El documento no se limita a fotografiar el presente: apunta una tendencia de deterioro que lleva más de una década sin revertirse. Según los datos manejados por la organización, casi seis de cada diez especies de peces de agua dulce del continente presentan algún grado de preocupación para su conservación, ya sea porque están amenazadas o porque figuran en la categoría previa de casi amenazadas. La UICN advierte de que existen «escasas evidencias» de recuperación en la región.
El diagnóstico distingue entre especies migratorias y no migratorias, y ahí aparece uno de los datos más significativos: el 39% de las especies migratorias está en declive, frente a un 14% de las no migratorias. La organización atribuye esa diferencia al efecto «devastador» de las barreras al movimiento de los peces —presas, diques, azudes y otras infraestructuras— que impiden o dificultan su desplazamiento entre las zonas de reproducción y alimentación.
La modificación del hábitat mediante obstáculos artificiales aparece, de hecho, como la amenaza más extendida de todas las identificadas: afecta al 69% de las especies evaluadas, por delante de otros factores como la contaminación, la sobreexplotación o la introducción de especies invasoras, que el propio informe reconoce como causas que a menudo se superponen entre sí.
Los sistemas kársticos, el hábitat más castigado
Entre los distintos tipos de hábitat, los sistemas kársticos —formaciones geológicas ligadas a acuíferos subterráneos y manantiales calcáreos— concentran el mayor porcentaje de especies en peligro: más del 90% de los peces que dependen de ellos están amenazados. Los manantiales de agua dulce y los ríos y arroyos de carácter intermitente, muy habituales en el sur de Europa, completan el cuadro con cerca de un 54% de especies amenazadas en cada caso.
La organización ha advertido de que buena parte de estos ecosistemas sensibles se concentran en la Europa mediterránea, «donde el estrés hídrico y el acelerado cambio climático agravan las amenazas existentes». La UICN sostiene además que «el deterioro de las poblaciones de peces de agua dulce señala un declive generalizado del ecosistema» y avisa de que, sin una acción urgente y coordinada frente a la pérdida de hábitat, la contaminación, las especies invasoras y el cambio climático, «Europa corre el riesgo de perder una parte significativa de su biodiversidad acuática en una generación».
El precedente más directo de este diagnóstico se remonta a la propia Lista Roja Europea de Peces de Agua Dulce publicada por la UICN en 2011, que sirve ahora como término de comparación para medir el retroceso de la última década y media. La organización, fundada en 1948 y con sede en Gland (Suiza), elabora listas rojas de referencia mundial que gobiernos, universidades y organismos de la Unión Europea utilizan desde hace décadas para orientar políticas de conservación.
Frente a este diagnóstico, el informe plantea una batería de recomendaciones. La primera pasa por reforzar el conocimiento científico disponible: la UICN considera que el ámbito de la biodiversidad de agua dulce sigue estando «significativamente infrafinanciado» y reclama aumentar la inversión tanto en estudios de campo como en los propios procesos de evaluación de la Lista Roja.
La segunda gran recomendación apunta a un cambio de escala en la conservación. El documento insiste en que proteger especies de manera aislada resulta insuficiente si no se actúa sobre el conjunto de la cuenca hidrográfica, «donde se decide el futuro real de los ríos europeos». Por ello propone «un enfoque integrado, intersectorial y a escala de cuenca» capaz de reforzar la resiliencia ecológica y avanzar hacia los objetivos europeos e internacionales de biodiversidad.
En el plano normativo, la Directiva Marco del Agua, en vigor desde el año 2000, obliga a los Estados miembros a alcanzar el buen estado ecológico de sus masas de agua, un objetivo que la propia Comisión Europea sitúa lejos de cumplirse en buena parte del continente. La UICN subraya que revertir la pérdida de biodiversidad fluvial no dependerá únicamente de la aprobación de nuevas políticas, sino también de una gobernanza efectiva capaz de aplicarlas sobre el terreno, coordinando a las administraciones con los sectores que dependen del uso del agua, desde la agricultura de regadío hasta la producción hidroeléctrica.
El siguiente hito relevante será la evaluación del cumplimiento de los objetivos de biodiversidad fijados por la Unión Europea para 2030, en el marco de su Estrategia de Biodiversidad, que incluye compromisos de restauración de ríos y eliminación de barreras artificiales obsoletas. Las futuras actualizaciones de la Lista Roja de la UICN permitirán comprobar si las recomendaciones planteadas ahora se traducen en una recuperación efectiva de las poblaciones piscícolas o si, por el contrario, se consolida la tendencia de deterioro detectada desde 2011.
