El estudio distingue entre quienes crecieron en entornos estables, para quienes una discusión familiar resulta excepcional, y quienes se criaron en la imprevisibilidad, para quienes el conflicto formó parte de lo cotidiano. Esa diferencia en el punto de partida, señala la investigación, condiciona después cómo cada persona interpreta la tensión en su vida adulta, incluso cuando ya no existe un motivo objetivo de alarma.
Entre los patrones de adaptación descritos figuran dos respuestas aparentemente opuestas: la vigilancia constante ante cualquier señal del entorno y, en el extremo contrario, una calma que no reacciona ni siquiera ante estímulos que otros considerarían alarmantes. Ambas, según el trabajo de la UCI, pueden tener el mismo origen: un sistema de alerta infantil que se activó para sobrevivir a la imprevisibilidad y que, con los años, no siempre se desactiva.
La hipervigilancia, de hecho, puede integrarse en el carácter sin que la persona la reconozca como tal. Durante la infancia, detectar un cambio de tono de voz, un silencio prolongado o un gesto concreto funcionaba como mecanismo de protección ante un entorno cambiante. En la adultez, ese mismo mecanismo puede confundirse con intuición o sensibilidad especial, cuando en realidad se trata de un sistema de detección de amenazas que sigue operativo mucho después de que la amenaza original haya desaparecido.
Esta dinámica también deja huella en la forma de relacionarse. Quienes estuvieron expuestos a discusiones familiares frecuentes durante la infancia, según la investigación, suelen desarrollar sentimientos contradictorios hacia la intimidad: desean vínculos cercanos y auténticos, pero al mismo tiempo temen que la cercanía emocional termine derivando en sufrimiento, una tensión que puede condicionar sus relaciones de pareja o de amistad en la vida adulta.
El origen en la teoría del apego de Bowlby
El marco teórico que sustenta estas observaciones se remonta a la teoría de la seguridad emocional, desarrollada a partir del concepto de apego formulado por el psiquiatra y psicoanalista John Bowlby. Según esta perspectiva, los niños no permanecen ajenos a los conflictos entre sus padres, sino que los observan y, a partir de ellos, construyen esquemas mentales sobre cómo funcionan las relaciones humanas, esquemas que después trasladan a su vida adulta. Los hijos de una pareja que discute de forma constante, añade, pueden sentirse menos seguros y crecer con una percepción de amenaza permanente.
Bowlby dividió la formación del vínculo de apego durante el primer año de vida en cuatro fases progresivas: una etapa inicial de pre-apego, entre el primer y el segundo mes, en la que el bebé aún no distingue entre cuidadores; una fase de instauración del apego, entre los dos y los seis meses, en la que comienza a mostrar preferencias claras; una fase de exploración activa, hacia los siete meses, con las primeras conductas de búsqueda de proximidad y base segura; y, alrededor de los tres años, la fase de «relación corregida por los objetivos», en la que el vínculo incorpora ya una dimensión psicológica y simbólica.
«Cuando una persona está segura de que su figura de apego estará disponible para él cuando lo desee, estará mucho menos dispuesto a experimentar miedo intenso o crónico que una persona que, por cualquier razón, no tiene la misma seguridad», explicó John Bowlby, según recoge PSISE Madrid.
El propio Bowlby subrayó que esa seguridad, o su ausencia, se construye de forma progresiva durante la infancia y la adolescencia, y que las expectativas forjadas en ese periodo tienden a mantenerse estables a lo largo de toda la vida. Es precisamente esa estabilidad, señala la investigación de la UCI, la que explica por qué patrones de hipervigilancia o de aparente indiferencia emocional forjados en la niñez pueden seguir operando décadas después, mucho después de que el hogar ruidoso o imprevisible haya quedado atrás.
