El equipo llegó al Domo del Polo Norte, en Pilbara, mientras investigaba cómo se formaron los primeros continentes terrestres hace más de 3.000 millones de años. Una de las hipótesis que manejaban plantea que los grandes impactos de meteoritos pudieron desencadenar la formación de enormes masas de material volcánico procedente del manto, que con el tiempo darían lugar a parte de la corteza continental. Para contrastarlo necesitaban rastros de colisiones de esa época, y los localizaron en unas estructuras geológicas conocidas como «conos astillados», que se generan bajo la presión extrema de un impacto.
Según los cálculos del equipo, el meteorito habría alcanzado la superficie a una velocidad superior a los 36.000 kilómetros por hora, liberando una energía capaz de excavar un cráter que pudo superar los 100 kilómetros de diámetro. La magnitud del suceso, de confirmarse, respaldaría la hipótesis de que los grandes bombardeos de asteroides en los primeros mil millones de años de vida del planeta no solo remodelaron su superficie, sino que también participaron en la génesis de los continentes.
«Antes de nuestro descubrimiento, el cráter de impacto más antiguo tenía 2.200 millones de años, por lo que este es, con diferencia, el cráter conocido más antiguo jamás encontrado en la Tierra», explicó Tim Johnson, geólogo de la Universidad de Curtin y coautor de la investigación, en un comunicado.
El cráter de Hickman, hallado en Google Earth
La región de Pilbara ya había dado a la geología un caso singular en 2007, cuando el geólogo Arthur Hickman, del Servicio Geológico de Australia Occidental, encontró mientras revisaba imágenes satelitales una estructura circular de 260 metros de diámetro. En ese momento desconocía que la formación pudiera tener origen extraterrestre. El análisis, publicado en 2008 en el Australian Journal of Earth Sciences por Glikson, Hickman y Vickers, concluyó que las características geológicas eran compatibles con el impacto de un meteorito de unos 10 metros de diámetro, que habría abierto un cráter de aproximadamente 80 metros de profundidad durante el Pleistoceno tardío, entre 10.000 y 100.000 años atrás.
La confirmación llegó en 2012, cuando el Servicio Geológico de Australia Occidental perforó el terreno en colaboración con la empresa Atlas Iron. Los resultados, recogidos en un estudio de PW Haines, describieron una perforación de 64,7 metros que reveló sedimentos posteriores al impacto en los primeros 48,4 metros y riolita muy fracturada —la roca original del subsuelo— entre los 55,1 y los 64,7 metros. El análisis químico mostró proporciones de elementos del grupo del platino más cercanas a las de los meteoritos que a las habituales en la corteza continental, junto a una elevada concentración de níquel compatible con un meteorito de hierro.
Haines planteó que el objeto pudo perder buena parte de su velocidad al atravesar la atmósfera antes de impactar, lo que explicaría la ausencia de algunas señales de deformación que normalmente identifican estos sucesos. Ese matiz ilustra la dificultad de datar impactos antiguos: cuanto más retrocede el reloj geológico, más se difuminan las huellas bajo capas de sedimento, erosión y actividad tectónica. La geología australiana ha sido terreno fértil para estos hallazgos, como el reciente trabajo que ha descrito al tilcayo, la primera especie de gato hallada en más de un siglo.
El nuevo hallazgo en Pilbara no solo reordena el listado de cráteres conocidos, sino que aporta un dato con el que contrastar los modelos sobre el bombardeo intenso que sufrió la Tierra en sus primeros mil millones de años de existencia, un periodo del que apenas quedan testigos directos debido a la actividad geológica del planeta.

