El especialista precisa que el medicamento no está pensado para todos los pacientes con EPOC, sino para un grupo concreto que persiste con exacerbaciones a pesar de que el resto del abordaje —abandono del tabaco, actividad física, rehabilitación, vacunación y tratamiento inhalado— esté correctamente optimizado. Los ensayos OBERON y TITANIA incluyeron a personas que habían presentado al menos dos exacerbaciones moderadas o una grave durante el año anterior.
A diferencia de otros tratamientos biológicos que exigen un umbral determinado de eosinófilos en sangre como biomarcador de inflamación de tipo 2, los estudios de tozorakimab no impusieron esa condición. El fármaco actúa bloqueando la interleucina 33 (IL-33), una señal de alarma liberada en el epitelio respiratorio capaz de activar distintas vías inflamatorias, lo que según Alcázar-Navarrete explicaría que el beneficio se observara en pacientes con distintos niveles de eosinófilos, incluidos los que presentaban cifras bajas.
Los datos concretos, según el especialista, muestran una reducción de en torno al 30% en exacerbaciones moderadas o graves frente a placebo, siempre añadido al tratamiento inhalado habitual. En el subgrupo de exfumadores, que constituía la población principal del estudio, las reducciones fueron del 29% en OBERON y del 34% en TITANIA. El neumólogo subraya que el objetivo principal analizado fue el conjunto de exacerbaciones moderadas y graves, no exclusivamente los ingresos hospitalarios, aunque recuerda que reducir esos episodios es uno de los objetivos centrales en el manejo de la EPOC por su impacto en el pronóstico.
La pauta empleada en los ensayos consistió en una inyección subcutánea de 300 miligramos cada cuatro semanas, sumada al tratamiento inhalado de mantenimiento. Alcázar-Navarrete insiste en que un biológico de este tipo no sustituye a los inhaladores, sino que se plantearía como un tratamiento adicional para un perfil concreto de pacientes de alto riesgo, y recuerda que la pauta definitiva dependerá de lo que establezcan las agencias reguladoras si el medicamento llega a autorizarse.
Antes de plantear una terapia biológica, el especialista remarca que resulta imprescindible comprobar que el diagnóstico de EPOC sea correcto, revisar la técnica de inhalación y la adherencia al tratamiento, abordar el tabaquismo activo y descartar otras causas que puedan explicar las crisis persistentes. Solo cuando todo ese proceso está optimizado y el paciente continúa exacerbando, señala, se justifica valorar alternativas como esta.
La EPOC, recuerda el neumólogo, no constituye una enfermedad única desde el punto de vista biológico: bajo el mismo diagnóstico conviven mecanismos inflamatorios distintos, con mayor o menor peso de la denominada inflamación de tipo 2. Esa heterogeneidad es la que, según explica, ha impulsado en los últimos años el desarrollo de tratamientos dirigidos a perfiles concretos de pacientes, en línea con avances de la medicina de precisión que ya se exploran en otras áreas, como el diagnóstico cardiovascular en pacientes jóvenes.
La irrupción de fármacos biológicos en la EPOC sigue la senda abierta en el asma grave, donde desde la pasada década los anticuerpos monoclonales dirigidos contra dianas inflamatorias se incorporaron al arsenal terapéutico para los pacientes que no respondían al tratamiento inhalado convencional. Cualquier comercialización de tozorakimab estaría sujeta a la evaluación de la Agencia Europea del Medicamento y, en España, a la posterior decisión de precio y financiación del Ministerio de Sanidad.
Preguntado por si estos resultados suponen un cambio relevante en el tratamiento de la enfermedad, Alcázar-Navarrete opta por la prudencia frente a términos como «revolución», aunque considera que sí representa un avance significativo tras años en los que el abordaje de la EPOC se ha basado casi exclusivamente en la vía inhalada.

