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Un estudio de 2008 vincula el tinte de canas con el edadismo

Una investigación publicada en Ageing & Society sostiene que teñirse el pelo puede responder, para algunas mujeres mayores, a estrategias frente a la discriminación por edad.

Por Redacción de El Hemiciclo· · Actualizado:
4 min de lectura
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Un estudio publicado en la revista académica Ageing & Society en 2008 plantea que el hábito de teñirse el pelo entre mujeres mayores no obedece únicamente a razones estéticas, sino que puede formar parte de las estrategias con las que gestionan el edadismo, es decir, la discriminación por razón de edad.

La investigación parte de una premisa que la literatura sobre envejecimiento ha documentado repetidamente: las normas de belleza dominantes en las sociedades occidentales asocian el atractivo femenino con la juventud, lo que sitúa a las mujeres mayores ante una tensión particular a la hora de gestionar su imagen pública. Según recoge el artículo, las participantes describieron el cuidado de la apariencia —teñirse el cabello, maquillarse, cuidar la ropa— como una práctica que iba más allá del gusto personal, a menudo ligada a la necesidad de seguir siendo visibles en sus entornos laborales, familiares o afectivos.

El concepto de edadismo, acuñado en 1969 por el gerontólogo estadounidense Robert Butler, describe la atribución de capacidades, limitaciones o rasgos de carácter a una persona únicamente en función de su edad. En el caso de las mujeres, el fenómeno se entrelaza con exigencias estéticas específicas que no afectan del mismo modo a los hombres mayores, un desequilibrio que la sociología del envejecimiento viene señalando desde hace décadas y que la propia Susan Sontag conceptualizó en 1972 como el «doble estándar del envejecimiento».

Hurd Clarke y Griffin encontraron que las entrevistadas relacionaban el cuidado estético, incluido el tinte del cabello, con la necesidad de combatir la invisibilidad social, conservar una imagen trabajada durante años y afrontar situaciones de discriminación vinculadas con la edad. Entre los motivos concretos que señalaron figuraban evitar la invisibilidad, mantener lo que describían como una inversión personal desarrollada a lo largo del tiempo, atraer o conservar una pareja y protegerse frente al edadismo en el ámbito laboral.

El estudio, no obstante, evita las generalizaciones. Las autoras subrayan que no todas las mujeres que se tiñen el pelo lo hacen por las mismas razones, y que factores como la cultura de origen, la trayectoria vital, el entorno social y la forma personal de interpretar el propio envejecimiento condicionan de manera decisiva el significado que cada una atribuye a esta práctica. La revisión no permite, por tanto, afirmar que todas las mujeres mayores se tiñan para protegerse del edadismo.

Esa cautela metodológica es relevante. El trabajo se basa en una muestra reducida y localizada, propia de la investigación cualitativa en ciencias sociales, cuyo valor reside en identificar patrones de significado y no en cuantificar su extensión en la población general. Sus conclusiones, por eso, no son extrapolables a la totalidad de las mujeres mayores ni sostienen que exista una motivación única detrás del tinte de canas.

El artículo describe una tensión que atraviesa buena parte de los testimonios recogidos: la de envejecer sin renunciar a la visibilidad social. Para algunas participantes, mantener una apariencia más juvenil no equivalía a un deseo de parecer más atractivas en sentido convencional, sino a evitar que las señales físicas del paso del tiempo determinaran cómo las trataban los demás, desde compañeros de trabajo hasta desconocidos en espacios públicos.

La cuestión del edadismo laboral ocupa un lugar destacado en el análisis, que vincula estas prácticas con el empleo, las relaciones personales y la percepción de invisibilidad. Las autoras sostienen que, para algunas mujeres, las canas pueden interpretarse en un proceso de contratación o promoción como señal de menor capacidad o de proximidad a la jubilación, un factor de exclusión que se suma al doble estándar de envejecimiento que la literatura atribuye a la desigual valoración social de mujeres y hombres.

Con todo, el propio trabajo matiza que el cuidado de la apariencia entre mujeres mayores no puede reducirse a una respuesta defensiva frente a la discriminación. También aparecen motivaciones vinculadas al placer personal, la identidad y la continuidad biográfica: para muchas participantes, mantener determinados hábitos estéticos formaba parte de una imagen de sí mismas construida durante décadas, de modo que dejarse las canas podía sentirse como una ruptura identitaria tanto como su opuesto.

Los antecedentes de esta línea de investigación se remontan a los estudios sobre género y envejecimiento que proliferaron en el mundo académico anglosajón desde finales de los años setenta, cuando el mencionado ensayo de Sontag puso sobre la mesa la idea de que la vejez penaliza de forma desigual a mujeres y hombres en términos de valoración social y atractivo percibido. En España, el debate sobre el edadismo ha cobrado visibilidad pública en los últimos años a través de campañas de organismos como el Imserso y de asociaciones de mayores.

El propio artículo de Hurd Clarke y Griffin concluye que la experiencia de envejecer está mediada por el género y por el contexto cultural, y que la apariencia física no se interpreta nunca de forma aislada, sino en relación con expectativas sociales sobre cómo debería presentarse una mujer mayor en un momento y un lugar determinados. Teñirse el pelo puede ser, para algunas, una elección puramente estética; para otras, una forma de sentirse reconocibles, seguras o socialmente aceptadas.

La relectura actual de este trabajo, publicado hace casi dos décadas, no aporta datos nuevos sobre hábitos de consumo de tintes ni cifras de mercado, pero sí sirve como recordatorio de que decisiones aparentemente triviales sobre la apariencia pueden estar atravesadas por dinámicas sociales de mayor calado. La gerontología social sigue explorando ese terreno en investigaciones posteriores centradas en la intersección entre género, edad y clase, un campo en el que la evidencia apunta a una relación compleja entre identidad, apariencia y edadismo, mucho más amplia que la simple coquetería.

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