El sistema prescinde de cualquier sensor óptico. En su lugar emplea 32 emisores ultrasónicos y 380 micrófonos de teléfono móvil que, procesados en tiempo real por un chip FPGA, construyen un mapa tridimensional de todo lo que se mueve en el aire circundante. Esa arquitectura permite distinguir la firma sonora del aleteo de un mosquito de la de cualquier otra partícula o insecto, calcular su trayectoria y lanzarse a interceptarlo. La eliminación es, en realidad, elemental: una vez localizado el objetivo, el dron lo destroza con las hélices, sin veneno ni láser.
La compañía sitúa en julio de 2026 su hito más relevante hasta la fecha: la primera intercepción "aire-aire" completamente autónoma de un insecto en pleno vuelo, demostrada en laboratorio. Para la presentación pública en vídeo, los ingenieros recurrieron a una polilla en lugar de un mosquito, dado que su mayor tamaño facilitaba verificar en cámara la precisión del algoritmo de persecución antes de escalar a objetivos milimétricos.
La autonomía sigue siendo la limitación que la propia empresa reconoce: cada patrulla dura apenas tres minutos, tras los cuales el dron regresa a una estación base donde tarda alrededor de media hora en recargarse. Aun así, Tornyol sostiene que el sistema, alternando vuelos cortos con recargas constantes durante el día, puede vigilar de forma continua una superficie de hasta cinco acres, algo más de dos hectáreas.
El dispositivo se ofrece bajo dos modalidades: un pago único de 1.100 dólares o una suscripción mensual de 50 dólares que incluye el mantenimiento del equipo. Antes del lanzamiento definitivo, la empresa permite reservar una unidad abonando 100 dólares por adelantado, una fórmula habitual entre startups respaldadas por aceleradoras como Y Combinator para financiar la fase previa a la producción en serie.
Stanford busca los criaderos con IA
No es el único proyecto que combina drones e inteligencia artificial contra los mosquitos, aunque otros enfoques no atacan al insecto adulto sino su origen. Un equipo de la Universidad de Stanford, liderado por la profesora adjunta de medicina Joelle Rosser y el investigador posdoctoral Mehedy Hassan, ha probado drones equipados con cámaras de alta resolución y modelos de aprendizaje profundo para localizar los criaderos donde nace el mosquito, ante la lentitud y el coste de las inspecciones terrestres tradicionales.
Ese sistema se ensayó en el distrito de Tallo, en Makassar (Indonesia), una zona de alta incidencia de dengue con barrios informales, mercados y viviendas concentrados en apenas cuatro kilómetros cuadrados, y los resultados se publicaron en la revista Remote Sensing Applications: Society and Environment.
La magnitud del problema que ambos enfoques intentan atajar trasciende la molestia estival: la Organización Mundial de la Salud estima que los mosquitos son responsables, de forma directa o indirecta, de entre 700.000 y un millón de muertes al año en todo el mundo, la mayoría vinculadas a la malaria, aunque también al dengue, la fiebre amarilla o el zika. Un solo género, el Anopheles, ha estado ligado a lo largo de la historia a miles de millones de muertes por malaria, lo que sitúa a este insecto entre los animales más letales para el ser humano.
Los tratamientos médicos avanzan en paralelo a estas apuestas tecnológicas: en la lucha contra otras dolencias respiratorias, un fármaco biológico ha reducido un 30% las crisis de Epoc pese a los inhaladores. Frente a la escala de las muertes por mosquitos, un dron de 40 gramos cazando ejemplar por ejemplar puede resultar una solución modesta, pero sus creadores lo presentan como un primer paso hacia un control de plagas menos dependiente de insecticidas y trampas químicas.

