El estrecho de Ormuz, que separa la península arábiga de Irán y conecta el golfo Pérsico con el mar Arábigo, constituye uno de los puntos de paso energético más sensibles del planeta. Por esa franja transita una porción sustancial del petróleo y el gas natural licuado que se comercia en el mundo, lo que convierte cualquier amenaza sobre su navegabilidad en un asunto de repercusión inmediata para los precios internacionales de la energía.
La primera opción que evalúa Teherán, de acuerdo con la BBC Persa, pasaría por aceptar buena parte de las exigencias estadounidenses: garantizar el paso libre de buques comerciales poniendo fin a los ataques contra el transporte marítimo, reducir o eliminar sus reservas de uranio altamente enriquecido y admitir inspecciones intrusivas del organismo internacional de control nuclear. A cambio, Irán buscaría el fin del bloqueo naval de Estados Unidos sobre sus puertos, el levantamiento de las sanciones económicas y protección frente a nuevos ataques.
Esa vía sería la menos costosa en términos económicos inmediatos, pero la más gravosa políticamente para el liderazgo iraní, según ese análisis. Reabrir Ormuz sin obtener a cambio un papel reconocido en la gestión de la vía marítima implicaría abandonar lo que sectores del régimen consideran ya un elemento disuasorio más eficaz que los misiles, las alianzas regionales o el propio programa nuclear.
Por primera vez, apunta la reconstrucción, la República Islámica habría demostrado capacidad de imponer costos inmediatos a la economía global como respuesta a una agresión sobre su territorio. El programa nuclear, presentado durante décadas como un derecho irrenunciable, quedaría en entredicho si Teherán cede ante la presión militar, lo que los sectores más intransigentes podrían interpretar internamente como una prueba de que esa presión funcionó. Ceder en el terreno nuclear abriría además la puerta a nuevas exigencias sobre el programa de misiles iraní y sobre sus vínculos con Hezbolá en Líbano, los grupos chiitas iraquíes y los hutíes en Yemen.
La segunda alternativa contemplada es la escalada: intensificar los ataques contra bases estadounidenses en la región, el transporte marítimo y la infraestructura clave de los estados árabes del golfo Pérsico, con la expectativa de que el alza de los precios de la energía y las interrupciones generalizadas fuercen a Washington y sus aliados a ceder. Ese camino conllevaría un riesgo militar considerablemente mayor: un ataque con numerosas bajas o daños severos a la infraestructura del golfo podría arrastrar a los vecinos de Irán a un papel más directo en el conflicto, dejando a Teherán frente a una coalición más amplia en lugar de un enfrentamiento bilateral con Estados Unidos.
La opción de la inestabilidad controlada
La tercera vía consistiría en preservar el statu quo actual: ejercer presión suficiente sobre los mercados navieros y energéticos para conservar influencia, sin cruzar el umbral que desencadenaría una guerra total con Estados Unidos. Esta estrategia se ajustaría, según el análisis, a la ideología establecida de la República Islámica, que no necesita vencer a un adversario más poderoso si logra sobrevivir más tiempo del que ese adversario esté dispuesto a sostener el conflicto. La supervivencia misma puede presentarse como una victoria; no obstante, las sanciones, los daños de la guerra y la inflación aumentarían progresivamente la presión interna sobre el liderazgo de Teherán.
Con el paso del tiempo podría emerger una paradoja: cuanto más utilice Irán el estrecho de Ormuz como instrumento de presión, menor podría ser su influencia real si otros países encuentran nuevas formas de exportar energía y otros bienes fuera de la región. El presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, reconoció esa contradicción al argumentar, según la BBC Persa, que el valor de Ormuz reside en aumentar el volumen de tráfico marítimo que lo atraviesa, en lugar de reducirlo. Una vía permanentemente insegura incentiva al mundo a buscar rutas alternativas para evitar Irán.
Un factor adicional de incertidumbre es el propio proceso de toma de decisiones dentro del régimen. La muerte del ayatolá Alí Jamenei en el ataque del pasado febrero, atribuido a Estados Unidos e Israel al inicio de esa guerra, habría dejado sin resolver las tensiones históricas entre los políticos electos, las instituciones clericales y las fuerzas de seguridad que tradicionalmente disputan el control de las decisiones estratégicas más sensibles del país.
El estrecho de Ormuz ya ha sido escenario de tensiones recurrentes: durante la guerra entre Irán e Irak (1980-1988), la llamada guerra de los petroleros llevó a ataques contra el tráfico marítimo en el golfo Pérsico y a la intervención naval de Estados Unidos para escoltar buques, un antecedente que ilustra hasta qué punto la seguridad de esa vía ha sido históricamente objeto de disputa militar.
El desenlace de esta disyuntiva permanece abierto. No hay, hasta el momento, indicios sobre cuál de las tres vías prevalecerá en Teherán, ni sobre los plazos en que el liderazgo iraní podría definir una postura unificada frente a Washington. Los mercados energéticos internacionales seguirán de cerca cualquier señal proveniente del golfo Pérsico en las próximas semanas.