El robo, descrito por visitantes y medios como uno de los mayores atracos a un museo en lo que va de década, se ejecutó mediante un montacargas que permitió a los asaltantes acceder a un balcón de la Galería de Apolo. Ese balcón permanece protegido por una reja de seguridad instalada desde diciembre pasado, según se constató en el lugar durante la reapertura.
Las ocho piezas sustraídas —collares, tiaras, relicarios y broches con piedras preciosas— tienen un valor económico conjunto estimado en unos 88 millones de euros, según cifras difundidas tras el robo, aunque su valor patrimonial e histórico resulta imposible de tasar.
Ninguna de las joyas ha sido recuperada hasta la fecha, pese a que las autoridades francesas detuvieron a los cuatro integrantes del comando que habría perpetrado el asalto, quienes permanecen recluidos mientras avanza el proceso judicial en Francia.
El diario parisino Le Parisien adelantó el lunes que las piezas que escaparon al robo serán trasladadas en el futuro a un nuevo espacio de máxima seguridad, sin ventanas, dentro del museo, y que no volverán a exhibirse hasta que esa construcción esté terminada, sin que se precisara un plazo.
Reacciones divididas entre los visitantes
La reapertura del salón sin las joyas generó reacciones encontradas. Un turista alemán identificado como Aron consideró en declaraciones a la agencia EFE que la experiencia de recorrer la galería resulta «aún más interesante» tras el robo: «Pensar en lo que ocurrió aquí y estar donde se llevó a cabo uno de los mayores atracos, quizá el mayor, de esta década, lo hace aún más místico», afirmó. El mismo visitante estimó que el museo difícilmente promovería el episodio como reclamo, porque «hirió su imagen y no sería realmente beneficioso para ellos promocionar un robo», aunque reconoció que el lugar «tiene una cierta reputación».
Otros visitantes lamentaron la ausencia de las piezas. Una turista estadounidense procedente de Nueva Jersey, identificada como Nicole, dijo a la misma agencia que para ella «era más interesante cuando las joyas estaban allí», aunque admitió que el interés mediático del caso podría atraer a otros públicos. Un turista australiano, James, sostuvo que acudiría «de todos modos», porque «habrá muchas cosas preciosas que ver dentro… ¡no solo son las joyas!», y comparó lo ocurrido con la saga cinematográfica estadounidense sobre atracos Ocean's Eleven: «Es como una película; como si fuera un plató… pero todo ha sucedido en la vida real».
Cinco robos en más de un siglo de historia
El Louvre, uno de los museos más visitados del mundo, fue blanco de sustracciones en al menos otras cuatro ocasiones a lo largo de su historia: en 1911, cuando fue robada la Gioconda de Leonardo Da Vinci; en 1983, con la desaparición de dos armaduras renacentistas; en 1995, con el robo de tres obras en distintos episodios; y en 1998, cuando se sustrajo el cuadro Le Chemin de Sèvres, jamás recuperado. El caso de la Gioconda, hallada dos años después en Italia, es el precedente más célebre de una larga historia de vulnerabilidad del recinto.
A raíz del robo de octubre, la dirección del museo aceleró la implementación de nuevas medidas de seguridad, entre ellas la instalación de un puesto móvil de policía dentro de las instalaciones y la mejora de la videovigilancia perimetral, según lo informado por la propia institución.
La renovación integral del sistema de seguridad, sin embargo, constituye un proceso de mediano plazo en un recinto que se extiende por unas 30 hectáreas e incluye, además de los pabellones expositivos, el Jardín de las Tullerías, lo que representa un desafío logístico considerable para cualquier plan de blindaje.
La dirección del museo no ha promovido el robo como atractivo turístico; con todo, la carga simbólica del lugar, convertido en escenario de un hecho de repercusión internacional, podría transformar por sí sola a la Galería de Apolo en un punto de interés adicional para el turismo cultural que recibe la capital francesa.
El episodio reabre en el ámbito museístico internacional el debate sobre el equilibrio entre la apertura al público de colecciones de gran valor y las garantías de seguridad que exige su custodia, un dilema que enfrentan instituciones de gran tamaño en distintos países y que, en el caso del Louvre, seguirá bajo escrutinio hasta que se resuelva el paradero de las joyas y concluya el proceso judicial contra los detenidos.