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Un estudio vincula la mentira infantil persistente con problemas de conducta adultos

Una investigación de casi veinte años con más de 3.000 menores en Quebec sitúa la agresividad temprana y la impulsividad como principales señales de alerta

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Un equipo liderado por la psicóloga Victoria Talwar, de la Universidad McGill (Canadá), ha hallado que los niños que mantienen niveles elevados de mentira de forma persistente durante la infancia y la adolescencia presentan un riesgo significativamente mayor de desarrollar problemas de conducta y rasgos de trastorno de personalidad antisocial en la edad adulta.

La mentira forma parte del repertorio habitual de cualquier niño y no todas tienen la misma relevancia. La gran mayoría de los menores que mienten superan esa fase sin mayores consecuencias. Lo que aporta la investigación de Talwar y su equipo no es la existencia de la mentira infantil, sino su trayectoria a largo plazo y su capacidad para funcionar como indicador temprano de dificultades futuras.

El diseño del estudio permitió clasificar a los participantes en distintos grupos según la evolución de su comportamiento deshonesto entre los 6 y los 19 años, combinando los informes de padres, profesores y de los propios adolescentes. Según los datos recogidos por los docentes, cerca del 73% de los menores mostró una tendencia de mentira baja y decreciente con el paso de los años, el patrón considerado normativo dentro del desarrollo infantil típico.

Frente a ese grupo mayoritario, el trabajo identifica una minoría que no sigue la senda descendente: niños que incrementan sus episodios de engaño durante la adolescencia o que mantienen un nivel elevado y estable de mentiras a lo largo de toda la ventana temporal analizada. Es precisamente esa trayectoria persistente la que los investigadores asocian con un mayor riesgo de problemas posteriores.

Agresividad e impulsividad como señales tempranas

Uno de los hallazgos con mayor potencial aplicado es la identificación de dos predictores concretos: la agresión a los 6 años y la impulsividad a los 12. Los niños calificados por sus profesores con niveles altos de agresividad en la primera infancia tienen más probabilidades de integrar, años después, el grupo de mentira persistente. De forma similar, la impulsividad detectada por los docentes en la etapa preadolescente funciona, según el estudio, como marcador de quiénes seguirían recurriendo al engaño de forma habitual en la juventud.

Los autores sostienen que la mentira infantil problemática no se explicaría necesariamente por una carencia moral, sino que operaría en muchos casos como una estrategia impulsiva orientada a evitar consecuencias inmediatas o a alcanzar objetivos a corto plazo sin mediar una reflexión sobre las normas sociales vulneradas. La distinción no es menor para la intervención: si el fenómeno responde a un déficit de autocontrol y no a un rasgo fijo, los abordajes podrían orientarse hacia el entrenamiento en control de impulsos y el desarrollo del razonamiento social, según señala el propio trabajo.

De la infancia a los antecedentes penales

El seguimiento hasta los 22 años constituye el tramo más delicado de la investigación. Los participantes que de niños o adolescentes pertenecieron a los grupos con mayores niveles de mentira mostraron una probabilidad sensiblemente superior de cumplir los criterios diagnósticos del trastorno de personalidad antisocial, una condición caracterizada por la manipulación persistente, el desprecio por las normas sociales y la ausencia de remordimiento. El estudio añade que la deshonestidad recurrente se vinculó también con una mayor incidencia de antecedentes penales en la juventud temprana, tanto por delitos violentos como no violentos.

Los propios autores introducen una cautela metodológica: los hallazgos son de naturaleza asociativa, no causal. El estudio no demuestra que mentir de niño provoque delincuencia en la edad adulta, sino que ambos fenómenos tienden a presentarse juntos, con frecuencia acompañados de otros factores de riesgo ambiental que podrían estar actuando como causa común. Esa precisión conecta con un debate clásico en psicología del desarrollo, presente desde los primeros estudios longitudinales sobre conducta antisocial en las décadas de los setenta y ochenta: la dificultad de aislar variables individuales de un entramado de circunstancias familiares y sociales que rara vez actúan de forma independiente.

La investigación de Quebec se suma a esa tradición con una escala muestral inusualmente amplia, superior a los tres mil participantes, y un horizonte temporal de casi dos décadas, factores que refuerzan la robustez de sus asociaciones frente a estudios transversales de menor alcance.

Diferencias entre la mirada de padres y profesores

Un dato metodológico llamativo es la discrepancia entre los informes de padres y de profesores sobre la frecuencia de las mentiras infantiles. Los progenitores tienden a detectar un número mayor de episodios de engaño que los docentes, según los investigadores, debido a la convivencia diaria y al mayor conocimiento del contexto familiar. En paralelo, los adolescentes tienden a ocultar más información a medida que buscan mayor autonomía respecto a sus figuras de referencia adulta, lo que complica la detección temprana en esa franja de edad.

El equipo insiste en que sus conclusiones no deben interpretarse como una herramienta de etiquetado precoz ni de estigmatización infantil. La recomendación que se desprende del trabajo apunta a la conveniencia de que familias y centros educativos presten atención combinada a la persistencia de la mentira junto con otros indicadores conductuales, como la agresividad o la impulsividad, antes de derivar a un menor a una evaluación especializada.

La psicología infantil dispone desde hace años de protocolos de intervención temprana para la impulsividad y el control de la agresividad, aplicados habitualmente en el ámbito escolar y en consulta. La novedad de este seguimiento es situar la trayectoria de la mentira como un marcador adicional que, combinado con esos factores, podría enriquecer los criterios de cribado utilizados por orientadores escolares y pediatras.

La publicación del estudio no cierra la discusión científica. Investigaciones futuras deberán determinar si intervenciones específicas aplicadas en la infancia sobre control de impulsos y razonamiento social logran modificar la trayectoria hacia la edad adulta, una pregunta que solo podrán responder nuevos estudios de seguimiento con diseños de intervención controlada, todavía pendientes de desarrollarse.

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