La frase, según recogió aquella entrevista, no buscaba restar valor al estudio ni al aprendizaje acumulado. Einstein sostenía que el conocimiento proporciona las bases indispensables sobre las que se construye cualquier avance, pero advertía de que ese saber tiene un límite: solo abarca lo que ya se conoce. La imaginación, por el contrario, permitiría formular preguntas todavía sin respuesta y abrir camino hacia territorios inexplorados.
Buena parte de las investigaciones que llevaron a Einstein a revolucionar la física de principios del siglo XX surgieron de lo que él mismo denominó experimentos mentales. Se trataba de ejercicios de imaginación en los que el físico se preguntaba, por ejemplo, qué percibiría un observador que viajase a la velocidad de la luz o qué sentiría una persona en caída libre en el espacio. Esas hipótesis, elaboradas primero como construcciones abstractas, terminaron sentando las bases de la teoría de la relatividad especial y general.
De los experimentos mentales al método científico
La tensión entre conocimiento acumulado y pensamiento imaginativo no es exclusiva de Einstein. Antes que él, Galileo Galilei recurrió a experimentos imaginarios sobre la caída de los cuerpos e Isaac Newton a construcciones mentales para adelantarse a comprobaciones empíricas que la tecnología de su época no permitía realizar. Esa tradición de pensamiento especulativo, sometido después a verificación experimental, constituye uno de los pilares del método científico tal como se enseña hoy en las universidades.
La propia trayectoria de Einstein ilustra ese principio. Antes de convertirse en uno de los científicos más reconocidos del siglo XX, trabajó como empleado en la Oficina de Patentes de Berna, en Suiza, mientras desarrollaba en paralelo las ideas que en 1905 darían lugar a su llamado «año milagroso», con la publicación de cuatro artículos que transformaron la física moderna, incluida la teoría especial de la relatividad.
La psicología cognitiva y la neurociencia han analizado durante décadas el papel de la creatividad en la resolución de problemas complejos. En términos generales, la innovación no consiste tanto en acumular datos nuevos como en combinar conocimientos previos de maneras originales, un proceso en el que intervienen simultáneamente la memoria y la capacidad de imaginar escenarios alternativos. Ese mecanismo no es exclusivo de la física teórica: se reproduce en disciplinas como la ingeniería, la medicina, la arquitectura o el emprendimiento, terrenos donde los avances suelen surgir de quienes cuestionan los marcos establecidos.
Vigencia casi un siglo después
Más de nueve décadas después de aquella entrevista con Viereck, la cita de Einstein continúa apareciendo en discursos de graduación, manuales de gestión empresarial y programas educativos centrados en el desarrollo de competencias creativas. Su presencia constante en el debate sobre educación y ciencia respondería a que sintetiza de forma sencilla una idea compleja: que el progreso no depende únicamente de la cantidad de información disponible, sino de la capacidad de las personas para imaginar aquello que todavía no ha sido demostrado.
En un contexto marcado por la disponibilidad masiva de datos y por el desarrollo de la inteligencia artificial, capaz de procesar volúmenes de información inalcanzables para cualquier ser humano, la reflexión cobra una relevancia añadida en el debate educativo y tecnológico: la de reivindicar que la formulación de hipótesis nuevas sigue siendo, por el momento, un terreno donde la creatividad humana conserva un papel determinante.
Su cita recurrente en libros de divulgación científica, conferencias sobre innovación y programas de formación sugiere que seguirá empleándose como referencia para justificar la inversión en el fomento de la creatividad, tanto en el ámbito educativo como en el empresarial, en los próximos años. Casi un siglo después de que fuera pronunciada, la reflexión de Einstein mantiene su lugar como uno de los aforismos más reproducidos sobre la relación entre el saber y la imaginación.


