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Antioquia creció 3% en 2025, por encima del 2,6% nacional, con el oro al frente

El informe de la Universidad EIA celebra el mejor desempeño regional, pero la mitad del salto exportador se explica por un metal que se extrae y se embarca como hace un siglo.

Por Redacción de El Hemiciclo· Bogotá·
4 min de lectura
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Un informe del Centro de Pensamiento de la Universidad EIA, difundido esta semana, concluye que Antioquia cerró 2025 con un crecimiento del 3%, por encima del 2,6% nacional y de la propia proyección inicial de la institución, cercana al 2,8%, y que afronta el segundo semestre de 2026 con indicadores que anticipan una ventaja similar sobre el resto del país.

La explicación aparece en la letra pequeña del propio informe: las exportaciones minero-energéticas de Antioquia ascendieron a US$4.096 millones entre enero y mayo, con un crecimiento del 102,4%, impulsado por un aumento del 108,1% en las ventas externas de oro en bruto para uso no monetario. Es decir, la región que la retórica regional prefiere presentar como epicentro de la innovación y la manufactura paisa le debe buena parte de su lustre estadístico a un metal que se extrae, se pesa y se embarca casi de la misma manera desde hace un siglo.

No hay nada ilegítimo en que el oro tire del carro. El país exporta lo que el mercado le compra, y si el precio internacional del oro sube y las minas antioqueñas producen, el DANE registrará el dato con la misma frialdad con la que registraría una caída. El problema no es la cifra: es el relato que se construye encima de ella, uno donde el 3% de crecimiento departamental se presenta como prueba de una diversificación productiva que los propios números, leídos con calma, no terminan de sostener.

Conviene mirar también las exportaciones no minero-energéticas, que crecieron un modesto 6,4%, sostenidas sobre todo por el 13,7% de las ventas agropecuarias. La industria automotriz repuntó 72,9% y la categoría residual de "demás productos" saltó 165,9%, cifras vistosas que, tratándose de rubros pequeños, se disparan con facilidad estadística sin que ello implique una transformación estructural del aparato productivo antioqueño. El informe lo reconoce con cautela: algunas ramas manufactureras presentaron retrocesos.

El consumo que no necesita maquillaje

El comercio, eso sí, exhibe cifras que no requieren interpretación forzada. Las ventas reales del comercio minorista crecieron 15,3% entre enero y mayo, según la Encuesta Mensual de Comercio, por encima del 14,9% nacional. El Índice de Confianza del Consumidor de Fedesarrollo para Medellín pasó de -2,4 en diciembre de 2025 a 7,7 en mayo de 2026, y la Encuesta Mensual de Expectativas Económicas de los Empresarios del Banco de la República ubicó a Antioquia como el segundo territorio con mejor balance del país en expectativas de ventas. El Pulso Económico Regional de la misma entidad la sitúa como la segunda economía de mejor desempeño promedio entre enero y mayo, apenas detrás de la región Nororiente y por encima del Caribe y la Región Cafetera.

Son datos que apuntan a un consumidor que gasta y confía más, algo que en una economía donde el consumo interno pesa tanto como las exportaciones no es asunto menor. El director del Centro de Pensamiento de la Universidad EIA, Saúl Pineda Hoyos, atribuyó el mejor desempeño a la resiliencia del sector privado, impulsada por los sectores manufacturero y exportador, y señaló que los indicadores líderes de los primeros meses de 2026 muestran capacidad de la economía regional para enfrentar la incertidumbre derivada de la transición política y del complejo entorno internacional.

Esa fórmula, que suena a diagnóstico técnico, admite también una advertencia entre líneas: nadie garantiza que el viento de cola siga soplando en 2027. Nadie sabe con certeza qué pasará con el precio del oro ni con el clima de inversión una vez la coyuntura electoral nacional decante sus efectos sobre el Presupuesto General de la Nación y la confianza empresarial.

Porque la bonanza aurífera no es un invento reciente ni exclusivo de Antioquia: el país ya vivió, entre 2010 y 2013, un ciclo de precios altos del oro que disparó exportaciones y balanzas comerciales regionales sin que ello se tradujera, cuando el ciclo se revirtió, en un cambio estructural de la matriz productiva. La memoria reciente de la minería colombiana debería servir de amortiguador frente a la tentación de convertir un buen semestre en una tesis de desarrollo permanente.

El propio informe reconoce que persisten sectores con señales de debilidad, entre ellos la producción industrial, que no acompaña el mismo optimismo que el comercio o las exportaciones auríferas. Ese desequilibrio interno, entre un consumo pujante y una industria manufacturera menos entusiasta, es precisamente el tipo de matiz que la comparación simple con el promedio nacional tiende a disolver.

Nada de esto invalida el mérito real: crecer por encima del país, con un entorno internacional adverso y una transición política que genera nerviosismo en cualquier junta directiva, es un logro que merece registrarse sin sarcasmo. Pero cualquier lectura seria de estos informes exige separar el mérito de la coyuntura, y en este caso la coyuntura tiene nombre propio, brilla y se cotiza en dólares por onza troy.

La pregunta que ningún comunicado de prensa suele formularse es qué pasará con el crecimiento antioqueño el día en que el oro deje de subir, o cuando la producción industrial —hoy relegada al final del informe— decida por fin acompañar al comercio y a las exportaciones. El Centro de Pensamiento de la Universidad EIA proyecta que el sector exportador seguirá sosteniendo el crecimiento en la segunda mitad de 2026; la prueba llegará con los datos de cierre del año y con el rumbo que tome el ciclo del oro. Mientras esa pregunta siga sin respuesta, Antioquia seguirá creciendo más que Colombia, sí, pero con un motor que nadie controla desde Medellín.

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