España alberga más de 1.200 especies invasoras establecidas por vías muy distintas, desde la adaptación climática espontánea hasta la introducción deliberada por motivos ornamentales. El caso de la sófora y la abeja gigante de la resina ejemplifica este último supuesto, en el que una decisión estética termina generando un efecto ecológico en cadena difícil de revertir.
La sófora japonica, también conocida como acacia de Japón, es originaria de China y fue introducida en Japón antes de llegar a Europa en torno al siglo XVIII, donde se popularizó como árbol decorativo en parques y avenidas urbanas. Un ejemplo paralelo de árbol exótico con implicaciones ecológicas es el alianto o «árbol del cielo», igualmente originario de China y extendido por su porte en entornos urbanos, que tiende a albergar especies no autóctonas.
Solo en Barcelona existen 11.000 ejemplares de sófora, según los datos recogidos en la investigación, una densidad que explica en buena medida la capacidad de la ciudad para sostener poblaciones estables de la abeja invasora. El polen de la sófora alcanza su máximo desarrollo en los meses de verano, coincidiendo con el periodo de mayor actividad del insecto en las grandes urbes.
Primer registro europeo en Francia, 2008
La Megachile sculpturalis es originaria de China, Corea, Japón y Taiwán, y su primer registro en el continente europeo se remonta a 2008, cuando fue detectada en el sudeste de Francia. Desde entonces, según el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF), los ejemplares se han multiplicado por diez en apenas unos años, un ritmo de expansión que la convierte en un caso de estudio sobre la velocidad con que una especie alóctona coloniza nuevos territorios cuando encuentra recursos alimentarios estables.
En Cataluña, la primera documentación de la especie data de 2018, una década después de su llegada a Francia, lo que apunta a una progresión lenta en los primeros años seguida de una aceleración posterior. En las Islas Baleares, los científicos observaron a estos ejemplares alimentándose tanto de Sophora japonica, de origen asiático, como de Parkinsonia aculeata, una especie americana, lo que revela cierta capacidad de adaptación a distintas fuentes de polen según la disponibilidad local.
Antes de este trabajo ya existían estudios previos realizados en Baleares, Italia y Pensilvania que habían detectado la preferencia de esta abeja por el polen de la sófora, un patrón consistente más allá de una única región geográfica. La investigación catalana amplía ese marco a todo el territorio de Cataluña y confirma que la presencia del árbol resulta determinante para la expansión del himenóptero, aunque no es el único factor en juego.
Los investigadores emplearon modelos lineales para evaluar de forma conjunta el clima, la geografía y el peso relativo de la disponibilidad de sófora en distintas zonas. La conclusión, según el estudio, es que las condiciones climáticas resultan igual de trascendentales que la presencia del árbol: sin un clima favorable, la mera existencia de ejemplares de sófora no basta para sostener poblaciones estables de la abeja.
El caso ilustra lo que los ecólogos denominan efecto de bola de nieve en especies invasoras: el árbol facilita la supervivencia de la abeja y esta, a su vez, contribuye a la polinización de la especie vegetal, en un ciclo que se refuerza a sí mismo. El principal riesgo de plantar árboles alóctonos con fines decorativos recae sobre la biodiversidad del entorno, favoreciendo invasiones biológicas cuyas consecuencias incluyen la aparición de nidos de estas abejas en lugares inesperados dentro de las ciudades.
Talar los árboles no frenaría la colonización
La erradicación de la especie no se plantea como una tarea sencilla. El elevado número de ejemplares de sófora ya establecidos en España, combinado con el peso del factor climático en las zonas donde prospera el árbol, complica cualquier estrategia de control basada únicamente en la eliminación de la planta. Los propios investigadores advierten de que talar estos árboles no tendría por qué frenar a una abeja que lleva prácticamente todo el siglo XXI colonizando el continente.
El episodio se suma a otros casos en los que decisiones vinculadas al paisajismo urbano o a la jardinería ornamental han tenido efectos ecológicos no anticipados, un debate que en España convive con otras discusiones ambientales sobre el uso del suelo, visible en casos como la transformación de un antiguo vertedero de Maryland en una planta solar que ha generado electricidad limpia sobre terreno antes degradado.
La combinación de miles de sóforas urbanas y veranos cálidos apunta a que la abeja seguirá disponiendo de las condiciones que ha aprovechado desde su llegada, aunque el propio estudio no fija plazos para su progresión hacia otras regiones de la península.
Los investigadores concluyen que eliminar los árboles no frenaría a una especie que lleva casi todo el siglo XXI colonizando Europa, y que su presencia es hoy tan determinante como un clima favorable para explicar dónde prospera el insecto.

