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Una museóloga vasca reconstruye el vínculo entre Euskadi y los indígenas de Canadá

Idoia Arana Beobide, en Ottawa desde 1984, investiga la memoria compartida entre balleneros vascos y comunidades originarias canadienses desde el siglo XVI

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Idoia Arana Beobide, museóloga natural de Euskadi, llegó a Ottawa el 4 de enero de 1984 con 19 años y la intención de pasar un año aprendiendo inglés antes de iniciar sus estudios universitarios. Aquella estancia temporal se transformó en una vida instalada en Canadá y, con el tiempo, en un proyecto centrado en recuperar la memoria compartida entre el País Vasco y los pueblos indígenas del país norteamericano, un vínculo que se remonta al siglo XVI a través de la industria ballenera y pesquera.

El hilo histórico que ha ocupado buena parte de la trayectoria de Arana Beobide arranca hace casi cinco siglos, cuando marineros vascos cruzaron el Atlántico para cazar ballenas y pescar bacalao en las costas de lo que hoy es Canadá. Aquella actividad figura entre las primeras conexiones estables entre Europa y Norteamérica anteriores a los grandes asentamientos coloniales, y dio lugar a una industria que se desarrolló en contacto directo con la población indígena local, según el relato que la museóloga ha reconstruido durante sus décadas de residencia en el país.

La relación entre balleneros vascos y comunidades originarias no se limitó al intercambio comercial. El contacto se sitúa históricamente entre los siglos XVI y XVII, coincidiendo con el auge de la caza de la ballena franca en el golfo de San Lorenzo y el estrecho de Belle Isle, un periodo en el que ambos grupos compartieron rutas marítimas y, en algunos casos, elementos de vocabulario. Ese contacto se fue diluyendo con el paso de los siglos, a medida que la industria ballenera vasca perdía peso frente a otras potencias europeas y la propia ballena franca sufría una sobreexplotación que marcó su declive.

La memoria de aquella presencia quedó relegada durante generaciones a archivos y hallazgos arqueológicos puntuales, sin que existiera hasta fechas recientes un esfuerzo sistemático por reconstruir el relato conjunto con los pueblos indígenas implicados. Ha sido precisamente ese vacío el que Arana Beobide, formada en museología, se propuso llenar tras instalarse de forma definitiva en Ottawa, tendiendo puentes entre instituciones vascas y comunidades indígenas canadienses para documentar el pasado compartido.

Un episodio dentro del proceso canadiense de reconciliación

El marco en el que se inscribe este tipo de iniciativas no es ajeno a un debate más amplio que atraviesa Canadá desde hace años: el proceso de reconciliación con los pueblos indígenas, impulsado institucionalmente tras el informe de la Comisión de Verdad y Reconciliación de 2015, que documentó los abusos del sistema de escuelas residenciales y recomendó revisar los relatos históricos oficiales para incluir la voz indígena. Proyectos como el de Arana Beobide se mueven en esa dirección, aunque centrados en un episodio distinto: el de la coexistencia y el intercambio con potencias pesqueras europeas.

El enfoque se alinea con la tendencia museológica contemporánea de incorporar la perspectiva de las comunidades afectadas en la narración de su propia historia. En ese contexto, el trabajo busca reconocer el papel activo de los antepasados indígenas en la relación con los balleneros europeos, y no solo como receptores pasivos de la llegada extranjera, una óptica que las propias comunidades canadienses interesadas en documentar ese pasado reivindican.

En el caso vasco, la reivindicación de esta memoria transatlántica no es nueva. Instituciones como el Museo Naval de San Sebastián o el Ayuntamiento de Pasaia han promovido en las últimas décadas exposiciones y estudios sobre la presencia ballenera vasca en Terranova y Labrador, apoyándose en hallazgos arqueológicos como los restos de hornos de fundición de grasa de ballena localizados en la costa canadiense, considerados prueba material de aquella actividad pesquera de los siglos XVI y XVII.

El recorrido personal de Arana Beobide, que decidió no regresar a Euskadi tras aquel año sabático de 1984, ilustra un fenómeno migratorio menos conocido: el de la diáspora vasca en Canadá, mucho más reducida que la existente en países como Argentina, Estados Unidos, Venezuela, Uruguay o Chile, pero con una presencia constante desde el siglo XX que ha mantenido vínculos culturales a través de asociaciones y euskal etxeak repartidas por el país norteamericano.

El interés por este tipo de historias compartidas se enmarca en un contexto de revalorización del patrimonio marítimo vasco, una tradición que ha dejado huella en la toponimia y la cultura material de regiones costeras canadienses, y que en los últimos años ha sido objeto de estudio por universidades tanto vascas como canadienses interesadas en reconstruir con mayor precisión las rutas, asentamientos temporales y formas de contacto entre ambas comunidades.

No existen datos oficiales consolidados sobre el alcance exacto de los proyectos concretos en los que ha participado Arana Beobide a lo largo de sus más de cuarenta años en Canadá, ni sobre la financiación o el respaldo institucional de las iniciativas de recuperación de memoria conjunta. Lo que sí queda establecido es el marco histórico de fondo: una relación de contacto documentada desde el siglo XVI que, tras siglos de olvido relativo, empieza a ser objeto de un trabajo de reconstrucción con la implicación directa de descendientes de ambas partes.

El caso de Arana Beobide se suma a un movimiento de revisión histórica que, tanto en Canadá como en el propio País Vasco, busca situar en primer plano episodios de contacto transatlántico anteriores a la colonización europea a gran escala. Se trata de un ejercicio que combina la investigación académica con la museología pública y que previsiblemente seguirá desarrollándose en los próximos años a través de nuevas exposiciones, publicaciones y colaboraciones institucionales entre ambos lados del Atlántico.

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