El hallazgo llega tras el redescubrimiento de los restos en 2020, durante un proyecto de catalogación del Museo Egipcio de El Cairo, según el medio especializado Phys. Los cráneos, con la excepción del correspondiente al rey Hor, habían sido trasladados tiempo atrás a la Escuela de Medicina de El Cairo y se consideraban perdidos hasta esa revisión de fondos, lo que retrasó el análisis conjunto de todo el material óseo disponible.
Los seis individuos estudiados corresponden al rey Hor y a cinco mujeres de la corte, entre ellas cuatro hermanas, hijas del faraón Amenemhat II, gobernante de la XII dinastía. Se trata de un núcleo familiar de la más alta jerarquía del Imperio Medio, un periodo que la egiptología sitúa entre los momentos de mayor estabilidad política y expansión territorial del Egipto faraónico, tras la reunificación posterior al Primer Periodo Intermedio.
El equipo detectó en los huesos de varias princesas signos de un desarrollo muscular marcado en brazos, hombros y clavículas, compatible con la práctica repetida del tiro con arco. Según explicó Zeinab Hashesh, del Departamento de Arqueología de la Universidad de Beni-Suef y autora principal del trabajo, en declaraciones recogidas por Phys, «los miembros de la familia real, y en especial las mujeres, participaban de forma activa en actividades exigentes y de gran destreza, como el tiro con arco y la caza».
La princesa Noub-Hotep presentaba inserciones musculares robustas en el antebrazo y una curvatura en el segundo hueso de la mano, un patrón que los autores asocian al gesto de sujetar y tensar un arco de forma reiterada. En su ajuar funerario se depositaron flechas, un dato que hasta ahora se interpretaba como ofrenda simbólica y que el estudio reinterpreta como reflejo de una práctica efectiva. La princesa Khenmet, por su parte, mostraba un ensanchamiento óseo en la zona del codo, también vinculado al tensado repetido del arco.
En el caso de Itaweret, las marcas se localizaron en ambas clavículas y en la musculatura del pecho, mientras que los restos de la princesa Ita conservaban señales compatibles con el manejo frecuente de armas de mano, como dagas o mazas. Estos hallazgos se insertan en un debate abierto en la egiptología sobre la función real de las armas halladas en tumbas femeninas de la élite: la interpretación dominante las consideraba objetos de estatus o adorno ceremonial, sin relación con un uso efectivo por parte de quienes las poseían.
Hashesh sostiene que el estatus social de estas mujeres pudo ser más amplio de lo asumido, con una participación activa en actividades físicas exigentes tradicionalmente atribuidas a los varones de la corte, lo que —según la investigadora— podría redefinir o ampliar los roles de género que la egiptología les venía atribuyendo. La disciplina ha documentado casos afines en otros periodos, como el de la reina Ahhotep I, de la XVII dinastía, en cuya tumba se halló armamento y cuya momia mostraba lesiones asociadas a la guerra, aunque ese caso corresponde a un contexto bélico distinto y varios siglos posterior.
Fracturas curadas y atención médica en la corte
El estudio no se limita al aparato locomotor: los huesos también conservaban rastros de lesiones y de su tratamiento. La princesa Itaweret presentaba fracturas de costillas ya consolidadas y fracturas por estrés en el pie, que los investigadores atribuyen a una caída desde cierta altura o a un golpe fuerte en el pecho, sin que el material permita precisar más las circunstancias. El rey Hor, por su parte, mostraba una fractura completamente consolidada en un hueso de la mano derecha, producida años antes de su muerte.
La ausencia de mala alineación o de signos de infección sugiere, según los autores, que recibió una atención cuidadosa, coherente con los procedimientos descritos en el Papiro Quirúrgico Edwin Smith, uno de los tratados médicos más antiguos conservados y considerado una temprana referencia escrita sobre cirugía traumatológica del Antiguo Egipto.
La necrópolis de Dahshur, donde se localizaron los seis esqueletos, es conocida sobre todo por sus pirámides, entre ellas la Acodada y la Roja, erigidas durante el Imperio Antiguo bajo el faraón Seneferu. Su uso como cementerio real se prolongó durante el Imperio Medio, cuando Amenemhat II y sus sucesores levantaron allí sus propias estructuras funerarias, lo que convierte el yacimiento en una fuente continuada de información sobre la élite egipcia a lo largo de varios siglos.
El trabajo se enmarca en una tendencia creciente dentro de la bioarqueología a aplicar el estudio de las inserciones musculares y los marcadores de estrés mecánico para inferir actividades físicas concretas en restos antiguos, un enfoque que en las últimas décadas ha revisado supuestos sobre la división del trabajo por sexos en distintas culturas del pasado.
Los propios autores llaman a la prudencia: la muestra se limita a seis individuos de un mismo linaje, lo que desaconseja generalizar la conclusión a toda la sociedad del Egipto del segundo milenio antes de nuestra era. No descartan que futuras investigaciones sobre otros enterramientos del Imperio Medio y de periodos posteriores permitan determinar si la práctica del tiro con arco entre mujeres de la realeza fue una excepción de esta familia o una costumbre más extendida en la corte.
