Hay una fascinación poco republicana en observar cómo una institución que no depende de ninguna elección logra, pese a todo, mantener el aprecio de sus gobernados durante décadas. Harald V no fue votado por nadie. No debió comparecer ante ninguna Asamblea Nacional, no rindió cuentas ante contralor alguno, no enfrentó vistas presupuestarias. Y sin embargo —esta es la ironía que vale la columna— terminó pareciendo más cercano al ciudadano común que buena parte de quienes sí se sometieron al escrutinio de las urnas.
La clave, según quienes reconstruyeron su vida, estuvo en un gesto de juventud que hoy suena a telenovela pero que en su momento fue un pequeño terremoto dinástico: se negó a casarse con una princesa europea, como quería su padre el rey Olaf V, y le dijo que permanecería soltero antes que renunciar a Sonja Haraldsen, hija de un empresario, según declaró el propio Harald a la radiotelevisión pública noruega. Fueron nueve años de espera y un padre que finalmente cedió. La boda se celebró en la catedral de Oslo el 29 de agosto de 1968, fecha que, por una coincidencia que la historia no necesita forzar, cae apenas un día después de la de su muerte, casi 58 años después.
Ese matrimonio con «una plebeya» —la palabra, cargada de un desdén de época que hoy suena casi arqueológico— no fue un capricho romántico sin consecuencias. Abrió la puerta para que sus propios hijos, incluido el nuevo rey Haakon, también se casaran fuera del estamento aristocrático. Caroline Vagle, experta en la realeza de la revista Se og Hør, sostuvo a la BBC que esa decisión contribuyó a poner fin a una familia real dominada por los hombres. Reformar una monarquía, resulta, empieza por permitir que el heredero se enamore de quien quiera.
Conviene detenerse en lo que Harald heredó y en lo que dejó. Subió al trono el 17 de enero de 1991 tras la muerte de su padre, después de haber ejercido como regente desde 1990 por la enfermedad de Olaf. No era, según el historiador Trond Norén Isaksen citado en el material, un hombre carismático de origen: reservado, serio y tímido. La transformación —de monarca discreto a figura pública capaz de mostrar emoción y vulnerabilidad sin erosionar su autoridad— llegó, según ese mismo relato, alrededor del año 2000. Es decir: tardó casi una década en el cargo en encontrar el tono. La paciencia institucional que ese aprendizaje presupone es un lujo que los sistemas democráticos, con sus mandatos acotados, rara vez conceden.
El momento que probablemente defina su legado ocurrió en 2011, cuando Noruega sufrió los atentados con bomba y armas de fuego en Oslo y la isla de Utøya. Harald pidió a sus compatriotas que se apoyaran mutuamente y no se dejaran dominar por el miedo. No hubo comparecencia ante bancada alguna ni debate parlamentario sobre el mensaje: hubo una figura que la nación aceptó como propia hablando en el momento en que hacía falta que alguien hablara. Ese es, quizás, el verdadero valor de una monarquía funcional: no gobierna, pero sostiene.
El contraste con la experiencia panameña es inevitable. Aquí la legitimidad se construye entera a través del voto, la Asamblea Nacional y el refrendo del contralor a cada contrato estatal. No tenemos abuelo nacional; tenemos diputados, un mandatario y un aparato de fiscalización que, en el mejor de los casos, funciona. La comparación no busca añorar lo que nunca tuvimos, sino recordar que la legitimidad, sea heredada o electa, se gasta igual: con el uso, con los escándalos y con la manera en que se gestionan las crisis. La propia historia panameña ofrece el reverso de la continuidad noruega: entre el golpe de 1968 y la invasión de Estados Unidos en diciembre de 1989, el país conoció la inestabilidad de un poder no sometido a las urnas, y de ahí que la recuperación del voto sea el eje de su legitimidad actual.
De escándalos la casa real noruega no estuvo exenta en sus últimos años, lo que añade una capa de complejidad a los elogios póstumos. La relación de su nuera, Mette-Marit, con el fallecido agresor sexual Jeffrey Epstein, y la condena por violación de su hijo Marius Borg Høiby son hechos que ningún obituario riguroso debería omitir, aunque tampoco corresponda magnificarlos en un texto que despide a un hombre y no a una dinastía entera. La diferencia entre juzgar a la institución y juzgar al individuo es exactamente el tipo de matiz que la fiscalización seria —la que se aplica a cualquier poder, coronado o electo— exige mantener.
Hay un dato que merece más atención de la que suele recibir: bajo su reinado, la monarquía noruega se volvió más igualitaria y transparente en materia de finanzas y de salud, según declaró a la BBC Ole-Jørgen Schulsrud-Hansen, historiador y corresponsal de la realeza del canal noruego TV2. Es decir, la Corona decidió, sin que ninguna Asamblea la obligara, rendir más cuentas de las que la costumbre exigía. En Panamá se discute año tras año, en cada Presupuesto General del Estado, cuánta transparencia debe exigirse a instituciones que sí dependen del voto popular. Que una monarquía haya optado voluntariamente por más apertura de la que su propio estatuto le imponía debería, cuando menos, incomodarnos un poco.
El rey nació el 21 de febrero de 1937 en la finca de Skaugum, cerca de Oslo, y con apenas tres años vivió la invasión alemana de Noruega ordenada por Adolf Hitler en 1940. Su madre huyó con los hijos a Suecia y después a Estados Unidos, por invitación del presidente Franklin D. Roosevelt. Volvió al final de la guerra, cumplió el servicio militar obligatorio y estudió ciencias sociales, historia y economía en el Balliol College de Oxford entre 1960 y 1962. Fue, además, el primer rey nacido en Noruega desde el siglo XIV. La biografía tiene el arco clásico del monarca del siglo XX: exilio, retorno, formación, trono.
Pero también tiene algo menos común: la disposición, ya adulto, a mostrarse capaz de reír con la selección de fútbol noruega, a la que recibió en el palacio cuando volvió de Estados Unidos tras alcanzar los cuartos de final del Mundial por primera vez. Tove Taalesen, corresponsal de la realeza de Nettavisen, lo describió a la BBC como «uno de los nuestros», y Vagle afirmó que «siempre estuvo muy cerca del pueblo». La cercanía, en su caso, no fue eslogan sino método: un rey que aceptó que su autoridad se medía en afecto y no en decretos.
Es tentador, desde una tribuna panameña, despachar esta noticia como folclore europeo ajeno a nuestras instituciones. Sería un error. El valor de la muerte de Harald V no está en la anécdota real, sino en la pregunta que deja flotando sobre cualquier forma de poder ejercido durante décadas: ¿qué hace que una investidura —heredada o votada, con curul o con corona— conserve el respeto de la gente treinta y cinco años después? La respuesta noruega parece haber sido, con sus matices y sus escándalos, la sencillez deliberada. Ningún sistema político, republicano o monárquico, ha inventado todavía un atajo mejor.
Le sobreviven la reina Sonja, con quien estuvo casado casi 58 años; su hija, la princesa Märtha Louise; su hijo y sucesor, el rey Haakon; y seis nietos. El trono noruego cambia de titular sin sobresalto institucional, con la fluidez que solo permite un sistema donde la sucesión está resuelta de antemano por la ley y no por una elección. A los sistemas presidenciales, con sus transiciones cada cinco años entre bancadas que se disputan la Asamblea Nacional, esa continuidad les resultará siempre ajena, y quizá esté bien que así sea. Pero conviene, al menos por un día, reconocer que hay formas de ejercer autoridad que envejecen mejor que otras, y que la de Harald V —plebeya en el matrimonio y aristocrática solo en el título— fue una de ellas.