El experimento partió de una premisa poco explorada: la nariz no sería solo la puerta de entrada del aire a los pulmones, sino un sensor que transmite información directamente a estructuras cerebrales vinculadas con la respuesta emocional. Los investigadores controlaron con precisión el flujo de aire nasal y manipularon la actividad de las neuronas sensoriales olfativas, observando que esa señal llega al bulbo olfatorio y desde allí a regiones asociadas al estrés.
Para clasificar los ritmos, el equipo definió tres frecuencias en los ratones: baja, de 2 Hz; moderada, de 4 Hz; y alta, de 7 Hz. La estimulación de las neuronas olfativas a distintas velocidades permitió comprobar que el patrón temporal, y no solo la cantidad de aire inhalado, modificaba comportamientos equiparables a la ansiedad en los animales. Un régimen de estimulación nasal lenta aplicado a diario produjo mejoras que se mantuvieron en el tiempo.
Los autores subrayan que los resultados proceden de modelos animales y que no cabe trasladarlos de forma automática a los humanos ni hablar de una aplicación clínica inmediata en pacientes. El hallazgo aporta una base biológica a prácticas de respiración lenta que el yoga, el pranayama y distintas tradiciones de meditación han empleado durante siglos sin que existiera una explicación detallada del circuito implicado.
La Fundación Pasqual Maragall enmarca este tipo de hallazgos en un mecanismo ya descrito en la clínica: la respiración se altera de forma automática cuando aumenta el nivel de alerta del organismo. «Cuando aumenta el nivel de alerta, es habitual respirar de manera corta y rápida o realizar inspiraciones demasiado profundas», explican los expertos de la fundación, y advierten de que ambos patrones pueden derivar en hiperventilación, con la consiguiente alteración del equilibrio de dióxido de carbono en sangre.
«El problema puede convertirse en un círculo difícil de romper. La persona nota que le falta el aire, interpreta esa sensación como una amenaza y aumenta su estado de alerta», advierten los profesionales de la Fundación Pasqual Maragall.
Ese bucle puede traducirse en mareos, opresión en el pecho, palpitaciones o sensación de ahogo, síntomas que a menudo retroalimentan la propia ansiedad. Prestar atención consciente al ritmo respiratorio, señalan desde la fundación, puede ayudar a interrumpir esa escalada antes de que se consolide.
La técnica diafragmática, la más recomendada
Entre las herramientas disponibles, la Clínica de la Ansiedad señala la respiración abdominal o diafragmática como la modalidad más útil para reducir la activación fisiológica asociada al estrés. En este patrón el movimiento principal procede del diafragma, el músculo situado bajo los pulmones, y se aprecia sobre todo en el abdomen. La clave, insisten, no es llenar los pulmones al máximo sino mantener un ritmo cómodo y controlado, evitando las inspiraciones exageradamente profundas que favorecen la hiperventilación que se busca evitar.
El otorrinolaringólogo Marcelo Rodríguez destaca la utilidad de ralentizar la respiración para ayudar al organismo a transitar de un estado de alerta a otro más relajado de forma segura. La Clínica de la Ansiedad, sin embargo, matiza el alcance de estas técnicas: «Ayuda pero necesitamos mucho más para controlar o reducir la ansiedad», sostienen sus profesionales, que recomiendan combinarlas con otras estrategias.
«Para afrontar la ansiedad también pueden ser necesarias estrategias relacionadas con sus fuentes, la gestión del tiempo, las preocupaciones y el apoyo disponible», sugieren desde la misma clínica. La práctica habitual de la respiración controlada, añaden, facilita que la persona pueda recurrir a ella con eficacia cuando el malestar aparece de forma repentina.