La elección de Pulianas como escenario del acto no es casual. Granada es la provincia donde el PSOE ha registrado la mayor caída respecto a los comicios de 2022, pasando del 26,3 al 20,1 por ciento en la media de las encuestas publicadas en las últimas dos semanas. El derrumbe granadino tiene una explicación estructural que los estrategas socialistas conocen pero no han sabido contrarrestar: la provincia combina un área metropolitana que crece demográficamente y vota mayoritariamente al PP con una zona rural interior que pierde población y donde el PSOE mantenía una red de alcaldías que las municipales de 2023 debilitaron severamente. Sánchez acude a Pulianas porque es el tipo de municipio periurbano donde cada voto socialista recuperado puede traducirse en un escaño provincial que compense las pérdidas en la capital.
Las encuestas dibujan un panorama que oscila entre lo desfavorable y lo catastrófico para las aspiraciones socialistas. El agregado de los sondeos publicados desde el 1 de mayo sitúa al PP entre el 43 y el 44 por ciento del voto estimado, al PSOE entre el 20 y el 22, a Vox en el 14,8 y al resto de formaciones por debajo del umbral de representación en la mayoría de circunscripciones. La horquilla del PSOE es la más reveladora: si el partido se queda en el 20, obtendría entre 23 y 25 escaños, su peor resultado en la historia de la autonomía andaluza; si alcanza el 22, podría arañar 27 o 28 diputados, un resultado que, sin ser bueno, permitiría a Montero mantener la jefatura de la oposición sin un cuestionamiento inmediato de su liderazgo.
El papel de Sánchez en la campaña andaluza ha sido objeto de un debate interno que las fuentes socialistas describen como «intenso pero no conflictivo». La posición mayoritaria en Ferraz sostiene que la presencia del presidente es necesaria para movilizar al electorado de izquierdas que percibe la cita andaluza como una elección de segundo orden y que necesita un estímulo emocional para acudir a las urnas. La posición minoritaria, representada por algunos barones territoriales que prefieren no ser identificados, argumenta que Sánchez «nacionaliza» la campaña y permite al PP convertir el 17-M en un plebiscito sobre el Gobierno central, un terreno donde Moreno se mueve con más comodidad que Montero.
El dato de los indecisos es el que más inquieta a todos los partidos. El 15,5 por ciento de los electores andaluces que declaran no haber decidido su voto equivale a aproximadamente 980.000 personas, una bolsa de votantes potenciales cuya distribución entre las formaciones puede alterar radicalmente la aritmética parlamentaria. Los modelos de distribución de indecisos que manejan los tres grandes partidos difieren significativamente: el PP estima que el 40 por ciento de los indecisos terminará votándole, lo que le aseguraría la absoluta; el PSOE cree que el 35 por ciento son socialistas «durmientes» que se activarán en las últimas horas; y Vox calcula que el 20 por ciento de los indecisos son antiguos votantes del PP desencantados con la moderación de Moreno.
Moreno, por su parte, ha optado por una estrategia de cierre de campaña que combina la exhibición de fortaleza con la prudencia del que sabe que un exceso de confianza puede costarle la mayoría absoluta. El presidente andaluz tiene previsto cerrar la campaña el viernes en Málaga, la provincia que le es más favorable y donde el PP supera el 48 por ciento en todas las encuestas. El acto de cierre se celebrará en el Palacio de Ferias y Congresos con un aforo de 4.500 personas, una cifra que la organización popular espera superar con zona de pantallas exteriores. Feijóo, que ha mantenido un perfil deliberadamente bajo durante la campaña para evitar la nacionalización, cerrará el viernes en Almería, una decisión que los analistas interpretan como un intento de reforzar la circunscripción donde el margen entre PP y Vox es más estrecho.
La irrupción de Vox como tercer partido con opciones de condicionar la gobernabilidad ha alterado los cálculos de todas las formaciones. Con un 14,8 por ciento sostenido en las encuestas, la formación de Abascal se proyecta entre 17 y 19 escaños, una cifra que le convertiría en el socio potencial imprescindible si Moreno no alcanza los 55 escaños de la absoluta. El escenario de un pacto PP-Vox en Andalucía, que hace seis meses parecía remoto, se ha instalado en el debate público con una naturalidad que refleja la normalización de esta fórmula de coalición tras los acuerdos de Extremadura y Aragón. Moreno ha rechazado categóricamente la posibilidad de un pacto de coalición, pero no ha descartado un acuerdo de investidura con condiciones programáticas, una distinción semántica que Vox ha interpretado como una puerta entreabierta.
La participación sigue siendo la variable decisiva que ningún estratega puede controlar con precisión. En 2022, la abstención alcanzó el 41,5 por ciento, la más alta en unas autonómicas andaluzas desde 1990, y ese dato benefició al PP de manera desproporcionada porque su electorado, más cohesionado y motivado, acudió masivamente a las urnas mientras el votante de izquierdas se quedaba en casa. Si la participación se mantiene en niveles similares o inferiores, el PP consolida la absoluta con facilidad. Si sube por encima del 60 por ciento, los escaños se redistribuyen de una manera que beneficia al PSOE y perjudica a Vox, cuyo techo electoral se hace más visible cuando la base de votantes se amplía.
Para Montero, el mitin de Pulianas es una de las últimas oportunidades de cambiar la narrativa de una campaña que el PSOE ha vivido a la defensiva. La candidata socialista ha centrado su discurso en la sanidad pública, el empleo precario y la vivienda, tres ejes temáticos que las encuestas cualitativas identifican como los más sensibles para el electorado andaluz, pero que no han logrado alterar la intención de voto de manera significativa. El problema estructural del PSOE en Andalucía no es el mensaje sino el mensajero: el 58 por ciento de los andaluces, según el CIS autonómico, prefiere a Moreno como presidente frente al 19 por ciento que elige a Montero, una brecha de 39 puntos que ninguna campaña de tres semanas puede cerrar.
El desplazamiento de Sánchez a Granada tiene también una lectura interna que no debe subestimarse. El presidente viaja a Andalucía en un momento en que su propio partido atraviesa un período de tensión interna derivada del caso Koldo, de la gestión de los presupuestos y de las encuestas nacionales que, por primera vez desde 2023, otorgan al PP una ventaja superior a los cinco puntos en intención de voto. Sánchez necesita que el resultado del 17-M no se convierta en un argumento para los críticos internos que cuestionan su estrategia electoral. Un PSOE por debajo del 20 por ciento en Andalucía sería un dato devastador que alimentaría las voces que, en privado, comienzan a plantear si el sanchismo tiene fecha de caducidad.
Lo que se dirime en los cuatro días que restan no es solo la composición del Parlamento andaluz sino la configuración del tablero político nacional para los próximos dos años. Si Moreno obtiene la absoluta, Feijóo refuerza su posición como alternativa presidencial y el PP demuestra que puede gobernar las comunidades más pobladas de España sin necesidad de alianzas con Vox. Si Moreno se ve obligado a pactar, la dinámica de bloques que ha definido la política española desde 2015 se profundiza y Sánchez obtiene un argumento de movilización que podría ser decisivo en unas eventuales generales anticipadas. En cualquier caso, las urnas del domingo hablarán con una claridad que las encuestas, por precisas que sean, no pueden igualar.


