La región de los Cotswolds es conocida por sus colinas onduladas, sus pueblos de piedra caliza y por ser desde hace décadas destino de figuras del espectáculo, la política y la aristocracia británica que buscan privacidad sin renunciar a la cercanía con Londres, a poco más de una hora y media en carro. Actores, músicos y empresarios han elegido la zona por su combinación de discreción, seguridad y estatus social.
El hermano de Enrique, el príncipe Guillermo, y su esposa, Catalina, han sido vinculados en el pasado con la zona, aunque su residencia principal se mantiene en los alrededores de Windsor. Un eventual retorno de Enrique y Meghan los situaría, así, geográficamente próximos al núcleo de la familia real de la que se distanciaron.
Del «Megxit» a Montecito
El posible traslado llegaría más de seis años después de que, en enero de 2020, Enrique y Meghan anunciaran su decisión de apartarse de sus funciones oficiales como miembros activos de la familia real británica, un episodio conocido públicamente como el «Megxit» y que derivó en la renuncia a ciertos títulos y estipendios oficiales.
Desde entonces, la pareja se instaló primero en Canadá y, poco después, en Montecito, una localidad del condado de Santa Bárbara, California, caracterizada por sus mansiones frente al mar y por albergar a otras celebridades, entre ellas la presentadora Oprah Winfrey, vecina y amiga cercana de ambos.
En Montecito, Enrique y Meghan desarrollaron distintos proyectos personales y profesionales —entre ellos producciones documentales, iniciativas filantrópicas y una marca de estilo de vida de Meghan—, además de criar a sus dos hijos lejos del escrutinio directo de la prensa británica, aunque no del estadounidense e internacional.
Ni un portavoz de la pareja ni el palacio han confirmado de manera oficial la búsqueda de una nueva vivienda en los Cotswolds, por lo que la información se sustenta en un único reporte y correspondería a un proceso que, de existir, se hallaría en fases preliminares. La familia real británica no ha emitido pronunciamiento sobre el asunto y no se conocen indicios públicos de un cierre de operación inmobiliaria.
Un eventual regreso a Reino Unido reabriría interrogantes sobre la relación de la pareja con el resto de la familia real, marcada por episodios públicos desde 2020: entrevistas televisivas, un libro de memorias del príncipe y desacuerdos en torno a la seguridad que recibe la pareja durante sus visitas al país.
El propio Enrique ha mantenido en los últimos años una disputa legal con las autoridades británicas por el nivel de protección oficial que se le brinda cuando visita Reino Unido, un asunto que ha llegado a los tribunales de ese país y que no registra una resolución definitiva conocida.
Un precedente en la propia dinastía
La salida de dos miembros de primera línea no carece de antecedentes en la monarquía británica. El caso más citado es la abdicación de Eduardo VIII en 1936, quien renunció al trono para casarse con la estadounidense Wallis Simpson y pasó gran parte de su vida fuera del país; el episodio marcó por décadas la relación de la corona con quienes se apartaban de sus deberes institucionales. A diferencia de aquel caso, Enrique conserva su lugar en la línea de sucesión, aunque en posiciones alejadas tras el nacimiento de los hijos de su hermano Guillermo.
Un regreso permanente plantearía además retos logísticos y de protocolo. La condición de la pareja fuera del esquema de trabajo de la corona, sin financiamiento público para su labor y con un dispositivo de seguridad en discusión judicial, complica la definición de su papel en la vida pública británica en caso de residir de nuevo en el país.
De concretarse el traslado, quedaría por definirse la escolaridad de Archie y Lilibet, hasta ahora educados en Estados Unidos, el eventual mantenimiento de sus compromisos comerciales y filantrópicos vinculados a California y el alcance de su participación en actos oficiales. Por ahora, a falta de confirmación de las partes, se trata de una versión sin respaldo institucional.