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Un hongo reduce dos tercios los anfibios de una reserva andina de Colombia

Un estudio repitió el censo de La Planada de 1986 y detectó una caída del 67% de las especies, atribuida a la quitridiomicosis y no a la deforestación

Por Redacción de El Hemiciclo·
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Un equipo formado por Claudia Lansac, Patricia Burrowes e Ignacio De la Riva ha documentado, en un estudio publicado en la revista Biodiversity and Conservation, la pérdida de 26 de las 39 especies de anfibios que se registraron en 1986 en la Reserva Natural La Planada, en el departamento de Nariño, al suroeste de Colombia.

La Planada fue durante décadas una referencia para el estudio de anfibios en los bosques nublados de los Andes colombianos. El muestreo de 1986 arrojó 39 especies, una cifra que situaba a la reserva entre los puntos de mayor diversidad herpetológica documentados en la región. Ese registro histórico, poco frecuente por su detalle metodológico, es lo que ha permitido ahora una comparación directa y no una simple estimación.

Según el estudio, el equipo investigador repitió el protocolo de muestreo original de forma casi idéntica, lo que elimina buena parte de los sesgos habituales en este tipo de trabajos longitudinales. El resultado, publicado en Biodiversity and Conservation, es una caída del 67% en el número de especies: de 39 a solo 13. Los autores subrayan que no se trata de una comparación entre zonas distintas ni de datos extrapolados, sino de una réplica del recorrido original.

El dato adquiere una dimensión adicional al atender a la abundancia de individuos dentro de las especies supervivientes. Los investigadores describen descensos poblacionales notables incluso en anfibios que no han desaparecido del todo, lo que apunta a un empobrecimiento que va más allá del recuento de especies: la comunidad resultante es, según el estudio, más pobre y más homogénea que la de hace cuarenta años.

El patógeno que vacía bosques sin talar

El principal responsable señalado por los autores es el hongo Batrachochytrium dendrobatidis, conocido como Bd, causante de la quitridiomicosis. Esta enfermedad infecciosa ataca la piel de los anfibios, órgano esencial para su respiración e hidratación, y se ha vinculado en las últimas décadas a declives masivos de poblaciones en regiones tropicales de montaña de distintos continentes. Lo distintivo de La Planada, según el análisis, es la ausencia de una explicación alternativa: los investigadores no hallaron relación entre la pérdida de especies y factores como la deforestación o los cambios en el uso del suelo, que suelen explicar buena parte de los colapsos de biodiversidad. La reserva conserva una cobertura boscosa comparable a la de 1986.

Esa circunstancia refuerza la hipótesis de que el patógeno, cuya llegada a la zona los autores sitúan hacia finales de la década de 1980, actuó como motor casi exclusivo del deterioro. La cronología encaja: el inicio estimado de la infección coincide con el arranque del declive de una comunidad de anfibios que hasta entonces destacaba por su diversidad. Entre las especies que aún persisten, el estudio detectó una prevalencia de infección del 30%, un porcentaje que los autores interpretan como señal de que el hongo continúa activo y de que el riesgo de nuevas extinciones locales no ha desaparecido.

La quitridiomicosis no siempre mata de inmediato a los individuos infectados, pero reduce su capacidad reproductiva y de supervivencia, lo que explica declives progresivos a lo largo de años o décadas. Ese carácter silencioso es lo que ha permitido que la enfermedad vaciara un ecosistema aparentemente intacto sin las señales visibles que acompañan a la degradación del hábitat.

El fenómeno no es inédito. Desde que Bd fue identificado y descrito científicamente a finales de los años noventa, se le ha atribuido un papel central en el declive o la extinción de anfibios en distintos continentes, con casos emblemáticos como las ranas arlequín de Centroamérica y varias especies australianas, algunas ya declaradas extintas. La comunidad científica lo considera uno de los patógenos más dañinos documentados para la fauna de vertebrados.

Colombia es uno de los países con mayor diversidad de anfibios del planeta, solo superado por Brasil, lo que lo convierte en un punto de especial atención para la comunidad científica internacional. Esa misma riqueza, sumada a la dispersión geográfica de sus ecosistemas, dificulta la detección temprana de patógenos emergentes y el monitoreo sistemático a largo plazo.

La relevancia del hallazgo, según los autores, reside en que desmonta una idea extendida: que conservar la cobertura vegetal basta para proteger la fauna asociada a un ecosistema. Los anfibios son considerados bioindicadores especialmente sensibles, ya que su piel permeable y su ciclo de vida dependiente del agua los exponen antes que a otras especies a alteraciones ambientales, químicas o infecciosas. Su declive suele funcionar como señal temprana de problemas que después pueden afectar a otros niveles de la cadena trófica.

Los investigadores plantean que el caso debería impulsar una revisión de las prioridades de conservación en reservas consideradas seguras por el mero hecho de mantener su vegetación. Proponen ampliar los programas de vigilancia sanitaria de fauna silvestre, repetir muestreos históricos en otras zonas con datos de referencia disponibles e identificar qué especies muestran mayor resistencia al patógeno, información que podría orientar futuros programas de cría en cautividad o reintroducción.

No existe por ahora un tratamiento aplicable a gran escala para erradicar Bd de un ecosistema natural. Las estrategias ensayadas en otros países, como el tratamiento con antifúngicos en poblaciones cautivas o la selección de individuos con mayor resistencia, han mostrado resultados parciales y de difícil traslado a reservas de gran extensión.

El siguiente paso, según se desprende del propio estudio, pasa por ampliar el monitoreo a otras reservas de bosque nublado andino con datos históricos comparables, para determinar si el patrón detectado en Nariño es un caso aislado o el síntoma de una dinámica más extendida en los Andes colombianos. De confirmarse en próximos muestreos, obligaría a replantear qué enclaves siguen siendo realmente refugios seguros para la biodiversidad.

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