la fragmentación de 27 regulaciones nacionales distintas, los grandes desarrolladores advierten de que las obligaciones de transparencia podrían revelar secretos comerciales y desincentivar la inversión en Europa frente a jurisdicciones como Estados Unidos o China, donde la regulación es más laxa.
La noche se cierra en Bruselas con la contradicción que define la geopolítica de 2026: Europa regula el futuro digital mientras el presente analógico estalla en llamas. El acuerdo sobre IA es un logro genuino de la capacidad regulatoria europea, pero su relevancia inmediata palidece frente al incidente de Ormuz, que puede encarecer la factura energética de cada hogar europeo en cuestión de días si las negociaciones de Mascate fracasan. La pregunta que los veintiséis ministros evitaron formular esta noche en el Justus Lipsius es la que cada ciudadano europeo se hará mañana al llenar el depósito del coche: ¿de qué sirve regular la inteligencia artificial si no podemos asegurar que el petróleo llegue a nuestras refinerías?

