La cita responde a una preocupación que atraviesa buena parte de las fincas del país: un productor debe decidir cuándo sembrar bajo patrones de lluvia menos estables, proteger sus cultivos de plagas que se desplazan por el cambio de temperaturas y sostener su rentabilidad frente al costo creciente de insumos. A esa ecuación se suma una exigencia cada vez mayor de trazabilidad y calidad por parte de los mercados de exportación, un requisito que condiciona el acceso a compradores en América del Norte.
El diagnóstico de fondo tiene respaldo en la literatura científica internacional. Según un estudio publicado en la revista Nature Climate Change y citado por la organización del foro, el cambio climático de origen humano redujo cerca de 21% el crecimiento acumulado de la productividad agrícola mundial desde 1961. La cifra sitúa el fenómeno no como una amenaza futura, sino como un lastre que ya opera sobre las cosechas, con efectos en sequías, inundaciones, olas de calor y la redistribución geográfica de plagas.
Colombia llega a esta discusión con activos que no todos los países de la región poseen. La diversidad de pisos térmicos permite mantener producción durante buena parte del año, una condición que ha sostenido cadenas consolidadas como el café, las flores, el banano, la palma, el cacao y las frutas. A eso se añade una ubicación geográfica que facilita el acceso a mercados de América del Norte, un factor que la organización del foro enumera entre las ventajas competitivas del país frente a sus vecinos.
El peso económico y social de la actividad agropecuaria sigue siendo considerable en la estructura productiva nacional, aunque el reto no es tanto ampliar la frontera agrícola como obtener más valor en las áreas ya cultivadas. Ahí convergen el mejoramiento genético, la protección de cultivos, los productos biológicos y las prácticas regenerativas, herramientas cuyo impacto depende de que respondan a necesidades reales del productor y sean viables económicamente, no solo técnicamente posibles.
El dato como insumo productivo
El elemento que atraviesa toda esta transformación es la información. Cada lote genera datos sobre lluvias, temperatura, humedad, estado del suelo, desarrollo del cultivo y presencia de plagas. Durante años, esa información quedó dispersa en cuadernos de campo o en la experiencia acumulada de cada productor, sin posibilidad de sistematizarla ni compararla entre fincas o regiones.
La novedad consiste en que sensores, imágenes satelitales, drones, estaciones meteorológicas e inteligencia artificial permiten hoy integrar esos registros, detectar patrones y traducirlos en recomendaciones específicas. Una imagen satelital puede revelar variaciones dentro de un mismo lote; un modelo puede cruzarlas con el histórico climático y productivo; una plataforma digital puede priorizar en qué punto conviene monitorear o intervenir primero. El propósito no es acumular información, sino responder una pregunta operativa: qué hacer, dónde y en qué momento.
Ese tránsito hacia un manejo más localizado tiene implicaciones directas sobre el uso de recursos escasos. Permite, en teoría, optimizar el consumo de agua y de insumos, anticipar riesgos sanitarios y evitar aplicaciones de agroquímicos que resultarían innecesarias bajo un manejo uniforme. También transforma la lógica de la innovación agrícola: cada ensayo, acierto o falla se convierte en evidencia que corrige una hipótesis y orienta el siguiente paso, en un ciclo de prueba y ajuste más cercano al de la ciencia de datos que al de la agronomía tradicional.
En ese ecosistema operan compañías de tecnología agrícola —conocidas en la industria como agtech—, entre ellas Syngenta, que combinan investigación genética, protección de cultivos, soluciones biológicas y herramientas digitales bajo un mismo paraguas corporativo. Según el material que circula sobre el foro, plataformas digitales como Cropwise buscan integrar información agronómica dispersa para acompañar decisiones productivas.
La ciencia de datos también encuentra aplicación en el diagnóstico de la salud del suelo. Al combinar imágenes remotas, análisis físico-químicos, historial de rendimientos y prácticas de manejo, sería posible construir una lectura más detallada de la variabilidad de cada lote, lo que orientaría decisiones de agricultura de precisión: dónde tendría sentido aplicar un insumo de manera diferenciada y qué zonas muestran mayor estabilidad productiva a lo largo de distintos ciclos de cosecha. En paralelo, las soluciones biológicas amplían el arsenal disponible para enfrentar plagas, enfermedades y episodios de estrés climático sin depender exclusivamente de agroquímicos convencionales.
Preguntas pendientes sobre el acceso
La digitalización del campo, sin embargo, abre interrogantes que la industria aún no resuelve del todo. Uno de los más relevantes es cómo construir modelos de acceso compartido a la información generada, de manera que no quede concentrada en unos pocos actores de la cadena. Otro es la necesidad de acompañar la conectividad rural con capacitación y asistencia técnica, dado que la tecnología por sí sola no garantiza que un productor pequeño o mediano pueda traducir un dato satelital en una decisión de siembra.
Colombia ya cuenta con redes institucionales, mesas agroclimáticas y conocimiento técnico acumulado en entidades públicas y gremios del sector. El reto formulado por la organización del foro consiste en acercar esos recursos existentes a la toma de decisiones cotidiana del productor: pronósticos localizados, alertas tempranas, calendarios de siembra flexibles y recomendaciones específicas por cultivo, todo orientado a reducir pérdidas en un contexto fiscal donde, según se ha informado, la ANT dejará de ejecutar hasta $200.000 millones este año por la situación fiscal, señal de que los recursos públicos destinados al agro enfrentan restricciones.
A esa ecuación técnica se suma un componente de confianza que la industria identifica como central: los consumidores demandan información verificable sobre el origen y la seguridad de los alimentos que compran, mientras los productores necesitan reglas previsibles y basadas en evidencia para planificar inversiones de mediano plazo. El foro, convocado para el 14 de octubre bajo el título "Inteligencias para el futuro: el valor humano detrás de la transformación tecnológica", busca abrir esa conversación sobre cómo convertir la disponibilidad creciente de datos en decisiones concretas para el campo colombiano.