El cáncer de mama es el segundo tumor más diagnosticado en el mundo y el más común entre las mujeres, y figura entre los que más crecen en población joven, un fenómeno que cada vez más evidencia asocia a la exposición a factores ambientales. El trabajo, firmado por la doctora Jennifer Kay junto a Ruthann Rudel, directora de investigación de Silent Spring, forma parte de un análisis sistemático más amplio —el primero de este tipo, según sus autoras— destinado a rastrear dónde aparecen las sustancias potencialmente causantes de cáncer de mama, denominadas BC-Chems, en productos de consumo cotidiano, el medio ambiente y la economía estadounidense.
El equipo cruzó datos de más de una docena de bases del gobierno de Estados Unidos sobre volúmenes de producción, usos, emisiones ambientales y niveles de estos compuestos detectados en el organismo. De los 485 compuestos químicos presentes en formulaciones de plaguicidas, solo un tercio —145— está registrado ante la Agencia de Protección Ambiental (EPA) como ingrediente activo; el resto queda al margen del escrutinio regulatorio habitual.
«Nuestros hallazgos ponen de manifiesto un punto ciego en la normativa sobre los llamados ingredientes inertes. Cuando pensamos en la seguridad de los plaguicidas, solemos centrarnos en el ingrediente activo. Pero las personas están expuestas a la formulación completa, y nuestros hallazgos demuestran que muchos de esos otros productos químicos también pueden suponer un riesgo», Jennifer Kay, investigadora científica de Silent Spring Institute.
El hallazgo se apoya en un trabajo previo de 2024, en el que el mismo equipo había catalogado más de 900 sustancias químicas con capacidad de provocar tumores mamarios en animales o de alterar el equilibrio hormonal, favoreciendo así el desarrollo de la enfermedad; más de la mitad de esas sustancias estimularían la producción de estrógeno o progesterona. «Esto no solo sugiere que los ingredientes activos de los plaguicidas no se someten a pruebas exhaustivas para determinar sus efectos en la mama, sino que cientos de otros ingredientes potencialmente peligrosos en las formulaciones de plaguicidas pasan desapercibidos al ser considerados ingredientes inertes», afirma Kay.
Además de los pesticidas, la investigación identifica otras fuentes relevantes de exposición: productos de consumo (500 sustancias químicas catalogadas), alimentos (462), agua potable (162), productos farmacéuticos (142) y materiales de construcción (106). Las vías de contacto incluyen desde repelentes de insectos y tratamientos para piojos hasta desinfectantes domésticos y compuestos empleados en la construcción.
Más de 2.000 millones de libras liberadas en 2020
Los registros del Inventario Nacional de Emisiones estadounidense muestran que en 2020 se liberaron a la atmósfera más de 2.000 millones de libras de estas sustancias. La Encuesta Nacional de Examen de Salud y Nutrición (NHANES) ha detectado 84 de estos compuestos en el organismo de la población, aunque los investigadores sostienen que la cifra real sería mayor, ya que el gobierno federal no monitorea la mayoría de forma sistemática. Los plaguicidas organofosforados, como el malatión, aparecieron en más del 90% de las muestras analizadas, mientras que el DDT —prohibido en Estados Unidos desde 1972— se detectó en más del 40% de la población, evidencia de la persistencia ambiental de ciertos compuestos mucho después de su retirada.
El debate sobre exposiciones ambientales acumulativas atraviesa otras áreas de la investigación en salud pública, en la línea del reciente hallazgo sobre la abeja invasora Megachile sculpturalis y su vínculo con especies vegetales introducidas en Europa. Los autores del estudio reclaman una revisión del marco regulatorio vigente sobre la aprobación de nuevos plaguicidas en Estados Unidos, que evalúe tanto los ingredientes activos como los inactivos por su potencial cancerígeno.
«La EPA sigue aprobando nuevos plaguicidas sin la supervisión adecuada y sin tener en cuenta sus posibles efectos sobre el cáncer de mama. El cáncer de mama puede tardar años en desarrollarse, por lo que el seguimiento y la reducción de la exposición de las personas a los plaguicidas procedentes de múltiples fuentes son fundamentales para la prevención del cáncer y necesarios para proteger la salud pública», Ruthann Rudel, directora de investigación de Silent Spring Institute.

